Elvira Arellano: Separación Familiar, el Alto Precio Para
Inmigrantes
Por Eduardo Barraza | Comentario Social
Imprimir Texto
M U L T I M E D I A
Pulse imagen para acceder GRÁFICO
La maraña de la política migratoria ha enredado a millones de inmigrantes en una trágica permuta:
dólares a cambio de dejar —y tal vez nunca más volver— a muchos miembros de su familia.
Eduardo Barraza periodista y escritor
mexicano, editor de la revista Barriozona, y
director del Insituto Hispano de Asuntos
Sociales. E-mail:
editor@barriozona.com
Imprimir Texto
Hispanic Institute of Social Issues © 2006-2011 All rights reserved.
webmaster@hisi.org
ANUNCIO
You need Java to see this applet.
Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ
A PUNTO DE CAMBIAR
Periodismo de Base Comunitaria
Barriozona Magazine | barriozona.com
Barriozona Magazine
MADRE E HIJO  En Estados Unidos
Elvira vive la desdicha, cotidiana
para muchos, de ser detectada
trabajando con documentos falsos,
ser enjuiciada por un juez de
inmigración, y finalmente deportada
a su país. Foto: Especial
MADRE E HIJO En Estados Unidos Elvira vive la desdicha, cotidiana para muchos, de ser detectada trabajando con documentos falsos, ser enjuiciada por un juez de  inmigración, y finalmente deportada a su país.
Phoenix, Arizona. Agosto 29, 2009 - La separación de la familia es uno de los precios más costosos que
un emigrante tiene que pagar cuando ella o él deciden partir del terruño y aventurarse a lo impredecible.
Para la gran mayoría es a sus padres y hermanos a quienes dejan en la casa paterna; para otros son
sus cónyuges e hijos quienes se quedan en suspenso y a la espera de las probables remesas de dinero.
Así, mientras el “héroe” o la “heroína” parten rumbo a la supuesta prosperidad, la familia aguarda
indefinidamente en una dimensión de incertidumbre y pobreza.

Dejar a la familia en estas circunstancias suena prometedor. El sacrifico parece valer la pena; ausencia y
nostalgia a cambio de una propuesta de irse en busca de trabajo clandestino y dólares. Sin embargo, la
separación siempre lacera las relaciones entre miembros de un núcleo familiar, en particular cuando el
regreso no está garantizado. El inmigrante no es un soldado, pero en su misión arriesga —y muchas
veces pierde— la vida. Aunque la gran mayoría no muere en la intentona de escabullirse por caminos
prohibidos, haber dejado a la familia sin, realistamente, ninguna garantía de volver —como en el caso de
quienes van a una guerra— es pagar un precio demasiado alto por algo que puede o no puede llegar a
cristalizarse.

Miles de emigrantes dejaron atrás a otros miles de seres humanos —sus familias— y nunca más los
volvieron a ver. Otros miles han quedado varados en una situación migratoria que les impide entrar y
salir legalmente para ir a visitar a sus familias y para luego poder regresar de nuevo a los campos de
trabajo. Muchos —créamelo estimado lector— han experimentado la triste situación de enterarse de que
algún miembro de su lejana familia ha muerto en la tierra natal, mientras ellos se encuentran en grandes
urbes como Chicago, Nueva York, Houston o Wisconsin, impulsados por la necesidad de al menos asistir
al entierro, pero inmovilizados al saber que salir del país no les garantiza poder volver. Así, la mayoría ha
preferido no acudir a dar el último adiós a un padre, a una madre, a un hermano o hermana, o quizás a
un hijo, que perder su trabajo y su estancia en la jaula de oro que es este país para quienes no tienen
el más mínimo estatus legal. En este caso, la maraña de la política migratoria los ha enredado en una
trágica permuta: dólares a cambio de dejar —y tal vez nunca más volver— a muchos miembros de su
familia.



El caso de Elvira Arellano, quien ahora solicita al gobierno mexicano le ayude a regresar a Estados
Unidos, ilustra de manera menos irreparable, como sería la muerte de un familiar, un caso casi patético
de separación de familia. Primero abandona su natal Michoacán dejando a su familia. En Estados Unidos
vive la desdicha, cotidiana para muchos, de ser detectada trabajando con documentos falsos, ser
enjuiciada por un juez de inmigración, y finalmente deportada a su país. Ahora, en su calidad de
deportada, prefiere repetir la decisión de dejar a un miembro de su familia —nada menos que a su hijo—
en suspenso, encargado a gente que ella confía en Chicago, mientras en México, ella intenta poder
regresar a Estados Unidos. Obviamente, aquí en este cuadro hay algo que no encaja del todo, algo que
no se ve bien desde casi cualquier perspectiva. En esta encrucijada, típica para miles como Elvira, la
familia —llámesele padre, madre, hermano o hijo— ha pasado a segundo o tercer plano por un estatus
migratorio. Pareciera como si, en este caso, la familia importara menos —mucho menos— que la
obstinación de quererse quedar en un país.

Ante circunstancias como ésta que retan la lógica y la razón, las interrogantes dan vueltas en la mente
buscando respuestas que justifiquen la separación familiar; dejar a un padre o a una madre, dejar a un
hijo. Primero en busca de la oportunidad de mejorar, de poder mitigar la pobreza crónica de la comarca;
después, forzada por el gobierno estadounidense y sus leyes migratorias, abandonar el sueño, la
esperanza de dólares, y precisada a volver al terruño con las manos vacías. Dejando a un niño pequeño,
hijo de una madre soltera, flotando en la dicotomía de haber nacido en un país en el cual su progenitora
no tiene derecho a permanecer.

Sería injusto solamente querer usar la razón y la lógica sin tener en cuenta los sentimientos de una
persona. Si usted, lector, estuviera en esta misma situación, ¿dejaría a su hijo en Estados Unidos o lo
trajera de regreso con usted?