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Día de los Muertos: Consuelo de los Vivientes
¿Recordamos tan devotamente a los muertos con la esperanza de ser nosotros mismos recordados
algún día?   
By Eduardo Barraza
BARRIOZONA

Octubre 25, 2006
Los muertos. Nuestros seres queridos. Los que estaban a nuestro alrededor y ya no están más. Aquellos que estaban
tan vivos como hoy estamos nosotros, y tan muertos como estaremos mañana. Hombres y mujeres que permanecen es
nuestras memorias con una presencia profunda, a pesar de su partida. Su último aliento vino a ser el motivo de nuestro
suspirar, y nuestro anhelo por lo que se ha ido. Su presencia está muy viva, porque nosotros estamos vivos, y los
mantenemos vivos.  

Ellos nos recuerdan cada año que estamos vivos, cada 2 de Noviembre, cuando el Día de los Muertos – su día – nos
provoca a pausar y a pensar acerca de ellos una vez más, esta vez, de una manera más formal, reflexiva y melancólica.
Las reminiscencias de lo que ellos fueron, los recuerdos de lo que ellos significaron, y aún significan en nuestras vidas,
nos lleva a encenderles una veladora, mirar a sus fotografías – imágenes en donde permanece su sonrisa perenne – y a
poner un vaso de agua, un trozo de pan, a lado de esos retratos para alimentar y calmar – no sus almas – sino nuestra
propia hambre y sed de ellos.  

Los tuvimos por un tiempo. Ellos fueron mucho de lo que nosotros fuimos ayer y hoy somos. En su latitud de silencio, su
vida entera aparece en nuestras mentes y corazones en segundos; segundos que respiramos de parte de ellos. Una
parte nuestra murió con ellos; una parte de ellos vive en nosotros. Juntas – su ausencia y nuestra presencia –vienen a
ser un círculo completo de vida y de muerte, una circunferencia rodeando tanto la realidad de la vida como el temor a la
muerte. Una curva sin final siempre terminando y comenzando, pero aún recordándonos su jornada finita y la nuestra.

¿Tratamos de perpetuarnos, nosotros los vivientes, al perpetuar la memoria de ellos, los muertos? ¿Celebramos el Día
de los Muertos para asegurarnos que alguien celebrará por nosotros cuando nos volvamos “ellos”? ¿Está la veladora
que encendemos para ellos hoy buscando ganarse una flama para nosotros mañana? ¿Nos podemos chantajear a
nosotros mismos al observar el ritual de los muertos, pensando que nuestra autocompasión será nuestra garantía
aplicable después de la muerte? ¿O estamos simplemente cumpliendo con nuestro deber, no importa quién pueda
recordarnos, u olvidarnos, mañana?
    
Nosotros traemos las flores, sin embargo; su aroma satura la habitación y le da olor a nuestra remembranza. Llenamos
el vaso con agua, y vemos las imágenes de ambos, los muertos y nosotros, a través de una inexplicable transparencia:
¿qué es el agua, qué es la vida? Y posteriormente, colocamos el trozo de pan. En su humilde apariencia, el pan es aún
pan: nos alimenta, literal y figurativamente. Así que metafóricamente, el pan nos alimenta en más de un par de maneras.
Más que ninguna otra cosa, nutre nuestro afán de alimentar al difunto. No obstante, el efecto secundario de este deseo
termina alimentándonos a nosotros mismos. Y así, celebrando a los muertos, somos saciados. Hoy, estamos vivos. ¿No
sabemos de todos modos que “Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos”?   

En el Día de los Muertos, estemos seguros de que las lágrimas son permitidas; después de todo, la muerte es un
acontecimiento muy triste. La risa es aceptable también; después de todo, el concepto de celebrar la vida de un muerto
es una distracción atrayente, la cual entretiene nuestras mentes y conciencias de la realidad sombría, futura, e ineludible.
La risa no impide el dolor; la tristeza no disuade la felicidad. Ambas se entrelazan y vienen a ser una. Nos regocijamos
que nuestros muertos estuvieron una vez vivos; y después retrocedemos, dándonos cuenta con pena que nuestros
muertos son eso, muertos. La risa y la pena simbolizan nuestro comienzo y nuestro final. Ambos son necesarios también
para cerrar el círculo. La risa disminuirá la aflicción de nuestro corazón. Las lágrimas cayendo por nuestras mejillas
pudieran apagar la flama de la veladora, pero no apagarán la memoria de los que fueron.   


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