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Viajando en la Ruta 3 del Autobús
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Texto and Imágenes por Eduardo Barraza
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Un viaje rutinario en varios autobuses del Sistema de Tránsito en Phoenix, abre toda una dimensión donde la lucha y el trabajo duro del ser humano se desenvuelven.
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El autobús se acerca a un paradero
sobre la Calle Van Buren, cerca del
centro de Phoenix, en donde una
mujer de edad mayor reacciona
instintivamente a la llegada
programada. Ella espera durante
los últimos segundos sobre la
banqueta, fijando la mirada en el
pavimento donde el vehículo de
transporte público está a punto de
llegar. Una pesada mochila guinda cuelga de la espalda y una bolsa beige de su hombro derecho. El par de zapatos
tenis que usa revela que ella está preparada para enfrentar una jornada diaria y rutinaria de abordar, apearse, y
transferirse de un autobús a otro, así como para caminar sólo ella sabe cuántas calles.
Apenas unos segundos antes de la llegada del autobús, un viento suave mueve su larga falda al mismo ritmo de
una bandera estadounidense que ondula en lo alto desde el otro lado de la calle. El ruido del rechinido de los frenos
interrumpe la monotonía con la colorida e imponente llegada del autobús. El operador de la unidad da la bienvenida
con prontitud a la señora, en un sincronizado movimiento que abre las puertas del autobús. Una voz computarizada
se escucha, anunciado a los pasajeros del autobús que están a punto de apearse, a qué rutas pueden transferirse
desde ese crucero. Ya dentro del autobús, la mujer y otros dos pasajeros que se subieron al vehículo detrás ella, se
integran a cerca de una docena de otros individuos sentados calladamente y dispersados en los asientos.
Miles de pasajeros viajan cada día solamente en esta ruta del Sistema de Transporte Valle Metro, la Ruta 3. De
acuerdo al Reporte del Sistema del Número de Viajeros, un promedio de 8 mil abordajes locales se registran en un
sólo día entre semana únicamente en esta ruta, que se extiende desde la Avenida 67 hasta el Zoológico de
Phoenix, a través de la Calle Van Buren. Las estadísticas muestran que casi 60 millones de abordajes en todo el
sistema se registraron durante el año fiscal 2005-2006. Evidentemente, las cifras revelan la gran cantidad de
individuos que usan este tipo de transporte público para trasladarse de un lugar a otro en la mayor parte del cuarto
condado más grande de la nación, el Condado Maricopa.
Navegar a través del sistema y por toda el área metropolitana de Phoenix no es una hazaña fácil. Las distancias
para caminar, algunas veces largas esperas, así como autobuses repletos durante las horas pico –cuando el
movimiento más grande de pasajeros ocurre– están entre otros factores que pueden hacer un viaje usando este
tipo de transporte público completamente un reto. Sin contar las temperaturas más calientes del verano que están
a punto de llegar, las cuales tornan el viaje más sencillo en un asunto sudoroso que agita la respiración. Por estas
razones, viajar en un autobús de Valley Metro habla de la batalla y el trabajo duro que miles de hombres y mujeres
enfrentan cada día para moverse de un lugar a otro.
Pero no se equivoque. Viajar en el autobús no es tan mala experiencia como mucha gente pudiera pensar. El
transporte público ofrece numerosos beneficios a las personas, así como a las ciudades mismas. De hecho, gracias
al sistema de autobuses Valley Metro, es posible para muchos individuos que no pudieran transportarse de otro
modo para ir de un lugar a otro. Tome como ejemplo a dos personas con incapacidades, un hombre y una mujer,
que están sentados en sus propias sillas de ruedas en este viaje en autobús. Ocupando el espacio al lado de las
puertas traseras, se ve que por seguro ellos disfrutan de la accesibilidad del vehículo, el cual está equipado con un
aparato elevador que levanta y baja una plataforma que hace posible para usuarios de sillas de ruedas, abordar y
apearse del autobús. Así que el transporte público juega un papel vital en la vida de mucha gente, a pesar de las
dificultades inherentes de ser un usuario de autobús.
Cada día, y en áreas metropolitanas como la de Phoenix, antes de levantarse el sol y hasta que cae, el
desplazamiento incesante de personas que carecen de transportación propia o que usan el autobús por su
conveniencia, crea una cultura peculiar de movimiento humano. Sobre la cinta de asfalto como arteria, el palpitar de
una muchedumbre infunde un sentimiento de búsqueda en ciudades que intentan despertar a un diario desafío de
mantenerse vibrantes y productivas. Su fuerza laboral, industriosa y pujante, busca a su vez poder transportarse
rápida y efectivamente a través de calles y avenidas, que sin importar su anchura o su angustura, se estrechan
ante el amontonamiento del tráfico vehicular que se incrementa con el continuo advenimiento de nuevos habitantes.
Imaginemos una ciudad, no de automóviles particulares, sino de un transporte público predominante, bajo un cielo
sin polución en donde el aire es aire y el viaje en carro compartido no es indispensable. Más autobuses, menos
carros; extintos congestionamientos tráfico y abundancia de peatones caminando sobre banquetas apretadas de
gente que permutaron las llantas de carro opacas y lisas por zapatos de atrayente brillo y apariencia. Menos
obesidad, quizás, mejor circulación sanguínea, y cuerpos en forma que aún se animan a despreciar claustrofóbicos
elevadores y a preferir el concreto o metal de las escaleras que cansan, pero bajan las libras de más hasta la planta
baja. Y en armoniosa moción, el grueso de la populación viajando, sentados o de pie, en autobuses donde la furia al
volante es historia y nuevas amistades germinan al compartir el libro de horarios y rutas de autobús.
Sin embargo, al menos por ahora, el transporte público se escabulle por rutas en donde el auto particular es amo y
el autobús lacayo. El área metropolitana de Phoenix, de esta manera, se ahoga en la contaminación del egoísmo
vehicular, donde cientos de miles de automóviles con otros tantos de cientos de miles de automovilistas solitarios
dentro de ellos, delimitan la opción compartida de la experiencia democrática de viajar, rodeado de desconocidos,
pero gente al cabo, en un autobús. Un autobús; lo pudiéramos ponderar como un medio de transporte humilde y sin
mayor pretensión que la de llevarnos a nuestro destino, y al ritmo de la “música” de una voz programada que nos
guía a rutas y autobuses para no errar el derrotero.
Camino al trabajo, rumbo a la escuela, de regreso a casa; hacia el mercado, la guardería infantil o el lugar de
reunión, los autobuses de Valley Metro acarrean gente casi incesantemente. Individuos ensimismados con sus
pensamientos, mujeres y hombres con uniformes y gafetes del trabajo, familias enteras con niños que disfrutan el
viaje con sencillez de alegría. Personas con incapacidades que, carentes de ayuda, se valen por sí mismas al ritmo
de la ruedas de sus sillas, que los restringen, pero viajando en autobús, los habilitan. Indigentes que cargan
pesadas mochilas y se refugian del frío o del calor en un viaje que anhelan fuera interminable. Desconocidos que
actúan como amigos de la infancia bajo los refugios de paraderos en las baquetas, que proveen asiento y
protección parcial del clima. Ahí, “amistades” surgen y desaparecen en los segundos que dura el lapso programado
de tiempo para que un vehículo descargue y recoja pasajeros. Finalmente, la gente que viaja en bicicleta por calles
donde no hay rutas, y cuyas bicicletas viajan en el portabicicletas ensamblado a la parte exterior de enfrente del
autobús. Todos por igual —pasajeros de estadía pasajera— por medio de un pase, monedas depositadas o un
comprobante de papel, viajan dentro de un autobús que se asemeja a la vida, en la que todos nos subimos en un
punto y nos bajamos, al final de nuestro destino, en otro.
Mientras que la mayoría de los viajeros del autobús permanecen callados, el viaje es ruidoso. El sonido del motor
del autobús, los frenos de aire, así como la incesante voz programada que anuncia las paradas y rutas como un
servicio automático para los pasajeros, entre otros, componen casi la totalidad de los ruidos que se escuchan
durante el trayecto. La animada charla ocasional, la esporádica exultación infantil, o el deseo de un perfecto
desconocido a que tengamos “un buen día”, rompen de vez en vez el mutismo casi generalizado de los pasajeros.
Unos abordan; otros bajan. El autobús se detiene; avanza. La ruta comienza; acaba. Rumbo al garaje, camino casa,
autobús y pasajero se alejan uno del otro. La penumbra de la noche cierra los párpados y apaga los faros. Mañana,
otra jornada.


Fotografías de los iconos por Jonathan Hernández
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