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Miles de migrantes alzan su voz en Phoenix - Cuando el
pueblo marcha
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA

Abril 15, 2006
El segmento de la Avenida Grand que se alarga desde la Avenida 7, hasta la 19 no es tan ocupado o transitado
comparado con muchas avenidas principales en Phoenix. Un gran número de edificios dilapidados y abandonados, un
motel quemado, y lotes baldíos hacen de esta sección de la Grand más bien un área desolada donde indigentes,
“taloneras,” y gente en bicicleta es a veces lo único que trae algo de acción a esta ancha, poca atractiva, y oscura sección
de lo que es en realidad parte de la carretera US 60.

A lo largo de esta milla, galerías de arte emergentes como “The Trunk Space” se levantan cerca de “The Henry Company
Liquor and Grocery,” una vieja tienda de la esquina frecuentada más por personas buscando comprar no comestibles
sino cerveza. Por lo menos una media docena de iglesias como “Phoenix Inner City Church” y “Roca de Salvación”
prosperan cerca de “Smoke Shop” y “Bikini Cocktails;” todos en busca de almas tratando de apagar diferentes tipos de
sed. Las fachadas pintadas con colores vibrantes de las llanteras y las concesionarias de autos usados que compiten
por atención en una zona difícil para los negocios, son quizás los únicos colores que sobresalen en medio de este
desgastado vecindario.   

Un “negocio” mucho, mucho más pequeño toma lugar en medio de un lote baldío justo detrás de “Llantera del Norte”: un
hombre indigente que ha apilado una montaña de cosas en un carrito de comestibles, incluyendo productos
tradicionales, tales como bolsas llenas de latas de aluminio, y algunos novedosos, como llantas y cámaras de
bicicletas. Caminando a través del lote, el hombre se dirige a un lugar de reciclaje cercano. Los pocos motoristas que
manejan atravesando esta milla no le ponen atención, apresurándose a llegar a la 7 ó la 19ª, pero rara vez parando a lo
largo de este segmento que se hace más desolado en el área directamente debajo de la autopista Interestatal 10.

Esta milla de calma aparente se convirtió paradójicamente en el escenario de la histórica y multitudinaria marcha del 10
de abril del 2006. El tedio usual de esta área, alterado solamente por el sonido del silbato lejano del tren cruzando el
Camino McDowell, fue sacudido por el imponente paso y el bullicio de miles y miles de seres humanos marchando
rumbo al Capitolio en busca de una reforma migratoria. Nada ni nadie pudo haber predicho, ni siquiera hace unos
meses atrás, que una de las más solitarias áreas de Phoenix llegaría a ser la ruta de lo que se estima fueron 150 a 200
mil personas. Nunca antes, y tal vez nunca después, iba tal punto tan desatendido en Phoenix a llegar a ser el escenario
de lo que se convirtió en la más grande y pacifica manifestación en Arizona.   

Una dimensión más profunda de asombro se abre cuando se piensa que sólo hace un año atrás, una concentración de
personas de esta magnitud era literalmente imposible de llevarse a cabo. ¿Cómo se logró reunir a esta enorme cantidad
de gente en un sólo evento? Para entender esto, necesitamos pensar dentro de un nuevo contexto de relevancia
histórica. Pensar de una marcha de estas proporciones en Phoenix con una mentalidad de los años 80 o los 90 no es
posible. Necesitamos ver este evento dentro de un nuevo marco histórico, y reconocer que Phoenix no es la misma, que
ha cambiado, y que cambió, hasta cierto punto, inesperadamente. La resistencia en muchos para aceptar esta realidad
hace evidente que el cambio demográfico los tomó por sorpresa. Para aquellos que son parte del naciente movimiento
social, para los miles de manifestantes, hubo sorpresa también, pero ellos lo incubaron, tal vez sin saberlo, por años.
Dar a luz a sus demandas de tan impresionante manera, fue el resultado de un proceso latente cuyo tiempo ha llegado.

Una marcha como la que tuvo lugar el 24 de marzo, y más evidentemente, la marcha del 10 de abril, se puede lograr
solamente cuando el sentimiento de un pueblo marginado ha sido restringido por largo tiempo. Se desarrolla adentro,
imperceptible para la corriente principal de la sociedad, pero eventualmente se derrama, incontenible. Los miles –
millones a través de Estados Unidos– de hombres y mujeres que han permanecido en este estado, particularmente sin
documentos legales, que han trabajado, siendo escondidamente aceptados, se han cansado de la actitud ambivalente
de una comunidad que acepta su trabajo pero les niega estatus legal. Muchos d indiscutiblemente personas buenas,
muy trabajadoras y pasivas, están tan entretejidos en la fibra social de este país, que tarde o temprano se iban a dar
cuenta de las dos caras de una sociedad que le acepta y les rechaza. Y de que una acción asertiva era necesaria.

Cuando el pueblo marcha, especialmente en una manera tan poderosa, espontánea y no violenta, como miles lo
hicieron el lunes, las estructuras sociales injustas comienzan a temblar, y eventualmente se derrumban. El movimiento
de un pueblo obliga a una sociedad a ser confrontada consigo misma, y a hacer lo que el Dr. Martin Luther King, Jr.
declaró: “
que esta nación se levante y viva el verdadero significado de su credo…que todos los hombres son creados
iguales
.” Pero la igualdad, después de 40 años de las palabras de King, continua siendo un ideal difícil de vender en el
2006. De esta manera, muchos creen que los individuos indocumentados, aquellos que componen la mayoría de la
muchedumbre de manifestantes, los que no entraron por la puerta de la legalidad, no tienen derecho a marchar por sus
demandas. Quizás esas personas no caen en la cuenta por completo. Para quienes caen en la cuenta, eso tiene
absoluto sentido, aún cuando se puedan oponer a una reforma migratoria: un manifestante que tiene un derecho no
tiene necesidad de marchar.   

Otro aspecto sorprendente de estas marchas es que las miles de personas se han movilizado como una sola,
prácticamente, fundamentalmente, y filosóficamente sin un líder verdadero y genuino. Este es un movimiento sin líder, un
movimiento de la gente. Esto evoca la parábola bíblica: “
Y viendo a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque
estaban angustiadas y abatidas como ovejas que no tienen pastor.
” Hay organizadores, pero no un filósofo quien pueda
darle forma al movimiento, y dirigir a la gente hacia una meta común. El pueblo expresa sus opiniones en muchas y
diferentes direcciones. Continúan gastando el lema “Sí se puede,” porque ningún filósofo de movimiento social a forjado
una frase nueva y poderosa que resuma la lucha. Encima de esto, los organizadores, y aún la gente, están culturalmente
y lingüísticamente divididos. Algunos no puede hablar el español con corrección; otros tiene dificultad con el inglés. Un
grupo comienza a idolatrar a algunos organizadores nuevos, pero fallan en identificarse con líderes México-Americanos
de larga trayectoria. Algunos se adhieren a los primeros, y rechazan a estos últimos. ¿Puede un movimiento con estas
características prevalecer?   

A pesar de todas estas circunstancias, la gente comenzó a llegar para la marcha –uno por uno, en grupos, y en familias
enteras– al Coliseo Memorial de los Veteranos. Para el mediodía, los terrenos del coliseo estaban repletos, así como
las esquinas donde las Avenidas 19, la Grand, y el Camino McDowell se conectan. Había tantas banderas de Estados
Unidos como había gente. La multitud esperaba a comenzar la marcha en perfecto orden, mayormente callada, excepto
cuando, sin eficacia, los organizadores, y algunos supuestos animadores trataban de hacer que levantaran la voz. Días
antes, algunas personas que se oponían a la marcha estaban deseando que hubiera lluvia para arruinar la
manifestación; contrariamente, no hubo lluvia, pero si una inmensa nube que algunas personas pensaron fue enviada
por Dios. El silbato del tren se escuchó un par de veces. Algunos manifestantes pensaron que el maquinista les
saludaba, pero el sonar del silbato es un procedimiento de rutina cuando el tren cruza la McDowell. La gente festejaba de
igual manera. El número de personas supero el de voluntarios de la marcha, pero su conducta ordenada compensó la
falta de suficientes asistentes.

La marcha dio inicio poco después de la 1:00 de la tarde. La gente dentro de los terrenos del coliseo quedó atrapada por
varios minutos. Puesto que la multitud era tan densa afuera, tomó un buen rato antes de que pudieran salir a la calle. En
cuestión de minutos, la gente comenzó a caminar hacia el sureste, sobre la Avenida Grand, rumbo a la 7ª. Esta avenida
habitualmente tranquila se convirtió en una ruidosa cuando, intensa y apasionadamente, la gente comenzó a gritar. Para
cuando la multitud se aproximaba al área que queda debajo de la autopista I-10, el panorama era ya impresionante. La
fuerza que los manifestantes representaban fue sentida poderosamente en las calles. Tres ancianos México-
Americanos, dos mujeres y un hombre, quienes miraban la marcha desde la banqueta expresaron su opinión acerca de
los inmigrantes ilegales: “La suciedad se debe ir al drenaje.” Una pareja,  ambos en sillas de ruedas, daban gritos de
ánimo desde la banqueta también. Dos hombres jóvenes estadounidenses, se subieron al techo de su galería de arte
para tener una mejor vista; uno sonreía, animando a los manifestantes; el otro tenía una mirada de incredulidad. Los
oficiales de policía estuvieron atentos, pero hasta cierto punto aburridos: los manifestantes no les dieron trabajo extra.

En medio de la marcha, un fuerte sentido de afiliación se sentía. La gente bromeaba, cantaba, gritaba, tocaba
instrumentos. La mayoría llevaba banderas, algunas lo suficiente grandes para tener que ser llevadas por un grupo de
personas y ser vistas desde los helicópteros de los noticieros. La inmensa nube ayudó enormemente a disminuir el
calor. La extensión de una milla desde la Avenida 19 hasta la 7 fue mucho para algunos niños y gente que casi se daban
por vencidos. Cuando la gente llegó finalmente a la calle 7, el olor a pollo frito del restaurante de comida rápida “Church’
s” distrajo a algunos manifestantes. En la intersección de la Grand, la 7ª, y la Van Buren, los manifestantes se
dispersaron. Algunos continuaron derecho por la Van Buren, hacia la 3, siguiendo a los organizadores, quienes se
desviaron para pasar por el edificio de la alcaldía y saludar al alcalde Phil Gordon. Muchos se veían confundidos, ya que
el plan original era irse hacia el sur por la 7 hacia la Washington, y de ahí dirigirse al Capitolio. Algunos siguieron esta
ruta original. Algunos individuos se dispersaron aún antes de llegar a la 7 y comenzaron a caminar hacia el sur rumbo a
la Washington. Algunos usaron la Van Buren, caminado rumbo al oeste hacia el Capitolio también. A estas alturas, era
evidente que los manifestantes se sentían confundidos, y claro muchos estaban ya cansados. Algunos se fueron por la
Adams, otros por las banquetas de la Washington. La gran mayoría llegó al Capitolio. Ahí, un ejército de reporteros y
camiones de noticias estaban cubriendo la marcha profusamente. Tan pronto como algunos llegaron al Capitolio, se
regresaron hacia el coliseo. La gente usaba cualquier calle caminando hacia el norte para regresar a la Grand. Hacia el
final de la marcha, la gente caminaba por dondequiera. No se reportaron mayores o incidentes relevantes. Esa noche,
los conductores de los noticieros reportaban una admirablemente ordenada, pacífica, y desde luego, histórica marcha.

El impacto de la marcha, desde una perspectiva social y demográfica, fue asombroso. Nadie en su mente sana puede
ignorar la fuerte presencia que los inmigrantes representan en Arizona, y el resto del país. Sin embargo, la influencia que
esta tuvo en los legisladores parece haber tenido un efecto mínimo. Los senadores que se oponen a una reforma
migratoria no cambiaron de opinión, tal vez sólo se volvió “más intensa” después de la marcha, como una persona que
llamó a un programa de radio lo describió. Apenas dos días después de la marcha, los senadores aprobaron una
propuesta que, de ser implementada en ley, acusaría a inmigrantes con el delito de entrar sin permiso, el cual se
clasifica como un delito menor de Clase 1. Esto envía un claro mensaje a aquellos quienes están aquí sin documentos,
de que tomará más que marchas para tener un efecto en los políticos. Entre los inmigrantes, existe inseguridad acerca
de cómo la marcha les ayudó o no les ayudó en su causa. Los organizadores ahora están convocando a un boicot
comercial de un día para el primero de mayo.  

Pocos días después de la marcha, el tramo de una milla de la Avenida Grand ha retornado completamente a su aspecto
tranquilo y usual. El indigente con el carrito lleno no fue visto en la marcha, pero ha regresado a su rutina también.
Durante el Viernes Santo, el 14 de abril, se le vio en el mismo lote baldío, inspeccionando  la llanta de la bicicleta de un
hombre, tratando tal vez de venderle una de las muchas que carga en su carrito, lleno de un surtido de cosas que él
encuentra en las calles. Una banderita de Estados Unidos nueva, puesta sobre su carrito, se podía ver, probablemente
un residuo de la marcha. Las pocas compañías a lo largo de este ahora histórico segmento de la Grand, y aún el
indigente, están de vuelta llevando a cabo sus negocios como de costumbre.



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Cuando el pueblo marcha, especialmente en una manera tan poderosa, espontánea y no violenta, como
miles lo hicieron el lunes, las estructuras sociales injustas comienzan a temblar, y eventualmente se
derrumban.