Indocumentados en Estados Unidos: Productos reciclados

Phoenix, Arizona - Miles de ciudadanos estadounidenses celebran la
derrota de la lucha por una traqueteada y quimérica reforma
migratoria como un triunfo a sus ideales patriotas. Aplauden la
decisión de mantener a todo un pueblo de millones de habitantes en
la ilegalidad que cargan en sus mochilas desde que cruzaron —ayer
o hace veinte años— la frontera sin papeles.
Quizás muchos, con su aplauso, piensan que la situación de la
inmigración indocumentada ahora sí va a remediarse, y que cerrando
la puerta a una opción de repararla va a soslayarse la presencia de
lo que se estima, conservadoramente, son más de 12 millones de
gente que no tiene papeles (más lo que se acumule esta semana).
Si lector, mientras usted lee en la pantalla del monitor de la
computadora estas palabras, en la zozobra y la clandestinidad de la
herida territorial que mal llamamos frontera, se escabullen decenas,
cientos de inmigrantes con la expectativa de infiltrase en la economía
norteamericana que atrae como un imán la pobreza latinoamericana.
Exactamente como muchos de los que ya están conectados a las
ubres de la vaca que alimenta con dólares a millones en este país y
en muchos otros. El dólar así se desparrama, traducido en monedas
nativas que llevan alivio momentáneo a comarcas famélicas, áridas
de bonanza.
Mientras usted continúa leyendo, millones —m-i-l-l-o-n-e-s— de
trabajadores, hombres y mujeres, se levantan con diligencia a
trabajar, sí, sin papeles, en todo tipo de trabajos buenos, malos y
peores. Excepto en raras ocasiones, la gran mayoría son diestros y
leales obreros que con orgullo desempeñan sus labores.
Viven, además, con la incertidumbre de que cualquier día las
autoridades migratorias los cerquen en sus lugares de empleo, y
salgan por la puerta de su lugar de trabajo por la que entraron con
las manos esposadas, rumbo a un centro de detención, y luego, a
ser deportados, o sacados “voluntariamente”, y vueltos de nuevo a
su patria, a la que casi siempre encuentran peor de como la dejaron.
Los que se regocijan que estos “ilegales” sigan viviendo así, poco
entienden más allá de su cerrazón y de su ingenuidad. Sueñan —
sueñan de verdad— con un Estados Unidos sin indocumentados, sin
gente que trabaje enfrente de sus mismas narices sin un documento
que se los autorice.
Algunos, no todos, son racistas incurables que hoy escupen al
inmigrante Latinoamericano el odio y desprecio que ayer salivaban
contra el ciudadano Negro. Otros son compasivos pero dicen, y
afirman que así se debe mantener, que este país es un país de
leyes, que el indocumentado, con el simple acto de cruzar sin visa ni
permiso, ya infringió quién sabe cuántas leyes, y que a todos se les
debe deportar.
Desde el punto de vista mercantil e inhospitalario, el inmigrante es
un producto en la poderosa infraestructura socioeconómica
estadounidense; producto barato, producto módico, producto
rebajado, producto asequible y producto de ocasión. Producto en la
línea de ensamblaje que cumple un propósito básico de oferta y de
demanda, y que operacionalmente encaja en un plan estratégico de
bajo costo y amplia ganancia.
El trabajador al que se le restringe de los básicos, fundamentales e
inherentes derechos laborales, es un obrero esclavizado sujeto a
bajos salarios, a nulos beneficios, y a la fragilidad de su
empleabilidad. Un producto sujeto al abuso, al despido, a la
amenaza y al condicionamiento. Un producto reemplazable y
desechable, al fin, es el obrero, la trabajadora doméstica, el albañil,
el carnicero, la niñera, el jardinero, la ensambladora, la preparadora
de comida, todos y todas quienes viven en la orilla de un precipicio
laboral, con el temor de ser despedidos, acosadas sexualmente,
robados de su paga, y detectados por “la migra” y retachados como
criminales de donde vinieron.
Pero es el inmigrante indocumentado, además de un producto al que
se le paga poco y se le exprime mucho, también un gran consumidor.
El inmigrante con o sin papeles compra carros, y la gasolina y
refacciones para moverlos. El indocumentado compra comida,
vestido, renta casas y departamentos. Consume productos —
productos como él y ella mismos— de toda clase y tipo, asistiendo a
festivales donde, no podía faltar, la diversión, la música y el baile; la
industria del entretenimiento que devora fácil e insaciablemente el
dinero ganado por ellos difícil y extenuadamente. Por tanto, muchos
ven al inmigrante como un producto de consumo que consume,
consume y consume, y que de tanto consumir productos termina
siendo un producto consumido.
Materia prima es, desde luego, también el inmigrante en el perverso
mercado negro del tráfico de indocumentados. Producto de consumo
para el traficante de seres humanos es el caminante de México y
Latinoamérica. Ambos, traficante e inmigrante, se apalabran y se
enfrascan a lo largo de la frontera en tratos infames y deshumanos,
donde la dignidad humana se cambia por un cruce fronterizo, el
honor por un pase al otro lado, y la vida por un sueño-pesadilla.
Paisanos o no, hombres o mujeres, niños o ancianos, todos pasan
por la “ética profesional” del “coyote” fronterizo, quien con su
altamente desarrollado sentido del olfato detecta a su presa, que a
veces devora cual carroña. El ser humano comienza a dejar de serlo
cuando en los ojos voraces de un “coyote” se convierte en un
producto de mercado, mercado negro, mercado violento, mercado de
seres humanos.
Y así es que, mientras usted termina de leer estas palabras,
paciente lector, muchos ciudadanos estadounidenses “celebran” su
propia penitencia de seguir permitiendo que estos millones de
personas sigan en sus medios sin papeles, sin licencias de manejo,
sin identificaciones oficiales. Continúan aplaudiendo las intensas y
diarias deportaciones de indocumentados, sin ponerse a contar que
en similar proporción como los sacan, así entran de nuevo, unos
estrenándose como novicios inmigrantes, y otros ufanándose de ser
veteranos del cruce fronterizo.
Quienes vivimos la dicotomía y la doble moral de un país evidenciado,
sabemos que el inmigrante es bienvenido, soslayado, tolerado,
usado, abusado, explotado, siempre y cuando no quiera dejar de ser
ese producto del capitalismo que ruge y exige mano de obra barata.
Mientras no se crea un ser humano con derechos, libertades y
garantías, el inmigrante indocumentado no pasará de moda, aunque
no sea más que un producto reciclado.
Por Eduardo Barraza Junio 30, 2007
El trabajador al que se le restringe
de los básicos, fundamentales e
inherentes derechos laborales, es
un obrero esclavizado sujeto a
bajos salarios, a nulos beneficios, y
a la fragilidad de su empleabilidad.
Foto por Eduardo Barraza | Barriozona
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