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Elvira Arellano: Separación Familiar,
el Alto Precio Para los Inmigrantes
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA
Agosto 29, 2007
La separación de la familia es uno de los precios más costosos que un emigrante tiene que pagar cuando ella o él
deciden partir del terruño y aventurarse a lo impredecible. Para la gran mayoría es a sus padres y hermanos a quienes
dejan en la casa paterna; para otros son sus cónyuges e hijos quienes se quedan en suspenso y a la espera de las
probables remesas de dinero. Así, mientras el “héroe” o la “heroína” parten rumbo a la supuesta prosperidad, la familia
aguarda indefinidamente en una dimensión de incertidumbre y pobreza.
Dejar a la familia en estas circunstancias suena prometedor. El sacrifico parece valer la pena; ausencia y nostalgia a
cambio de una propuesta de irse en busca de trabajo clandestino y dólares. Sin embargo, la separación siempre lacera
las relaciones entre miembros de un núcleo familiar, en particular cuando el regreso no está garantizado. El inmigrante
no es un soldado, pero en su misión arriesga —y muchas veces pierde— la vida. Aunque la gran mayoría no muere en
la intentona de escabullirse por caminos prohibidos, haber dejado a la familia sin, realistamente, ninguna garantía de
volver —como en el caso de quienes van a una guerra— es pagar un precio demasiado alto por algo que puede o no
puede llegar a cristalizarse.
Miles de emigrantes dejaron atrás a otros miles de seres humanos —sus familias— y nunca más los volvieron a ver.
Otros miles han quedado varados en una situación migratoria que les impide entrar y salir legalmente para ir a visitar a
sus familias y para luego poder regresar de nuevo a los campos de trabajo. Muchos —créamelo estimado lector— han
experimentado la triste situación de enterarse de que algún miembro de su lejana familia ha muerto en la tierra natal,
mientras ellos se encuentran en grandes urbes como Chicago, Nueva York, Houston o Wisconsin, impulsados por la
necesidad de al menos asistir al entierro, pero inmovilizados al saber que salir del país no les garantiza poder volver.
Así, la mayoría ha preferido no acudir a dar el último adiós a un padre, a una madre, a un hermano o hermana, o quizás
a un hijo, que perder su trabajo y su estancia en la jaula de oro que es este país para quienes no tienen el más mínimo
estatus legal. En este caso, la maraña de la política migratoria los ha enredado en una trágica permuta: dólares a
cambio de dejar —y tal vez nunca más volver— a muchos miembros de su familia.
El caso de Elvira Arellano, quien ahora solicita al gobierno mexicano le ayude a regresar a Estados Unidos, ilustra de
manera menos irreparable, como sería la muerte de un familiar, un caso casi patético de separación de familia. Primero
abandona su natal Michoacán dejando a su familia. En Estados Unidos vive la desdicha, cotidiana para muchos, de ser
detectada trabajando con documentos falsos, ser enjuiciada por un juez de inmigración, y finalmente deportada a su
país. Ahora, en su calidad de deportada, prefiere repetir la decisión de dejar a un miembro de su familia —nada menos
que a su hijo— en suspenso, encargado a gente que ella confía en Chicago, mientras en México, ella intenta poder
regresar a Estados Unidos. Obviamente, aquí en este cuadro hay algo que no encaja del todo, algo que no se ve bien
desde casi cualquier perspectiva. En esta encrucijada, típica para miles como Elvira, la familia —llámesele padre,
madre, hermano o hijo— ha pasado a segundo o tercer plano por un estatus migratorio. Pareciera como si, en este
caso, la familia importara menos —mucho menos— que la obstinación de quererse quedar en un país.
Ante circunstancias como ésta que retan la lógica y la razón, las interrogantes dan vueltas en la mente buscando
respuestas que justifiquen la separación familiar; dejar a un padre o a una madre, dejar a un hijo. Primero en busca de
la oportunidad de mejorar, de poder mitigar la pobreza crónica de la comarca; después, forzada por el gobierno
estadounidense y sus leyes migratorias, abandonar el sueño, la esperanza de dólares, y precisada a volver al terruño
con las manos vacías. Dejando a un niño pequeño, hijo de una madre soltera, flotando en la dicotomía de haber nacido
en un país en el cual su progenitora no tiene derecho a permanecer.
Sería injusto solamente querer usar la razón y la lógica sin tener en cuenta los sentimientos de una persona. Si usted,
lector, estuviera en esta misma situación, ¿dejaría a su hijo en Estados Unidos o lo trajera de regreso con usted?
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La maraña de la política migratoria ha enredado a millones de inmigrante en una trágica permuta:
dólares a cambio de dejar —y tal vez nunca más volver— a muchos miembros de su familia.