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Los estudiantes soñadores, jóvenes sin país, educación, ni
esperanza
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA
Marzo 10, 2008
Phoenix, Arizona.- Las leyes en contra de la inmigración ilegal en Arizona están enfurecidamente afectando a jóvenes
estudiantes que carecen de estatus legal. Hablamos de chavos y chavas que crecieron aquí en el país de los sueños
rotos y los supremacistas blancos; niños que cruzaron el desierto en brazos de sus papás sin saber de fronteras ni odio
racial. Personitas que se convirtieron en inmigrantes sin saberlo ni darse cuenta. Hoy, caminando en el pavimento lleno
de clavos de discriminación y racismo —vertidos por quienes aborrecen los rostros morenos, el idioma español y la
cultura latinoamericana— se dan cuenta que en el país en donde nacieron no existen oficialmente, ni existen en este,
los Estados Unidos, donde les piden que se vayan.
Con estas leyes que les cobran colegiaturas exorbitantes por no poder comprobar que son ciudadanos o residentes
legales, Arizona está a punto de perder la gran inversión que cientos de escuelas y maestros han cultivado en el salón
de clases a través de muchos años en miles de estos estudiantes, que hoy se ven forzados a abandonar los estudios, y
sin esperanzas tampoco de poder trabajar. Un arduo trabajo educativo de horas y horas de tareas y lecciones escolares
es desdeñado con estas feroces leyes que restringen y hacen prohibitivo el derecho universal a la educación.
Los “soñadores” les llaman a estos muchachos. Primero, por el válido y muy buen sueño de quererse forjar una
educación. También por el Acta SUEÑO (o DREAM Act), la fallida legislación para darles estatus a estos jovencitos sin
estatus legal. “Soñadores” por soñar acerca de una educación; “soñadores” porque hasta ahora y por algún periodo de
tiempo negro —negro como los propósitos de quienes han hecho estas leyes— seguirán sólo soñando. El despertar
diario a la batalla de aprender, de asistir y destacar en la escuela es muy diferente.
Jóvenes mayormente de estratos humildes que buscan la superación y el bien de sus comunidades, se enfrentan hoy
en pleno Siglo XXI a una de las mayores contradicciones en un país que es líder en muchos campos de la ciencia y la
tecnología. La paradoja es que en Arizona, jóvenes perseverantes que han crecido y estudiado durante su niñez y
juventud en este estado desierto de esperanzas para el pobre “sin papeles” y plagado de excremento legislativo, no lo
podrán seguir haciendo, a menos que ellos y sus familias puedan sufragar las colegiaturas que les exigen pagar como
si no fueran residentes de este estado.
Aún los Aztecas o Mexicas —en sus esfuerzos primitivos— se afanaban para educar a sus nuevas generaciones en el
Telpochcalli (o Casa de la Juventud) para asegurarse de formar muchachos y muchachas útiles para sus sociedades.
Hoy en Arizona, los jóvenes son negados del beneficio de la educación por no tener papeles. Pero en estos jóvenes está
la respuesta a las necesidades laborales de un estado que busca trabajadores bilingües y capacitados para fomentar
una economía próspera. En estos jóvenes está nuestro futuro.
Las leyes que políticos enceguecidos por un odio disfrazado de legalidad han implementado —según sus tendenciosos
cálculos— para doblegar los denuedos de estos jovencitos, revertirán su efecto en sus mismas sociedades con un
saldo negativo. Siendo esta generación —con o sin documentos legales parte de este estado y de su muy necesitado
crecimiento económico— las leyes en su contra no son sino una forma de auto-castigo que muchos no ven y a otros
muchos no les importa.
El próximo presidente de Estados Unidos deberá legalizar a todos estos jóvenes estudiantes que vinieron a los Estados
Unidos en los brazos de sus progenitores, siendo bebés o niños pequeños, y sin tener la menor oportunidad de decidir
sobre su destino. Para la mayoría de ellos Estados Unidos es el único país que ellos conocen. Este es, y no lo es al
mismo tiempo, su país. Y como cuando partieron del país donde nacieron, hoy tampoco pueden decidir. Ellos son los
jóvenes sin país, los jóvenes sin educación, los jóvenes sin esperanza. Por ahora, puros “soñadores”.
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