1907 - 2007 Centenario de su Natalicio
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un especial de BARRIOZONA desde la Ciudad de México
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Texto y Fotografías por Eduardo Barraza Editor de BARRIOZONA
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En el patio de una casona del pueblo de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, en donde muchos años atrás la
pintora mexicana Frida Kahlo pasearía con sus peculiares y largos vestidos, un animado concierto de sonidos
naturales —melodiosos cantos de pájaros, la caída del agua en una fuente, el rasguear de una guitarra— se
mezclan en una sola armonía, creando una atmósfera suave y tranquila. La exuberante vegetación del jardín
impresiona con su variada gama, alternando con los vibrantes colores de la pintura de los muros, pisos y otras
superficies. Colores todos vivos que evocan con su brillantez e intensidad aquellos plasmados en los lienzos sobre
los cuales Frida saltó de la intimidad de su dolor cotidiano a la inmortalidad mundial de su arte. La Casa Azul —
como se le conoce— es un imán cultural de un siglo de antigüedad cuya encantadora, artística, y morbosa atracción
acerca a gente de todo el mundo a su famosa ubicación. Ahí Frida la mujer nació y murió; Frida la artista se inspiró
y pintó; Frida la leyenda se desenvolvió.
La Casa Azul es el lugar —casi mítico— donde el reloj de la vida de Frida comenzó y en donde también se detuvo.
Hoy significa no solamente la morada en donde la artista vivió su breve, dolorosa y tempestuosa existencia, sino
también un santuario en el que el arte fluye de la naturaleza misma, así como de la expresión pictórica —de
muchos modos aún viva— de la mujer que la habitó. El personaje, la artista, el ser humano que fue Frida reflejó de
tal manera un sentimiento artístico único que, si bien no es fácil de precisar y articular, desató un interés que a su
vez fundó la cultura y la mística de su creciente fascinación. Una seducción que en la actualidad atrae hasta esta
casa a miles de personas desde diversas partes del mundo.
Ya sea en las altas paredes
pintadas de un iridiscente azul
que impregna con audacia la
mirada, sea a través de la puerta
doble estilo francés por donde
los ojos de Frida entraban al
jardín, o por los recovecos donde
se asoma y se esconde su
recuerdo, viajeros poseídos por
una, a veces obsesiva,
Fridamanía, intentan encontrar
en La Casa Azul bocetos
existenciales que les pinten a
una Frida —mitad realidad, mitad
fantasía— para poder concebirla,
conocerla, entenderla, y
apreciarla. Con la mirada, los
visitantes rastrean los vestigios
de la intimidad de la artista: ahí
están sus cuadros, su diario
personal, sus vestidos típicos,
objetos que dan testimonio de
su talento, otros que delatan su
prolongado sufrimiento. Tanto su
creación artística como su dolor —
Frida creadora de arte, Frida
postrada al dolor— expresan silentes y discretos la dimensión plástica de una mujer de la misma manera que
emanan su aflicción. Caballetes, pinceles, y obras de arte luchan y chocan en el mismo célebre escenario contra el
corsé de yeso, la silla de ruedas, la prótesis de su pierna.
Paso a paso, miles de personas recorren anualmente la vieja Casa Azul y su grande jardín, que a diferencia de la
piedra volcánica inerte de la estructura de la vivienda, se renueva incesantemente con nuevas flores y aves
novatas. Las voces de los niños visitantes rejuvenecen la vieja estructura y remplazan con sus ecos
contemporáneos la resonancia perdida de las voces que en el pasado poblaron esta casa. La piedra de la casa
calla, el agua de la fuente ríe; el antiguo ídolo precolombino de barro contempla con indiferencia, la flor nueva
emerge con complacencia; las rejas de los balcones encierran, el verdor de las plantas liberan. En conjunto, todos
y cada uno de los elementos de La Casa Azul encierran —en una circunferencia de atracción y asombro— la verdad
revelada de una artista que murió para inmortalizarse. Su vida, como la piedra volcánica de la casona, no se
renueva; su arte, en cambio, renace y crece, como los árboles del jardín. La Casa Azul no es magia; es arte. Frida
no es un fantasma, es una realidad artística.
Custodiadas con fastidioso recelo, las pertenencias de Frida —y también de quien fuera su esposo, el muralista
Diego Rivera— asoman al visitante al mundo a veces eufórico, otras desdichado, de una mujer a quien las
accidentadas condiciones de su vida y el consecuente dolor físico, encendieron en su alma una llama creadora que
avivó el fuego de su arte. Herida en su agobiado cuerpo, agudizó el pincel para gritar al mundo su aflicción, desde
la privacidad de una casa que hoy es expuesta al mundo entero. El dolor íntimo de Frida reflejado en sus
incomparables obras de arte, gritó desde su recámara, saltó por el balcón de su ventana, recorrió el jardín florido,
salió de su Casa Azul arrojándose a las calles, atreviéndose a recorrer ciudades, cruzar océanos, y a conquistar
países. El dolor la postró a ella; ella postró al dolor con su arte.
Por el alto portón verde por donde entraron, los visitantes salen de La Casa Azul de Frida Kahlo. En la banqueta
hecha de viejo adoquín, los despide el mismo color azul intenso de los famosos muros que les dieron la
bienvenida. En otro tiempo, la misma Frida caminaría a través de ese portón, y por esta misma calle. Pero hoy el
arte de Frida entra por puertas más espaciosas, recorre calles amplias, se aloja en galerías más grandes y lujosas,
lejos de su nativo Coyoacán. En ese sentido metafórico, Frida camina de nuevo y por sendas que nunca soñó.
Este, su gran éxito, no es un accidente. Invulnerable y de la mano de su arte, Frida asombra al mundo, triunfa
convincentemente, y lo hace sin ningún dolor.
Sobre la cama en donde la pintora mexicana falleció en 1954, descansa su máscara mortuoria envuelta en un rebozo. En esta misma recámara se encuentra la urna que guarda sus cenizas.
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barriozona.com
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