Diego Rivera: Dadme los Muros
Por Eduardo Barraza
Phoenix, Arizona. Noviembre 15, 2006 -  Muchos calificativos necesitarían utilizarse para describir al muralista
mexicano Diego Rivera.  Y muchos más para tratar de definir su vasta obra.  Y al final de una detallada
búsqueda semántica y gramatical, todavía sería insuficiente contener la inmensa, prolija y colosal obra
pictórica del genio, quien desde su infancia hasta su muerte blandió el pincel con un don maravilloso y
extraordinario.

Cientos de muros hablan hoy con admirable elocuencia de su gran talento y de su filosofía, de su grandeza
como artista, de sus convicciones revolucionarias y rebeldes.  Su obra creativa desarrolló, perfeccionó e
inmortalizó un arte nacional de inmensurable calidad y técnica, pero aún mas de profunda identidad
indígena.  Sus largas y maratónicas jornadas sobre las tarimas forjaron la magnificencia, el drama, y la
intensidad de un pueblo y su historia.

Rebelde y revolucionario, Rivera toma los muros como su trinchera y su estrado desde donde, persuadido de
que el arte es para el pueblo, no lo limita a la elite embriagada de europeismo, ni y la exclusividad de las
galerías, sino que los plasma a la vista de todos, donde la dictadura no se puede esconder ni la heroicidad
ocultar.  El esplendor de una raza conquistada, sus luchas libertarias, sus hazañas históricas, se revelan
como en un juicio apocalíptico, donde no hay nada escondido que no sea descubierto.

Con trazo firme, realismo imponente, y colores palpitantes, los personajes en los murales de Rivera suspiran,
gimen vida.  Desde la frialdad de las superficies impregnadas de talento, la sangre de los héroes y heroínas
salpica el despotismo de los tiranos; el sudor del peón y el arrojo de la soldadera se infiltran en el traje del
catrín.  Imponentes y estacionarios, los oprimidos y los opresores, los dictadores y los revolucionarios, los
cobardes y los valientes, la gente del pueblo y los aristócratas, se presentan en el escenario ineludible de la
vida; asumen cada cual su rol.  Suspendidos en el tiempo, nos miran con dinamismo inerte.  Y Rivera así erige
el archivo visual de la nación, sobre los muros.

Si de José Guadalupe Posada no se concluye plenamente que haya sido un revolucionario en el sentido
histórico de la palabra, Rivera se constituye en un insurgente del arte, inspirado, sí, por el grabador genial
de hojas volantes, a quien en su adolescencia visitaba en su taller.  Ahí el artesano disidente miraba por su
ventana, inspirándose con los dolores de parto de un México en la antesala de una convulsión.  Mirando a
Posada, Rivera se convierte en su alumno espontáneo; trabajando, Posada se transforma en su más grande
maestro.
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“Un artista es sobre todo un ser humano, profundamente humano hasta el centro. Si el artista no puede sentir
todas las cosas que la humanidad siente, si el artista no es capaz de amar hasta olvidarse a sí mismo y a
sacrificarse a sí mismo, si él no baja su pincel mágico y encabeza la lucha contra el opresor, entonces el no es un
gran artista.”

Diego Rivera
MOUNSTRO DEL ARTE
Rebelde y revolucionario,
Rivera toma los muros como su
trinchera y su estrado desde
donde, persuadido de que el
arte es para el pueblo, no lo
limita a la elite embriagada de
europeismo, ni y la exclusividad
de las galerías".
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Eduardo Barraza periodista y escritor
mexicano, editor de la revista Barriozona, y
director del Insituto Hispano de Asuntos
Sociales. E-mail:
editor@barriozona.com
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Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
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