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Viajando en la Ruta 3 del Autobús
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA
Marzo 29, 2007
Phoenix, Arizona.– El autobús se acerca a un paradero sobre la Calle Van Buren, cerca del centro de Phoenix, en donde
una mujer de edad mayor reacciona instintivamente a la llegada programada. Ella espera durante los últimos segundos
sobre la banqueta, fijando la mirada en el pavimento donde el vehículo de transporte público está a punto de llegar. Una
pesada mochila guinda cuelga de la espalda y una bolsa beige de su hombro derecho. El par de zapatos tenis que usa
revela que ella está preparada para enfrentar una jornada diaria y rutinaria de abordar, apearse, y transferirse de un
autobús a otro, así como para caminar sólo ella sabe cuántas calles.
Apenas unos segundos antes de la llegada del autobús, un viento suave mueve su larga falda al mismo ritmo de una
bandera estadounidense que ondula en lo alto desde el otro lado de la calle. El ruido del rechinido de los frenos
interrumpe la monotonía con la colorida e imponente llegada del autobús. El operador de la unidad da la bienvenida con
prontitud a la señora, en un sincronizado movimiento que abre las puertas del autobús. Una voz computarizada se
escucha, anunciado a los pasajeros del autobús que están a punto de apearse, a qué rutas pueden transferirse desde
ese crucero. Ya dentro del autobús, la mujer y otros dos pasajeros que se subieron al vehículo detrás ella, se integran a
cerca de una docena de otros individuos sentados calladamente y dispersados en los asientos.
Miles de pasajeros viajan cada día solamente en esta ruta del Sistema de Transporte Valle Metro, la Ruta 3. De acuerdo
al Reporte del Sistema del Número de Viajeros, un promedio de 8 mil abordajes locales se registran en un sólo día
entre semana únicamente en esta ruta, que se extiende desde la Avenida 67 hasta el Zoológico de Phoenix, a través de
la Calle Van Buren. Las estadísticas muestran que casi 60 millones de abordajes en todo el sistema se registraron
durante el año fiscal 2005-2006. Evidentemente, las cifras revelan la gran cantidad de individuos que usan este tipo de
transporte público para trasladarse de un lugar a otro en la mayor parte del cuarto condado más grande de la nación, el
Condado Maricopa.
Pero navegar a través del sistema y por toda el área metropolitana de Phoenix no es una hazaña fácil. Las distancias
para caminar, algunas veces largas esperas, así como autobuses repletos durante las horas pico –cuando el
movimiento más grande de pasajeros ocurre– están entre otros factores que pueden hacer un viaje usando este tipo de
transporte público completamente un reto. Sin contar las temperaturas más calientes del verano que están a punto de
llegar, las cuales tornan el viaje más sencillo en un asunto sudoroso que agita la respiración. Por estas razones, viajar
en un autobús de Valley Metro habla de la batalla y el trabajo duro que miles de hombres y mujeres enfrentan cada día
para moverse de un lugar a otro.
Pero no se equivoque. Viajar en el autobús no es tan mala experiencia como mucha gente pudiera pensar. El transporte
público ofrece numerosos beneficios a las personas, así como a las ciudades mismas. De hecho, gracias al sistema de
autobuses Valley Metro, es posible para muchos individuos que no pudieran transportarse de otro modo para ir de un
lugar a otro. Tome como ejemplo a dos personas con incapacidades, un hombre y una mujer, que están sentados en
sus propias sillas de ruedas en este viaje en autobús. Ocupando el espacio al lado de las puertas traseras, se ve que
por seguro ellos disfrutan de la accesibilidad del vehículo, el cual está equipado con un aparato elevador que levanta y
baja una plataforma que hace posible para usuarios de sillas de ruedas, abordar y apearse del autobús. Así que el
transporte público juega un papel vital en la vida de mucha gente, a pesar de las dificultades inherentes de ser un
usuario de autobús.
Cada día, y en áreas metropolitanas como la de Phoenix, antes de levantarse el sol y hasta que cae, el desplazamiento
incesante de personas que carecen de transportación propia o que usan el autobús por su conveniencia, crea una
cultura peculiar de movimiento humano. Sobre la cinta de asfalto como arteria, el palpitar de una muchedumbre infunde
un sentimiento de búsqueda en ciudades que intentan despertar a un diario desafío de mantenerse vivas y productivas.
Su fuerza laboral, industriosa y pujante, busca a su vez poder transportarse rápida y efectivamente a través de calles y
avenidas, que sin importar su anchura o su angustura, se estrechan ante el amontonamiento del tráfico vehicular que se
incrementa con el continuo advenimiento de nuevos habitantes.
Imaginemos una ciudad, no de automóviles particulares, sino de un transporte público predominante, bajo un cielo sin
polución en donde el aire es aire y el viaje en carro compartido no es indispensable. Más autobuses, menos carros;
extintos congestionamientos tráfico y abundancia de peatones caminando sobre banquetas apretadas de gente que
permutaron las llantas de carro opacas y lisas por zapatos de atrayente brillo y apariencia. Menos obesidad, quizás,
mejor circulación sanguínea, y cuerpos en forma que aún se animan a despreciar claustrofóbicos elevadores y a preferir
el concreto o metal de las escaleras que cansan, pero bajan las libras de más hasta la planta baja. Y en armoniosa
moción, el grueso de la populación viajando, sentados o de pie, en autobuses donde la furia al volante es historia y
nuevas amistades germinan al compartir el libro de horarios y rutas de autobús.
Sin emabrgo, al menos por ahora, el transporte público se escabulle por rutas en donde el auto particular es amo y el
autobús lacayo. El área metropolitana de Phoenix, de esta manera, se ahoga en la contaminación del egoísmo vehicular,
donde cientos de miles de automóviles con otros tantos de cientos de miles de automovilistas solitarios dentro de ellos,
delimitan la opción compartida de la experiencia democrática de viajar, rodeado de desconocidos, pero gente al cabo, en
un autobús. Un autobús; lo pudiéramos ponderar como un medio de transporte humilde y sin mayor pretensión que la
de llevarnos a nuestro destino, y al ritmo de la “música” de una voz programada que nos guía a rutas y autobuses para
no errar el derrotero.
Camino al trabajo, rumbo a la escuela, de regreso a casa; hacia el mercado, la guardería infantil o el lugar de reunión,
los autobuses de Valley Metro acarrean gente casi incesantemente. Individuos ensimismados con sus pensamientos,
mujeres y hombres con uniformes y gafetes del trabajo, familias enteras con niños que disfrutan el viaje con sencillez de
alegría. Personas con incapacidades que, carentes de ayuda, se valen por sí mismas al ritmo de la ruedas de sus sillas,
que los restringen, pero viajando en autobús, los habilitan. Indigentes que cargan pesadas mochilas y se refugian del
frío o del calor en un viaje que anhelan fuera interminable. Desconocidos que actúan como amigos de la infancia bajo
los refugios de paraderos en las baquetas, que proveen asiento y protección parcial del clima. Ahí, “amistades” surgen y
desaparecen en los segundos que dura el lapso programado de tiempo para que un vehículo descargue y recoja
pasajeros. Finalmente, la gente que viaja en bicicleta por calles donde no hay rutas, y cuyas bicicletas viajan en el
portabicicletas ensamblado a la parte exterior de enfrente del autobús. Todos por igual —pasajeros de estadía
pasajera— por medio de un pase, monedas depositadas o un comprobante de papel, viajan dentro de un autobús que
se asemeja a la vida, en la que todos nos subimos en un punto y nos bajamos, al final de nuestro destino, en otro.
Mientras que la mayoría de los viajeros del autobús permanecen callados, el viaje es ruidoso. El sonido del motor del
autobús, los frenos de aire, así como la incesante voz programada que anuncia las paradas y rutas como un servicio
automático para los pasajeros, entre otros, componen casi la totalidad de los ruidos que se escuchan durante el
trayecto. La animada charla ocasional, la esporádica exultación infantil, o el deseo de un perfecto desconocido a que
tengamos “un buen día”, rompen de vez en vez el mutismo casi generalizado de los pasajeros. Unos abordan; otros
bajan. El autobús se detiene; avanza. La ruta comienza; acaba. Rumbo al garaje, camino casa, autobús y pasajero se
alejan uno del otro. La penumbra de la noche cierra los párpados y apaga los faros. Mañana, otra jornada.
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Un viaje rutinario en varios autobuses del Sistema de Tránsito en Phoenix, abre toda una dimensión
donde la lucha y el trabajo duro del ser humano se desenvuelven.