El sueño equivocado
Por Alicia Reyes Acosta (Alma Rivas)
Categoría 21 años y más, Estados Unidos
Me llamo Alma Rivas, soy originaria del estado de Puebla, de una población que en los años 50 tenía 20 mil
habitantes, aproximadamente, y un ingenio azucarero de fundamental importancia para la economía de
muchas familias de toda la región.
 Soy la hija mayor del segundo matrimonio de mi padre, Sebastián Rivas, obrero, con Emelia Álvarez, ama de
casa. Tengo seis hermanas, Mariana, Eliza, Amparo, Liliana, Maricela y Antonia, y un sólo hermano, Samuel.
 Siendo una familia tan numerosa el sueldo mi padre era insuficiente, por lo que mi madre tenía la imperiosa
necesidad de trabajar, lavando ropa, planchando y vendiendo comida. Además de todo esto, mi padre
abandonaba la casa con mucha frecuencia; él no fumaba ni tomaba pero era un hombre muy violento y muy
agresivo. Mi madre le tenía mucho miedo y nosotros también. Lo peor de todo era que se oponía a que mi
hermana Mariana y yo fuéramos a la escuela. La doctrina de él era que las mujeres nacieron para ser amas
de casa, pero gracias a mi madre algunas de mis hermanas y yo sólo cursamos el sexto grado. Sólo dos de
mis hermanas estudiaron para maestras y mi hermano para contador. Me dolió mucho dejar la escuela, pero
tenía que ayudar a mi madre y conseguí empleo de conserje en mi propia escuela; así estuve durante ocho
meses.
 Después me acomodé en una tienda de abarrotes, trabajé en ese lugar por siete años. Ahí conocí a Alfonso
y me enamoré. Pero... no podía experimentar felicidad: tenía miedo de repetir la historia de mi madre, me
horrorizaba la idea unir mi vida a una persona que podría hacerme daño. Pese a mis temores dos años
después nació mi primera hija. Desafortunadamente Paty nunca conoció a su padre, ella tenía 18 meses de
edad cuando él murió de forma extraña y trágica en la capital de México, intoxicado con gas, y su cadáver fue
descubierto tres días después de su muerte, que nunca se aclaró debidamente.
 Un día, en el pueblo instalaron un negocio grande; presenté mi solicitud, pensé que era la oportunidad de
mi vida, pues tenía conocimiento y experiencia, pero me negaron esa opción por no tener el nivel académico
que requerían. Pero insistí; insistí tanto que me pusieron a prueba por dos semanas. Puse todo mi interés y
dio resultado porque me contrataron. Me sentí muy feliz, miraba nuevos horizontes y el sueldo sería mejor.
Así comencé, como dicen, desde abajo. Para 1979 ya era cajera y en 1980 yo era administradora del negocio.
 En cuanto a mi vida personal, intenté darme una segunda oportunidad. En 1976 nació mi hija Graciela y en
1985 nació Joel. Durante este trayecto el sindicato local había tomado la decisión de implementar un
patronato a dicho negocio. Desde un principio el señor presidente y su secretario no me fueron nada
agradables. Había algo en su actitud; yo tenía un raro presentimiento, y no estaba equivocada porque un
día don Rafael, el presidente, llegó muy amable y dijo:
 —Alma, necesito hablar con usted, por favor, subamos a su oficina.
 Así que yo caminé delante de él y cuando subíamos por las escaleras ese hombre intentó besarme a fuerza.
Él era un hombre fuerte y alto pero yo estaba dos escalones arriba, me sentí ofendida, y le crucé la cara con
dos bofetadas. Él me tomó con fuerza por los hombros y me sacudió como muñeco de trapo; vociferaba y
maldecía.
 —Estúpida –me dijo–, hasta hoy ninguna perra me ha despreciado; te juro, negociante de pacotilla, que me
las vas a pagar; así de paso me cobraré también las que tu padre me debe. Ese viejo imbécil me puso en
ridículo públicamente, siempre se las ha dado de politiquillo importante pero vale mierda.
 Como quiera que sea, era mi padre y nunca le guardé rencor, así que respondí sin temor alguno:
 —Mi padre es un hombre honesto y respetado en todo el pueblo en cambio usted... usted no goza de muy
buena reputación.
 Levantó su mano derecha, como para pegarme, pero quedó suspendida en el aire.
 —Te repito, mal nacida, me las vas a pagar, te juro que te vas a arrepentir de toda ... toda tu maldita vida —
y se marchó.
 Alejandro, el chofer, escuchó algo de lo sucedido y fue hacia mí, me notó alterada, preocupado me dijo:
 —¿Alma que pasó aquí?
 Yo contesté –Nada ... no pasó nada.
 Él insistió contestando —Lo único que le digo es que en serio tenga mucho cuidado, ese tipo es peligroso.
Esperemos no haya consecuencias, pero...
 De manera extraña, cinco meses después ocurrieron dos robos en menos de tres meses y en similares
circunstancias.  En noviembre de 1985, una noche a la hora de cierre, ocurrió un asalto a mano armada en el
que estuvo en juego la vida de las empleadas y la mía. Pero lo grave vino después, porque un día, dos
obreros, don Carlos y Eugenio, me detuvieron en la calle para decirme:
 —Alma, sabe ...?
 —Sí –dije yo– sí ¿qué pasa?
 —Bueno es que... la verdad –dice Eugenio–, es que nosotros vimos lo de los robos y casi estamos seguros
de dónde viene todo esto.
 Yo me sorprendí y pregunté:
 —¿Pero si ustedes saben algo, por favor ayúdenme.
 —No podemos –replicó don Carlos–, comprende Alma, cualquier cosa que hagamos puede repercutir en
contra de nosotros o de nuestra familias.
 Sus palabras resonaban en mis oídos, trataba de entender por qué estaban sucediendo estas cosas. Tuve
preguntas sin respuestas. Así transcurrió cierto tiempo, pero en marzo de 1986 repentinamente anunciaron
una auditoría. En abril de 1986 me llamaron a las oficinas centrales en la capital de México. El coordinador,
licenciado Leonardo Manrique, estaba con un grupo de personas y me dijo:
 —Alma, la hicimos venir porque tenemos listos los resultados de la auditoría, y es de vital importancia que
me responda ¿sabe usted porqué hay números rojos en su inventario?
 Sorprendida contesté:
 —No, señor. Tengo seis años en la administración y nunca he tenido problemas.
 Enfático, respondió como sentenciando:
 —Lo siento, Alma, nosotros tenemos un compromiso y usted debe responder por esto. O nos restaura los
cinco millones de pesos faltantes, o nos indica quién o quiénes son los responsables de esto. Porque de lo
contrario nos veremos en la necesidad de denunciar este caso y usted responderá ante las autoridades
competentes.
 Estupefacta sentí que la tierra se abría bajo mis pies, un tanto turbada contesté:
 —Señor Manrique, esto no puede estarme sucediendo a mí; me dediqué totalmente a cumplir con mi
trabajo, es más, ni siquiera tomé mis vacaciones del año pasado, ni siquiera me las han pagado.
 —No lo sabía –contestó, pero de cualquier modo esto es muy grave.
 Yo agregué con vehemencia:
 —Entiendo que ustedes tienen que cumplir con su deber, pero, ¿qué va a pasar con mi familia? ¿mis hijos?
 Y no hubo respuestas, sólo se limitó a decir:
 —Bueno, esta reunión se da por terminada. En un par de semanas el contador Olivares pasará a su oficina
para revisar otros documentos.
 Cuando yo salí de las oficinas caminé sin rumbo, sentí que se me escapaba la vida, pensaba en mi enferma
madre y en mis hijos. Dios, qué dolor, qué angustia. Me sentí desesperada, acorralada.
 ¿Cómo enfrentar esto? ¿cómo decirle a mi madre todo esto? ¿qué irá a pasar con mis hijos?
 Lloré, lloré y clamé a Dios sin encontrar consuelo.
 Así que esa noche regresé a casa extenuada, sin poder poner en orden mis pensamientos. Cuando llegué a
casa ya era entrada la noche, mi madre estaba inquieta y, preocupada, me interrogó:
 —Hija, es muy tarde, ¿qué sucedió?
 —Mamá, no se preocupe estoy bien.
 —¿Entonces, te caliento la cena?
 —No mami, no tengo hambre –contesté.
 Me miró profundamente y agregó:
 —¿Es muy grave, verdad? ¡Contéstame, hija, por favor!
 Me sentí descubierta y contesté:
 —Sí, mamá, sí es algo grave.
 Ella se acercó hacia mí y me abrazó llorando mientras decía:
 —¿Qué va a pasar hija?
 —No lo sé, mamá, no lo sé.
 —Hija, antes que nos vayamos a dormir tengo algo que decirte: doña Martha y su hija María dicen haber
visto, hace unas tres semanas, descargar unas cajas de mercancía en la casa de Elsa, la hija de don Rafael,
y además era la camioneta de la tienda.
 —¿Pero cómo? ¡Eso no puede ser! ¿Saben quién manejaba?
 —Sí –dijo mi madre–, el chofer que despediste el año pasado.
 —¿Faustino?
 —Sí, ellas lo vieron bien, si son vecinas de Elsa.
 Entonces, pensé, eso quiere decir que tienen copias de las llaves de la camioneta y obviamente pueden
tener llaves de la tienda.
 —Dios mío, mamá, ¿qué hago?
 Ella contestó:
 —Bueno, creo que tienes enemigos en casa.
 —Sí, esa debe ser Sandra, la hermana de don Rafael. Este señor consiguió que el sindicato le diera trabajo
de
cajera y recuerdo que un día no encontraba mis llaves, siempre las pongo en el primer cajón del escritorio, y
aparecieron hasta en la tarde encima del archivero.
 —¿Sabes, hija?, creo que debes consultar un abogado.
 —Sí, pero ahora debemos descansar.
 Pero cuando vi a mis tres hijos dormidos (mi hija mayor ya tenía 16 años de edad, mi Gracielita diez y mi
pequeño Joel apenas un añito), miré sus caritas inocentes que, sin saber lo que se avecinaba, dormían
plácidamente, y me derrumbé junto a la cunita de mi bebé. Los besé en silencio y di rienda suelta a mi dolor.
Lloré mucho mientras ellos dormían, y yo decía, ahogando un fuerte grito desde el fondo de mi corazón:
 —No nos abandones, Dios mío.
 Al día siguiente fui a buscar a Miguel, un abogado amigo de Samuel, mi hermano, le conté lo sucedido, y él
escuchó con atención; calló por unos minutos y luego con desaliento me dijo:
 —Alma, si no tenemos pruebas contundentes no se puede hacer nada, ni siquiera testigos. Si ya don Carlos
y Eugenio no se quieren involucrar, sinceramente, ¿tú crees que estas señoras lo hagan?
 —¿Y entonces?
 —Bueno, lo único que se puede hacer es conseguirte un amparo.
 —Sí, pero, ¿para qué me sirve un amparo, y cuánto cuesta?
 —Bueno, un amparo sólo te protegería por 60 días y te costaría siete mil pesos.
 Desilusionada, contesté:
 —¿Y de dónde se supone voy a pagar? Yo no tengo esa suma.
 —Okey, si te decides por favor búscame.
 Como si llevara pesadas cadenas fui a mi trabajo, sentía que todo mundo me miraba, ni siquiera podía
concentrarme y, como maldición, don Rafael y don Enrique se presentaron intempestivamente en mi oficina;
con risa sarcástica sentenció don Rafael:
 —¿Y qué, Almita, cómo le fue con lo de la auditoria?
 —Sí –dijo don Enrique–, chance y se merezca unas vacaciones en Acapulco, ¿verdad, Rafa?
 Me tragué la rabia y me limité a decir:
 —Lo único que sé es que en dos semanas vendrá el contador Olivares.
 —Bueno, hay que estar pendientes, vámonos, compa.
 Al regreso a casa le conté a mi madre lo sucedido. Mi madre tenía diabetes muy avanzada, temía por ella.
Pero cuando hablamos ella apretó mis manos y me dijo llorando amargamente:
 —Mi hijita, creo que sólo hay un camino.
 —¿Un camino?
 —Sí, que te tienes que ir. Irte de aquí, del pueblo, del país.
 La sola idea me horrorizaba.
 —¿Cómo? ¿A dónde? ¿Con qué dinero?
 —Hija, todo esto es una trampa y yo prefiero saberte lejos que en una prisión, y sobre todo cuando sé que
tú no eres culpable.
 Las dos nos abrazamos y nuestras lagrimas se fundieron en una, pero asustada le contesté:
 —¿Pero, mamá, que pasará con ustedes? ¿Y mis hijos? Además, usted está enferma.
 —No lo sé, hija, pero no hay otro camino.
 Ese día llegó mi cuñado Daniel de un viaje a Querétaro, y mi madre lo puso al tanto de todo. Él sugirió mi
salida a San Luis Potosí a casa de unas amistades suyas, eso mientras conseguían un préstamo para cruzar
la frontera.
 Y así hice. Una semana más tarde salí de casa con el corazón hecho pedazos, sin despedirme de mis hijos.
Esta experiencia fue la más dolorosa. Conforme el autobús se alejaba, más crecía mi ansiedad por volver,
estaba abandonado a mi familia aún en contra de mi voluntad, y con gran fervor pedí a Dios:
 —Protege, Señor, a mi madre y a mis hijos.
 Así, llegué a San Luis Potosí. Gente muy buena me tendió la mano. Una semana más tarde, llegó mi madre
con el dinero que serviría para el viaje a Tijuana y luego a los Estados Unidos.
 Mamá se regresó el mismo día, no sin antes darme su bendición. Así que a la siguiente mañana me fui para
Tijuana, el viaje duró tres días. Al llegar, me instalé en un pequeño hotel, con mucho miedo atranqué la
puerta con una silla; esa noche no pude dormir y a eso de las cinco de la mañana se escucharon las
Mañanitas a las Madres. Era 10 de mayo, un día muy especial, un día, en el que no pude abrazar a mi madre
y a mis hijos. ¡Dios, qué martirio! Así que al amanecer hablé con el encargado, para saber quién me podía
cruzar la frontera. Me comentó:
 —Aquí mismo, pero si quiere ir al mercado, está a dos cuadras de aquí.
 Fui al mercado donde, como moscas, te llegan los llamados coyotes. No es nada fácil hacer contacto con esa
clase de gente, pero esa misma noche ya estaba en un lugar al que sarcásticamente le llaman el Cerro de la
Libertad. Me di cuenta a qué libertad hacía referencia: es el lugar donde esa clase de gente, miserable y de
bajos instintos, cometen toda clase de aberraciones; violan a mujeres, hombres y niños; trafican con drogas;
trafican con jovencitas para luego venderlas a prostíbulos. Lo peor de todo es que toda esta clase de
crímenes quedan en la absoluta impunidad. ¿Saben por qué lo digo? Porque yo misma fui victima de uno de
esos miserables.
 Es muy doloroso para mí redactar todo lo ocurrido, pero justo ahí, en ese lugar, en la segunda noche de
intento por cruzar la frontera, el maldito y asqueroso coyote buscaba dinero en mis pocas pertenencias.
Luego comenzó a esculcar entre mis ropas, yo me resistí y le decía:
 —¿Qué busca? ¿Por qué se está portando así?
 El tipo se irritó y me golpeó la cara. Caí sobre los secos arbustos; se abalanzó sobre mí, tapándome la
boca, y me dijo:
 —Como no tengas dinero para pagar, aquí te dejo para que los Bajapollos* hagan contigo lo que les dé la
gana.
 Sus palabras me angustiaron más porque ya me había enterado de las actividades de ese grupo. De
pronto, el miserable coyote rasgó mis ropas y me violó. Sí... sí. Este asqueroso animal abusó de mí
físicamente. Pese a mis forcejeos, nadie me escuchó, nadie intervino para ayudarme. Porque el ayudante del
coyote, a propósito, alejó a la gente en medio de la obscura noche.
 Dios mío, qué asco, nunca me había sentido tan humillada, tan lastimada, quería morirme.
Afortunadamente, el dinero lo había escondido en el ruedo de mi pantalón y dentro de la suela de mis
zapatos. El muy canalla, luego de su fechoría, silbó a su compinche, luego, como si nada hubiese ocurrido,
cuando éste regresó le dijo:
 —Ya está, vámonos.
 Así, con gran amargura pero sin valor para retornar, continué mi pesada marcha porque, además, esa
noche corrimos como desesperados. Luego apareció un helicóptero y nos obligaron a meternos en un pozo
cubierto de pestilentes y nauseabundos plásticos, llenos de mosquitos; aún así, estuvimos en ese lugar casi
una hora.
 Por cierto que conocí a una chica de escasos 17 años, el coyote, de forma inesperada, la apartó del grupo,
pero poco antes de esto ella me había dado un papelito con una dirección, y me dijo:
 —Doña, si yo no logro pasar para ir a este lugar en Los Ángeles, espero que doña Carmen la ayude.
 Esa fue la ultima vez que la vi, no tuve oportunidad de saber su nombre, sólo supe que era de Michoacán,
pero siempre me he preguntado qué sería de ella. Eso nunca lo sabré.
 Por lo pronto, esa noche fueron inútiles los esfuerzos por pasar. Dos horas más tarde, Inmigración nos
acorraló con caballos y nos pusieron en camionetas que nos conducirían a los centros carcelarios al
amanecer; luego de tantas preguntas nos liberaron para el lado mexicano.
 Ese día el coyote nos llevó al mercado, éramos cuatro personas, nos repartió en mesas de una fonda para
esperarlo. Yo fui al baño y, con mucha cautela, saqué un poco de dinero para comprar desayuno, y una muda
de ropa; deseaba bañarme, me sentía sola y asqueada. La otra ropa desgarrada, la dejé en ese maldito
lugar. Por fin regresó, acompañado de otro hombre, y nos dijo:
 —Este amigo se encargará de ustedes cuatro, los otros cinco se quedan conmigo. Luego vi cómo el tipo
recibía dinero de manos del hombre recién llegado. Eso indicaba que nos había vendido.
 Este hombre nos llevó a una casa, me atreví a pedirle permiso para bañarme y cambiarme de ropa; para
cuando regresé me dijo:
 —Tú, ruca, ven acá.
 Sus palabras me molestaron pero, peor aún, me acomodaron con otro grupo, aduciendo que yo era
centroamericana y que me cobrarían 800 dólares. Con un poco de conocimientos sobre historia los convencí
de su error. Esa misma tarde nos llevaron a un lugar donde estaba estacionado un trailer. Hicieron un
recorrido y metieron a otras personas, estaba obscureciendo, me asusté cuando me dejaron por mucho rato
ahí encerrada. Además éramos unas 70 personas. Una anciana lloraba y decía:
 —Ay, muchachos, ya estoy muy vieja para esto, pero tengo doce años de no ver a mis hijos y no me quiero
morir sin verlos.
 Luego, una mujer con cuatro meses de embarazo también dijo:
 —Yo tengo familia en California. Hasta hace un mes yo era muy feliz, ahora ni siquiera sé si voy a sobrevivir
con mi bebé.
 Uno de ellos preguntó:
 —¿Y tu esposo?
 Ella respondió:
 —Un día fuimos a una fiesta, eran las dos de la mañana y un borracho lo atropelló, lo arrastró como seis
metros. Fabián está muerto.
 —Dicho esto, se cubrió la cara con ambas manos, llorando.
 Un muchacho de Guatemala nos dijo:
 —Hermanos, creo que debemos orar para que el Señor nos mire con misericordia.
 Por fin, el trailer se movió y, aunque era de noche, dentro del trailer se sentía un calor extremo, era el mes
de mayo, pero, a Dios gracias, este hombre nos trató con un poco más de compasión. Se apartó de la
carretera y nos abrió unos cinco minutos el trailer y nos ofreció  botellas de agua. Esa mañana llegamos a
otra casa, pero ya en Santa Ana, California, poco a poco, distribuyeron a la gente y, como yo les era útil en la
cocina, me dejaron casi al último.
 Ellos me ofrecieron trabajo en su casa, como cocinera, me mostraron una pequeña habitación en donde
supuestamente me podía instalar. Había armas en los autos y en la casa, así que me negué a aceptar. Ellos
nos insistieron y cuatro días después me mandaron en uno de sus autos a Los Ángeles, pero me dejaron en
el Este de la ciudad, luego llamé un taxi y me llevó a la dirección que me había dado la chica de Michoacán.
Era un viejo edificio y a un costado había una iglesia católica, San Gregorio se llamaba. Entré al edificio y
busqué a la señora Carmen, eran las nueve de la mañana. Como ella no estaba, me quedé en la entrada del
edificio un buen rato sin nada qué hacer. Pasó enfrente una mujer con cuatro niños y me miró, luego, con
cierta curiosidad me preguntó:
 —¿Usted está recién llegada, verdad?
 —Sí –le contesté.
 —¿De dónde viene?, ¿a quién busca?
 Yo contesté su interrogatorio y le dije a quién buscaba, luego agregó:
 —¿Ya comió?
 Le contesté que no. Sacó de su bolsa un dólar y con prisa se fue. Después, me fui a la iglesia, llorando
aclamé a Dios un poco de consuelo a mi corazón. Imploré por mi madre y mis hijos. No sé cuánto tiempo
estuve ahí, pero cuando regresé al edificio serían más de las dos de la tarde. Esta vez, me encontré con otra
mujer y le pregunté ¿qué podía comprar con ese dólar?
 —¡Oh! Pues venga, yo le puedo vender una sopa de bote. Sólo calentó agua, la puso en la sopa y me dijo:
 —Son 60 centavos. Por favor, vaya a comer su sopa afuera.
 Tenía hambre, no tenía dinero, no sabía a dónde ir, así que me quedé en la entrada del edificio, así me
dieron las siete de la noche. A la hora que dicha persona volvía fui, toqué la puerta y salió ella, doña Carmen.
Me miró con desprecio y dijo:
 —Sí, necesito a alguien en el restaurante, pero ni te conozco, ni te puedes quedar aquí. No sé, qué mañas
tengas.
 Yo, en medio de mi confusión contesté:
 —Señora, tengo hambre, déjeme quedarme aquí sólo esta noche.
 —No –contestó–. El esposo salió y le dijo:
 —Mujer, carajo, siquiera dale algo de comida.
 De mala gana me invitó a pasar, me sirvió caldo de pollo con vegetales, aún no terminaba de cenar, y
agregó:
 —¡Ah! y no creas que aquí todo es gratis. Cuando termines, lavas todos esos trastes, okey?
 Cuando apenas comenzaba a lavar los platos tocaron a la puerta, ella abrió y entró la mujer que me había
dado el dólar preguntando:
 —¿Dónde está la señora que estuvo buscándote?
 —Lavando platos, pa’ que pague lo que se tragó.
 Martha, que así se llama, se indignó.
 —Esta paisana recién llegó y no te importa. ¡Qué hija de la gran...!
 Se asomó a la cocina y me llamó:
 —Venga, señora, me la voy a llevar a mi casa.
 Así comenzó un nuevo capítulo en mi vida Me fui a vivir con esa familia de Honduras. Tenía tres niños, Rigo,
Wilbert y Manuelito. Don Manuel, el esposo de Martha, no se molestó con mi presencia; ahora tenía que
adaptarme a nuevas costumbres, a otra cultura y hasta a su forma de hablar. Por ejemplo, en vez de niños
dicen cipotes; en vez de caricaturas, pichinguitos.
 Faltaban los pasos a seguir. Como siempre, la principal barrera, el idioma. Pese a todo, esta familia me
ayudó a buscar trabajo, y aunque la ciudad me parecía muy grande poco a poco fui conociendo, y se fueron
dando las cosas. Conocí a otras personas, entre ellas Mirna, también mexicana, y su esposo salvadoreño
que tenían dos niñas. Aunque él las tenía en su país pues se estaba divorciando. Mirna trabajaba en un gran
hotel, pero estudiaba enfermería, nos hicimos amigas y le conté de mis problemas y mis constantes
pesadillas. Me comentó:
 —Véngase a vivir conmigo, me siento muy sola, y de paso le va a quedar cerca para ir al psicólogo. Es un
poco caro, pero él es mi amigo. Veré que le cobre lo justo.
 Y así lo hice, hablé con Martha, no hubo ninguna objeción.
 De modo que ya había trabajado de empleada doméstica, en restaurante y justo en 1988 comencé un
nuevo trabajo en los cementerios, como agente de ventas.
 En México mi madre enfrentaba graves conflictos porque mi hija Paty, que ya contaba con 18 años de edad
y que estaba a punto de terminar su carrera de enfermería, se encaprichó con el novio que tenía y se fue de
la casa con él; esta noticia me impactó muchísimo, porque veía realizados mis sueños en ella, porque hizo su
secundaria con mucho esfuerzo, con muchas necesidades, pero ahora ¿qué futuro le esperaba? ¿cómo sería
su vida después? Sí, yo conocía a esa familia y el muchacho gozaba de fama de ser un haragán.
 En 1989, en la empresa que yo trabajaba conocí a mi nueva pareja (era salvadoreño); pensé que merecía
una nueva oportunidad. Justo ese año la compañía nos mandó a abrir mercado en Tucson, Arizona. Fuimos
dos grupos, en total de 26 personas; me sentí bien porque al mercado sólo lo tratábamos, regularmente, en
español.
 Era 1990 y por la precaria salud de mi madre, mi hermana Antonia viajó a México y le pedí que trajera a mi
niño al regreso. Así lo hizo; tres semanas después mi Joel estaba frente a mí:
 —¡Qué grande, qué lindo estas! –le dije.
 Me miró asustado y me dijo:
 —Usted no es mi mamá, yo quiero regresar con mi abuelita.
 Pero poco a poco se fue calmando. Le mostré todo mi cariño, aunque en algunos momentos mostraba su
rebeldía, su enojo. Comprendí que se sentía fuera de lugar, de modo que lo inscribí en la escuela; y así
transcurría el tiempo en que me enteré que mi hija Paty había tenido un bebé, en enero de 1989. Estaba
preocupada por ella porque no hablaba conmigo; casi al año me enteré de la existencia de mi primer nieto.
 Para 1992 mi madre continuaba enferma. Otra vez mi hermana Antonia –que de hecho ya casi todos
estábamos aquí, en este país, menos Mariana y Samuel– se trajo a mi hija Graciela que ya tenía 16 años. De
modo que tuvimos inconvenientes, también de readaptación. Por cierto que ya no quería ir a la escuela, se
reveló en mi contra, pero al menos aceptó estudiar inglés. En ese mismo año me enteré que el esposo de mi
hija ya vivía en Nueva York y que mi hija se había reunido con él. Me tranquilicé un poco porque mis cinco
hermanas estaban y siguen viviendo en Nueva York.
 En diciembre de 1993 el gerente de los cementerios, el señor Spencer, habló con nuestros jefes. Debíamos
ir, mis compañeros y yo, a firmar los nuevos contratos de trabajo, pero su secretaria, que era hispana, llamó
a mi jefa y le dijo:
 —Señora Portillo, mañana no mande a sus muchachos a firmar nada. Es una trampa porque mi jefe citó a
agentes de inmigración y aquí los van a esperar.
 Justo así fue. A la siguiente mañana, vigilamos y era verdad: a las 10:30 llegaron dos camionetas de
inmigración.
 De modo que cuando el gerente general de Los Ángeles se enteró de lo sucedido intervino muy molesto
porque él conocía de nuestro estado legal. Pero fue hasta enero de 1994 cuando finalmente rompieron
contrato con dicha empresa y nos regresaron a Los Ángeles. Vino otra época difícil porque ahora vivían mis
dos hijos con José, mi pareja, y yo, pero sin suficiente dinero como para rentar un departamento. Acudí a mi
amiga Mirna y nos permitió quedarnos en su casa temporalmente. Mi hija Graciela pronto consiguió trabajo
cuidando a una niña. Pero se venía algo muy grave porque mi hermana Mariana llamó informando que mi
madre se había puesto mal. Llamé a mis otras hermanas a Nueva York. Dijeron estar enteradas; fue
entonces que mi hija Paty comenzó a tener  comunicación conmigo. Me enteró que ya había una niña más y
un embarazo de cinco meses. Pero no parecía muy feliz; me lo decía su voz.
 Además de todo esto, localicé a mi amiga Martha, sus hijos ya no eran unos niños, y tanto ella como su
familia se alegraron de verme y conocieron a mis hijos.
 Era el mes de febrero cuando me informaron que mi madre se había agravado.
 Traté de conseguir dinero pero no fue fácil. Mi hija Graciela logró que su patrona le prestara, y se fue antes
que yo. Pero mi hermana Amparo me comunicó que mi cuñado Daniel ya tenía mi boleto de avión. Así, con
todo el dolor de mi corazón dejé a mi Joel con la mamá de Martha, y también se encargaría José de llevar al
niño a la escuela. El vuelo salió a las dos de la tarde, hacia México el 2 de marzo de 1994. Luego viajé a
Puebla al Hospital San José dónde mi madre estaba internada, pero en el trayecto del vuelo sentí una
inusitada desesperación, sentí que algo pasaba; al fin aterrizamos.
 Cuando me acomodé en el autobús deseaba llegar cuanto antes. Mis labios los sentía resecos. Así que
cuando llegué a Puebla tomé un taxi, y cuando bajé más que correr deseaba volar para ver a mi madre. Eran
las 8:40 de la noche y cuando fui a información me informó la enfermera, con la mayor frialdad:
 —La señora Emelia Álvarez falleció a las tres de la tarde y su cadáver fue entregado a su hijo Samuel Rivas.
 Cuando escuché esto me quedé paralizada por la impactante noticia, luego salí corriendo. Lloraba, lloraba
sin
consuelo. Así que busqué en la central de autobuses cómo ir a Matamoros, y luego mejor un taxi para mi
pueblo y hasta pensé, creo que la enfermera me mintió, mi mami tiene que estar bien.
 Pero cuando llegué a casa había gente en la calle y me cubrí la boca para no gritar de angustia, y corrí al
interior de la casa. Ahí, en medio de la sala, estaba el féretro donde descansaba mi madre.
 El dolor se apoderó de mí, sentía que mi corazón se rompía en mil pedazos porque no pude hablar con ella,
ya no escucharía su voz. No pude pedirle perdón por no estar a su lado; no pude decirle cuánto, cuánto la
amaba. Abracé el féretro donde ella al fin descansaba, al menos pude besar su fría frente. La miré. Su rostro
mostraba gran serenidad. Y le hablé al oído muy quedo.
 —Mami, nunca olvidaré tus enseñanzas ni tus sacrificios, pero sobre todo, nunca olvidaré el valor con el que
nos enseñaste a enfrentar la vida. Descansa en paz, mamita. Descansa en paz.
 Todos sufrimos su ausencia, aquel vacío en la casa, su ropa, su perfume, sus cosas.
 Así transcurrió el funeral, la misa a la que acudieron numerosas amistades que ella tenía. Luego la
sepultura, los abrazos de condolencia y el final donde la familia se queda sola. Pasaron los nueve días (del
novenario) hasta que llegó el momento de la despedida. Nuestro regreso a los Estados Unidos y, por
supuesto, la familia que se quedaría como siempre.
 Antes de continuar, hay un dato que quisiera mencionar: el fallecimiento de mi madre ocurrió justo el día
que mi hijo Joel cumple años.
 Bueno, pues antes de salir de casa, nos reunimos para hablar de la situación monetaria. Sobre todo porque
ninguna de nosotras tenía papeles, salvo Liliana. Mi hermana Eliza no tenía papeles pero ella se quedaría
una semana más. Además, por el viaje mi hermana Marcela se traería a sus tres hijos, Ana de catorce, Leo
de doce y Mario de diez años. En total el grupo era de ocho, incluyendo a mi hija Graciela. Gracias a Dios dejé
algunas amistades en Tucson, pues el plan era llegar a casa de Mercedes. Por ser un grupo tan numeroso el
caso fue que no había dinero para pagar coyote, aunque yo conocía el lugar. Cuando me trajeron a mi hijo y
a mi hija Graciela decidí pasarlos yo misma por el lado de Nogales. Los nervios me hacían sudar, pero
teníamos que intentar. Los hombres de inmigración estaban ahí, pasamos frente a ellos pero aún faltaba
llegar a la calle principal. Mis hermanas lograron saltar una barda con alambrado, pero yo no lo conseguí, les
pedí que se metieran unas en una tienda, otras en un Burger King. Así que me sequé el sudor, respiré
profundo, pensé en mi madre y pasé justo junto a ellos, sentados dos dentro del auto y uno afuera de él.
 Los saludé con familiaridad como si los conociera y así lo logré. Nos reunimos, investigué si había algún
retén, por lo que no se podía viajar en autobús. Miré una minivan, el conductor preguntó:
 —¿A Tucson?
 —Sí –le contesté. Con sonrisa amable dijo:
 —Los llevaré por la carretera vieja, ¿de acuerdo?
 El hombre se dio cuenta de nuestra situación pero nos ayudó. Llegamos a Tucson, llamé a Mercedes, mi
cuñado Daniel ya estaba esperando. Él había rentado un auto y se sorprendió de lo rápido que fue todo. Así
que esa noche ellos regresaron a Nueva York y mi hija Graciela y yo en un vuelo de avión que mi cuñado nos
pagó.
 Llegamos a Los Ángeles a las nueve de la noche. Llamé a la mamá de Martha y le dije de nuestro regreso.
Al entrar a casa Joel me abrazó, nos abrazamos los tres, mis dos hijos y yo. El niño ya tenía nueve añitos,
me preguntó:
 —¿Mamá, es verdad que mi abuelita se murió? –Mi hija adelantó la respuesta, dijo– Sí. El niño volvió a
preguntar:
 —¿Murió en mi cumpleaños?
 —Sí, hijo, sí –lo abracé fuerte porque él dijo entonces:
 —Yo tengo la culpa ¿Por qué en el cumpleaños?
 Hablé con él, no había, no hay ninguna culpa. Fue la voluntad de Dios o el destino –No te culpes, le dije.
 Continuar con la vida no es nada fácil cuando se pierde a un ser querido, pero este ser querido era mi
madre, la que con su inmenso amor nos motivó, la que con su fortaleza y su gran valor nos enseñó a ser
fuertes, de modo que nos reincorporamos a nuestra vida diaria, como ella lo hubiera hecho. Y poco a poco
todo volvía a la normalidad. Pero acudían a mi mente los momentos en que frente al féretro de mi madre
prometí unirme a la familia en Nueva York.
 Ahí, en Los Ángeles, realmente sólo teníamos algunas amistades. Creí que mis hijos tenían derecho de
reencontrarse con la familia, de  conocer a sus otros parientes, otro lugar, donde tal vez estarían mejor.
 Así que, aunque ya teníamos nuestro departamento y un carrito, tomamos la decisión de irnos de Los
Ángeles a Nueva York. Me puse en contacto con mi familia y mi hija Paty. De nuestros planes, mi hija no lo
podía creer, fueron muchos años de separación.
 Agosto 28 de 1995 fue la fecha en que llegamos a esta ciudad, temporalmente nos instalamos en el
departamento de mi hija, así conocí a mis nietos. En realidad yo no tenía ni siquiera una foto de ellos, me
sentí feliz de conocerlos, besarlos, abrazarlos. Armandito tenía seis años, Mónica cuatro y Cindy, la bebé,
sólo tenía tres meses. Realmente me parecieron preciosos, luego continuamos con los reencuentros con el
resto de la familia, con el resto de los sobrinos, todo me pareció maravilloso, pero había que buscar trabajo,
un lugar dónde vivir y la escuela de mi hijo.
 Enfrentamos nuevas dificultades, pero sobre todo conocí de cerca los problemas de Paty, que han sido y
son graves, la violencia doméstica, el abuso de un esposo al que no le gusta trabajar.
 Ella estuvo mucho tiempo sometida a esta clase de abusos, actualmente creo que su vida está cambiando.
 Pero volviendo al tema, les diré que de este reencuentro familiar llegaron nuevas experiencias.
Celebraciones, en especial las navideñas.
 Sinceramente, esto ha sido significativo en mi vida, porque algunos cambios se presentaron, en especial la
separación de mi pareja que se hizo adicto al alcohol. Su carácter cambió mucho conmigo, se dejó llevar
quizá por la depresión de estar tan lejos de su familia y años de no verlos.

Enero, 1999
Inicié otra etapa de mi vida, pero el tiempo continuó, conseguí trabajo en la limpieza de departamentos.
 Pero confieso que, además de esta separación, vinieron otras situaciones, otros problemas, pero que en la
vida se resuelven si se enfrentan. Fue hasta el año 2004 que mi hermana Eliza y Rubén, su esposo, me
llamaron de su casa con cierta urgencia, intrigada fui para saber de qué se trataba.
 Rubén se acercó y me dijo:
 —Cuñada, ayer fuimos al campo deportivo y unos tipos estaban tomando. Nosotros estábamos cerca de
ellos y escuchamos todo. Ahora sabemos toda la verdad.
 —¿Cuál verdad? –dije.
 —Que ya sabemos quiénes efectuaron los robos y quién estuvo detrás de todo esto.
 Mi hermana intervino diciendo:
 —Sí, Alma, ahora sí puedes denunciarlos porque sabemos incluso sus nombres; ellos no me conocen, ni
siquiera saben que somos hermanas, es más, como estaban un poco tomados ni siquiera se percataron de
nosotros.
 Con toda rabia contenida en mi corazón le contesté:
 —¿Me estas sugiriendo que vaya a México, sin papeles, sin suficiente dinero, para abrir un caso en la corte?
¿Y si lo hiciera, de qué serviría, eh? ¿Esto le va a devolver la vida a nuestra madre, que sufrió tanto, que se
angustió inútilmente por culpa de estos bastardos que nos robaron la tranquilidad, nuestra dignidad? ¿Crees
que esto le devolverá la paz a mi corazón, me hará recuperar los años perdidos, el amor y la protección de la
que carecieron mis hijos?
 Con palabras suaves contestó mi hermana:
 —No, pero se puede hacer justicia.
 —¿Justicia? –dije yo–. Justicia, que dejo en manos de Dios. Además, como dijo alguien: “soldado que huye
sirve para otra batalla”.
 Sólo digo que si gente perversa y sin ninguna clase de buenos sentimientos no se hubiera metido en
nuestras vidas, si todo esto no hubiese ocurrido jamás, jamás hubiera pensado en venir a este país, porque
éste no era mi sueño.
 Pero aprendí, aprendí a vivir este sueño equivocado. Así que tratemos de seguir viviendo en este país que
hemos adoptado como el nuestro.

* Los Bajapollos son una pandilla del lado americano, en esos tiempos usaban motocicletas y perseguían a la gente para
robarla, violarla y hasta se hablaba de asesinatos, comunes en esa zona.
A nuestro querido lector.
Esta historia es totalmente real.
Sólo los nombres de los protagonistas
fueron cambiados para su protección.
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