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La Casa Azul de Frida Kahlo
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA

Junio 18, 2007

Mexico, D.F.  En el patio de una casona del pueblo de Coyoacán, al sur de la Ciudad de México, en donde muchos años
atrás la pintora mexicana Frida Kahlo pasearía con sus peculiares y largos vestidos, un animado concierto de sonidos
naturales —melodiosos cantos de pájaros, la caída del agua en una fuente, el rasguear de una guitarra— se mezclan
en una sola armonía, creando una atmósfera suave y tranquila. La exuberante vegetación del jardín impresiona con su
variada gama, alternando con los vibrantes colores de la pintura de los muros, pisos y otras superficies. Colores todos
vivos que evocan con su brillantez e intensidad aquellos plasmados en los lienzos sobre los cuales Frida saltó de la
intimidad de su dolor cotidiano a la inmortalidad mundial de su arte. La Casa Azul —como se le conoce— es un imán
cultural de un siglo de antigüedad cuya encantadora, artística, y morbosa atracción acerca a gente de todo el mundo a su
famosa ubicación. Ahí Frida la mujer nació y murió; Frida la artista se inspiró y pintó; Frida la leyenda se desenvolvió.

La Casa Azul es el lugar —casi mítico— donde el reloj de la vida de Frida comenzó y en donde también se detuvo. Hoy
significa no solamente la morada en donde la artista vivió su breve, dolorosa y tempestuosa existencia, sino también un
santuario en el que el arte fluye de la naturaleza misma, así como de la expresión pictórica —de muchos modos aún
viva— de la mujer que la habitó. El personaje, la artista, el ser humano que fue Frida reflejó de tal manera un sentimiento
artístico único que, si bien no es fácil de precisar y articular, desató un interés que a su vez fundó la cultura y la mística
de su creciente fascinación. Una seducción que en la actualidad atrae hasta esta casa a miles de personas desde
diversas partes del mundo.

Ya sea en las altas paredes pintadas de un iridiscente azul que impregna con audacia la mirada, sea a través de la
puerta doble estilo francés por donde los ojos de Frida entraban al jardín, o por los recovecos donde se asoma y se
esconde su recuerdo, viajeros poseídos por una, a veces obsesiva,
Fridamanía, intentan encontrar en La Casa Azul
bocetos existenciales que les pinten a una Frida —mitad realidad, mitad fantasía— para poder concebirla, conocerla,
entenderla, y apreciarla. Con la mirada, los visitantes rastrean los vestigios de la intimidad de la artista: ahí están sus
cuadros, su diario personal, sus vestidos típicos, objetos que dan testimonio de su talento, otros que delatan su
prolongado sufrimiento. Tanto su creación artística como su dolor —Frida creadora de arte, Frida postrada al dolor—
expresan silentes y discretos la dimensión plástica de una mujer de la misma manera que emanan su aflicción.
Caballetes, pinceles, y obras de arte luchan y chocan en el mismo célebre escenario contra el corsé de yeso, la silla de
ruedas, la prótesis de su pierna.

Paso a paso, miles de personas recorren anualmente la vieja Casa Azul y su grande jardín, que a diferencia de la piedra
volcánica inerte de la estructura de la vivienda, se renueva incesantemente con nuevas flores y aves novatas. Las voces
de los niños visitantes rejuvenecen la vieja estructura y remplazan con sus ecos contemporáneos la resonancia perdida
de las voces que en el pasado poblaron esta casa. La piedra de la casa calla, el agua de la fuente ríe; el antiguo ídolo
precolombino de barro contempla con indiferencia, la flor nueva emerge con complacencia; las rejas de los balcones
encierran, el verdor de las plantas liberan. En conjunto, todos y cada uno de los elementos de La Casa Azul encierran —
en una circunferencia de atracción y asombro— la verdad revelada de una artista que murió para inmortalizarse. Su vida,
como la piedra volcánica de la casona, no se renueva; su arte, en cambio, renace y crece, como los árboles del jardín.
La Casa Azul no es magia; es arte. Frida no es un fantasma, es una realidad artística.      

Custodiadas con fastidioso recelo, las pertenencias de Frida —y también de quien fuera su esposo, el muralista Diego
Rivera— asoman al visitante al mundo a veces eufórico, otras desdichado, de una mujer a quien las accidentadas
condiciones de su vida y el consecuente dolor físico, encendieron en su alma una llama creadora que avivó el fuego de
su arte. Herida en su agobiado cuerpo, agudizó el pincel para gritar al mundo su aflicción, desde la privacidad de una
casa que hoy es expuesta al mundo entero. El dolor íntimo de Frida reflejado en sus incomparables obras de arte, gritó
desde su recámara, saltó por el balcón de su ventana, recorrió el jardín florido, salió de su Casa Azul arrojándose a las
calles, atreviéndose a recorrer ciudades, cruzar océanos, y a conquistar países. El dolor la postró a ella; ella postró al
dolor con su arte.  

Por el alto portón verde por donde entraron, los visitantes salen de La Casa Azul de Frida Kahlo. En la banqueta hecha
de viejo adoquín, los despide el mismo color azul intenso de los famosos muros que les dieron la bienvenida. En otro
tiempo, la misma Frida caminaría a través de ese portón, y por esta misma calle. Pero hoy el arte de Frida entra por
puertas más espaciosas, recorre calles amplias, se aloja en galerías más grandes y lujosas, lejos de su nativo
Coyoacán. En ese sentido metafórico, Frida camina de nuevo y por sendas que nunca soñó. Este, su gran éxito, no es
un accidente. Invulnerable y de la mano de su arte, Frida asombra al mundo, triunfa convincentemente, y lo hace sin
ningún dolor.      


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