BARRIOZONA
Más adelante Dios dirá
Martha Elena Nava Tablada (Petla)
Categoría 21 años y más, México
historias de
MIGRANTES
MÉXICO-ESTADOS UNIDOS
PRIMER CONCURSO
Consejo Nacional de Población
Mi nombre es Nicolás, nací en Petlalcingo, Puebla. Soy el séptimo hijo, pero en total somos doce
hermanos, siete hombres y cinco mujeres. El único que vive es mi papá, que ya está muy enfermo y casi no
puede caminar. Mi mamá tiene algunos años que murió. De chico ayudaba a papá en el campo junto con mis
hermanos. Fui a la primaria en Petlalcingo y estuve hasta la secundaria, pero no la acabé. Me salí antes de
terminar y me fui cinco años a trabajar a México, D.F., donde estuve en un rastro de puercos, pero no había
buen sueldo, no había futuro, ni progreso. Nomás ganaba para vivir y así ni pensar en juntar para hacerte tu
casa o comprarte ropa buena. Nada de eso.

Ahí me la pasé bien mal, por eso sólo duré siete meses y me cambié a trabajar en una ferretería, pero tampoco
me gustó porque no progresaba, aún así estuve tres años. Después, mejor regresé al pueblo donde permanecí
dos años ayudando a mi papá en el campo, pero tampoco sacaba casi nada de dinero, menos que somos
muchos hermanos y aunque no todos están en el pueblo, pues de dónde iba a sacar mi papá para
mantenernos.

Mi hermano Rafa fue el primero en irse a Estados Unidos, a Nueva York. Como mandaba su dinero para el
pueblo, me daba cuenta que sí rendía, que estaba ganando bien. Así que vi la forma de irme para el norte. Rafa
me ayudó y puso todo el dinero para que  pudiera pasar la frontera. Además, llegué a su casa, me apoyó para
con seguir trabajo y me echó la mano en todo. Tuve suerte porque allá estaba mi hermano, pero cuando la
gente se va sola y sin conocer a nadie, realmente sufre.

En ese entonces no salía tan caro el viaje. Ahora está caro, yo creo que en dinero mexicano gastas de menos
unos diez mil pesos. Porque tienes que comprar boleto de aquí a Nogales o Tijuana, la parte donde creas que
vas a pasar. Ahí se busca al coyote, que te cobra otra buena lana, por eso te sale más económico que te vayas
solo, pero es más riesgoso. Además, es mejor pagarle al coyote hasta que estás del otro lado, le das el dinero
desde acá sólo si es conocido. Yo, por ejemplo, he pasado varias veces, pero no llevo dinero, ni le doy nada al
coyote hasta que estoy en Arizona, desde ahí le mando a pedir a mi hermano dólares para el coyote, y un
poquito más por cualquier imprevisto.

Muchos que se han ido del pueblo han fracasado, porque se llevan todo su dinero para pagar en la frontera y
algunos coyotes los engañan. Porque si das el dinero al coyote por adelantado, después puede hacerse el
perdedizo y cómo lo encuentras. A muchos les ha pasado así, se quedan sin dinero en la frontera y luego
tienen que trabajar en la línea para juntar, aunque sea para regresar a su pueblo, porque para pasar del otro
lado, ¡ni en un año ganas el dinero!

La primera vez que crucé, de Petlalcingo viajé a México y de ahí tomé un autobús a la frontera, donde estuve
un día, mientras hacía contacto con el coyote. Hecho el contacto, se intenta la pasada en la noche. Hay varias
formas de pasar, pero la más barata y por la que me fui, es cruzar a pie por los lugares donde no hay mucha
vigilancia ni de México ni de Estados Unidos. Por donde pasamos no se atraviesa el Río Bravo, sólo hay
pequeños barrancos secos. Cada pollero es como el guía, lleva un grupo desde cinco personas (porque no les
conviene llevar menos) y máximo unas quince. El tramo que se camina varía porque depende del lugar donde
los polleros tienen sus puestos de operación. En mi caso no caminé mucho, como unos cinco kilómetros.

Primero hay que esquivar la vigilancia americana, que está en la línea, y luego correr hasta el pueblo más
cercano, donde los coyotes tienen sus contactos, personas de ese pueblito que les prestan un garaje o una
casa, ahí te esconden por unas horas o una noche para que no te encuentren los policías de la migra. Los
coyotes procuran pasarnos rápido y guardarnos en un cuarto o una casa, y ahí termina el trabajo de la persona
que te ayuda a cruzar, luego nos reciben otros y después otros, y otros, hasta que entrega la última persona
(que es la que cobra) en el lugar final (son así como cadenas de coyotes). Hay tramos que te llevan en coche en
la cajuela, amontonados como guajolotes y pues sí se sufre, pero uno se aguanta con la esperanza de tener
una vida mejor del otro lado.

Yo he regresado varias veces a México, pero para volver no hay problema, aunque se tienen que pagar los
impuestos sobre dinero o aparatos electrónicos que se traigan al país. Las otras veces que entré a Estados
Unidos ya no se me dificultó, el problema es nada más la primera vez, porque no sabe uno cómo debe
conducirse, las demás veces ya se tiene experiencia de cómo hacerle en los pasos, las carreras y no cometer
los errores de la primera vez.

Ahora, como ya me sé el camino, paso sin coyote. Sólo una vez me agarró la migra en la pasada. Casi siempre
te atrapan en la corrida o escondido en el campo y te advierten que no trates de escapar. Ya detenido, te
registran para asegurarse de que no traes armas, te suben a la patrulla (que algunos le dicen la perrera) y te
llevan a la cárcel. Ahí haces una declaración, te preguntan tu nombre y de dónde eres, aunque ni sé para qué,
porque todo mundo siempre contesta mentiras: se ponen otro nombre y dicen cualquier lugar que se les ocurra.

Dependiendo de la cantidad de gente que tengan en la cárcel (casi siempre tienen muchos detenidos y muchos
por agarrar) estás ahí unas tres o cuatro horas y te regresan a México. La vez que me agarraron no me
maltrataron, pero en ocasiones sí golpean a la gente cuando al detenerlos quieren escaparse, se echan a
correr o se ponen violentos. Antes de conocer cómo está la movida de la pasada en la frontera me daba un
poco de pendiente, porque uno se imagina que es como en las películas, que los guardias de la migra te
disparan para matarte y cosas así, pero ya conociendo, uno sabe que si te agarran, pues hay que dejarse y ya.
Esa ocasión, no tuve problemas porque di otro nombre, y como agarran tanta gente y en ese tiempo no tenían
registro de fotografías o de huellas, pues no se dan cuenta si varias veces atrapan al mismo. Además, no se
dan abasto para detener a todos los que intentan cruzar. En una noche llegan y salen camiones repletos de
gente que quiere pasar la frontera, sobre todo en fin de semana; y aún los que agarran, lo vuelven a intentar
hasta que logran llegar del otro lado. Yo, por ejemplo, después que me soltaron, esperé un rato y esa misma
madrugada volví a intentarlo y logré cruzar.

Detrás de mí se fue mi hermano Epifanio, que se llevó a su familia; también otros dos de mis brothers
estuvieron un tiempo, pero casi ni trabajaron, más que nada fueron de visita, a probar qué tal estaba por allá,
y como no la hicieron se regresaron. El último en irse fue el más chico de los varones. Mis hermanas nunca se
animaron porque para las mujeres es más peligrosa y difícil la pasada, no aguantan tanto como uno, además,
sale más caro para una mujer porque hay que cruzar por las rutas más fáciles y seguras, que por supuesto son
en las que más dólares cobran.

Recién que llegué viví un tiempo con Rafa, después, cuando se fue Epifanio, me pasé a vivir con él y ya más
recientemente vivo solo. Allá no me quejo de nada, gracias a Dios estoy bien. Me fui del pueblo porque no había
ningún futuro para mí. Si me hubiera quedado, no tuviera esta casa, porque aunque es de mi papá (mi casa
apenas la voy a construir), la hicimos mis hermanos y yo con los dólares que mandamos del norte. Yo también
estoy por empezar a construir mi casa, ya tengo el material y el dinero para comenzar, pero si varios de la
familia no estuviéramos en Nueva York no tendríamos nada. Aquí en México, por muy ahorrativo que seas,
cuesta mucho lograr algo, apenas te alcanza para comer; si uno quiere comprarse buena ropa, salir a pasear o
hacerse una casa, pues está canijo lograrlo, no se puede por mas que uno luche, es casi imposible.

En Nueva York hay mucho paisano y se vive bien, lo único duro es el idioma, porque no en todos lados la gente
habla español. Yo les he platicado eso a los muchachos del pueblo que después se han animado a irse para
allá. Les digo que el principal problema para los mexicanos que se van a trabajar a Estados Unidos es no saber
el idioma, porque hasta pueden tener papeles legales, pero si no hablan inglés es una desventaja más grande
que no tener papeles; es preferible hablar inglés y no tener papeles que tener papeles y no hablar inglés. La
discriminación yo la sufrí de recién llegado, porque los gringos te hablan y no les entiendes, entonces te ven
como si fueras gente que no razona, sólo porque no hablas como ellos y eres nuevo en el país. El primer año
que estuve en Nueva York la pasé muy difícil. Mi primer trabajo fue de lavaplatos en un restaurante que se
llama Magic Place; por lo general muchos de los que se van para allá empiezan como lavaplatos.

Trabajé de lavaplatos los primeros dos o tres meses pero, la verdad, al principio andaba arrepentido de
haberme ido, hasta llorando estaba porque no entendía nada del inglés. Uno cuando recién llega, oyes que te
están hablando y a fuerza tienes que tener un traductor porque no captas nada. Me acuerdo que una vez un
muchacho de Guatemala que trabajaba en el restaurante y era buena gente, me encontró llorando porque
había un capataz (manager, como le dicen allá) que me estaba gritando, que hiciera no sé qué, y yo no le
entendía, hasta que me lo tradujeron, y pues me dio una maltratada. Esa vez le dije al guatemalteco: —Me
regreso para México, porque aquí no les entiendo nada de lo que hablan.

Pero yo creo que el poder de Dios es muy grande, me mandó fuerzas para seguir trabajando. Además, el
guatemalteco me dio un consejo (porque a él también lo habían maltratado mucho cuando recién llegó), me
dijo: —Agarra el diccionario y ponte a estudiar, primero las palabras más fáciles, las que usas, por ejemplo:
plato, tenedor, vaso, eso es lo que te piden las meseras; empieza con lo más necesario, lo más común. Y
agarré un diccionario que tenía mi hermano Rafa y me puse a estudiar lo más fácil, aunque después me volví
bien curioso porque oía en el tren cualquier palabra y la escribía, luego que llegaba al restaurante, le
preguntaba al guatemalteco, qué quiere decir esto, y como él llevaba casi un año en Nueva York ya entendía
más o menos y me decía, pues quiere decir tal cosa. Y también le preguntaba cómo se pronuncia, porque las
palabras no se dicen como están escritas, o a veces una palabra significa muchas cosas y hay que decirlas
cuando es debido, no nomás porque sí.

Después, tanto el guatemalteco como mi hermano me aconsejaron que, como mi horario de trabajo era de once
de la mañana a nueve de la noche, me inscribiera temprano en la escuela para aprender inglés. En ese tiempo
estuve estudiando como tres meses y pagaba cien dólares al mes; era barato, sobre todo porque ganaba bien.
Desde el principio tuve mucha suerte. En mi primer trabajo empecé ganando 250 dólares a la semana, en ese
tiempo era mucho para mí. Y como me metí a la escuela,aprendí un poco de inglés y empecé a subir en el
trabajo, porque vieron que le echaba ganas y ya entendía más el idioma. Sobre todo eso de ir a la escuela fue
lo que me ayudó mucho, porque en el restaurante ni quien te hablara español, pura mesera gringa; los dueños
eran irlandeses, y pues también son de habla inglesa.

Para entonces me subieron a sandwichero y ganaba más. Así estuve dos años, pero me vine para el pueblo de
vacaciones a ver a mi familia a finales del 92, la primera vez que vine fue en Todosantos, me acuerdo. Entonces
ese trabajo se lo dejé a otro muchacho que era mi paisano del mismo pueblo.

Estuve en Petlalcingo un tiempo y después regresé a Nueva York, pero no al mismo trabajo porque se me hizo
feo quitarle el empleo a ese muchacho que dejé en mi lugar, así que le dije: —Quédate con la chamba. Yo fui a
buscar otro sitio para trabajar y, como ya le agarraba un poco al inglés, no se me hacía tan difícil contestarles
cuando me preguntaban qué sabía hacer, además ya tenía experiencia en el trabajo de restaurante. Encontré
empleo en otro restaurante, haciendo ensaladas y sandwiches. Ahorita tengo 32 años, todavía estoy soltero,
ya llevo como ocho años trabando y viviendo en Nueva York. Al pueblo nomás vengo de vacaciones cada uno o
dos años, a ver a mi papá y mis hermanos. Trabajo en un restaurante llamado Fireside, no me va tan mal
porque gano unos quinientos dólares a la semana, que serían casi cinco mil pesos mexicanos semanales,
¿quién va a ganar eso en el pueblo?, aquí, por Dios, que está duro. Yo me doy cuenta cuando vengo que la
situación en México está jodida; por ejemplo, mis hermanos que están en Petlalcingo, a veces se van a trabajar
de albañiles y sólo sacan unos 35 o 40 pesos al día, y eso que la albañilería es un trabajo pesado. Por eso yo
no me quedo.  
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Expresión Bilingüe de la Comunidad
Publicada por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales