Inmigración, La Ley de la Hipocresía
Por Eduardo Barraza | Comentario Social
Phoenix, Arizona. Septiembre 8, 2007 - En cada nueva generación recae la responsabilidad de —si no
estudiar— cuando menos enterarse del contexto socio-histórico en el que les tocó vivir a sus
antecesores. De no hacerlo, el riesgo es tener que “reinventar la rueda” de nuestro papel en las
sociedades en que nacemos, nos desenvolvemos y nos desvanecemos. A los jóvenes, en particular, les
es —si de entender su realidad actual se trata— obligatorio informarse acerca de qué factores previos
dieron a luz la situación presente, cualquiera que esta sea.
En el choteadísimo y mal entendido tema de la inmigración indocumentada en Estados Unidos —y hemos
de aclarar, inmigración discriminatoriamente atribuida solamente a personas provenientes de
Latinoamérica, cuando en realidad hay inmigrantes sin papeles de muchas otras partes de la aldea
global— la necesidad de entender las fuerzas sociales, políticas, económicas y culturales que formaron la
bola de fuego que es hoy este tema, resulta fundamental, esencial e inapelable. De lo contrario, nos
veremos desorientados y terminaremos siendo parte del ridículo, escandaloso y disparatado discurso
migratorio que se respira y transpira actualmente en Estados Unidos.
Sin caer en silogismos innecesarios, pues usted lector que se toma el tiempo de leernos merece respeto,
me limitaré a seguir el título de esta columna, el cual es precisamente el de la hipocresía, el de la doble
moral que ha caracterizado a este país en relación a los inmigrantes a través de su historia. Esta se
basa en la aplicación estricta de la ley cuando no les conviene, y en ignorarla, cuando les acomoda. Si la
ley de la hipocresía —permítaseme usar este término de “fabricación casera”— no fuera la norma con que
las autoridades norteamericanas han virado el timón laboral a su antojo, los que se calculan son 12
millones de personas sin estatus legal jamás hubieran pasado de ser cientos o unos miles.
Esta multitudinaria cifra representa, demográficamente, a todo un pueblo de seres humanos, de familias,
y a una fuerza laboral que no apareció de la noche a la mañana ni sin el disimulo convenenciero de una
sociedad que primero les exprimió, les explotó, les empleó, les pagó la cantidad que se les dio la gana, o
ni les pagó, por su esforzado trabajo. Y después, cuando esta multitud ha dado a luz una nueva
generación de ciudadanos nacidos en este país, y los miembros de este grupo han emergido y
penetrado la educación, la economía, la política, y transformado la cultura, ahora quieren aplicar la ley
para evitar lo inevitable, que es una revolución poblacional y étnica que literalmente está dándole, desde
hace ya varios años, un nuevo semblante y una nueva fisonomía a esta nación.
Usando la ley de la hipocresía, políticos, empleadores, explotadores y comerciantes han quebrantado las
leyes también. Leyes laborales, particularmente, las cuales ignoraron para permitir que una mano de
obra clandestina ensanchara sus cuentas bancarias corporativas. Leyes de las que se hicieron los
disimulados para aumentar las ganancias, y tener a su disposición a una muchedumbre de buenos
trabajadores baratos y de fieles consumidores. La ley de la hipocresía es una ley esencialmente
económica que mantiene un status quo de riqueza y de servidumbre. Y nuestra raza de manos curtidas y
trabajo duro ha sido vilmente usada para esos fines.
Pero ahora las cosas han cambiado. El pueblo inmigrante sin documentos legales se ha levantado y ha
protestado precisamente porque ya se cansó de ese juego inescrupuloso de la doble moral de un país
que quiere mantener el estatus social de servidumbre y sumisión de un pueblo de 12 millones.
Doblegado y sin manera legítima de obtener papeles, se les permite que desempeñen su denodada
labor lavando trastes, limpiando baños, cuidando ancianos o niños, pizcando la cosecha —etcétera,
etcétera, etcétera— pero sin el más mísero derecho a nada, sin el menor privilegio de tener una licencia
de manejo, ni de poder viajar a su tierra natal y volver. Y claro, con el pie en el cuello y en su escondite
de ilegalidad, el inmigrante, entiéndase bien, elemento productivo y vital en esta economía, no puede
votar, no puede ingresar a un centro de educación superior, ni vivir en paz por la pesadilla constante de
ser detectado. En consecuencia, el trabajador ilegítimo es reducido por medio de una retórica despectiva
a ser un paria transnacional, un "ilegal", un “criminal”, y un “violador de leyes en este país de leyes";
blah, blah, blah. ¡Hipocresía, pura y detestable hipocresía!
Sin embargo, y mientras en los medios se publicitan las deportaciones, las redadas, y la contraofensiva
de los legalistas y su miríada de simpatizantes que se han tragado el cuento de la “legalidad”, millones
de personas sin papeles continúan siendo usadas por negociantes, empleadores, abusadores y otros
hipócritas de doble moral, todos los días, a toda hora, y a lo largo y lo ancho de este país. La inmigración
ilegal no puede, para ellos, dejar de existir porque por ella existen. No pueden permitir que el negocio
multimillonario de dólares se les arruine, pero a través de una conspiración esclavizante y contrapuesta,
tampoco pueden ni van a permitir que la servidumbre, como ellos los ven, exija derechos laborales.
El principio fundamental de un gobierno, no hay que olvidar, es que él mismo obedezca las leyes que
impone a sus comunidades. Si ellos se hacen los disimulados y violan las mismas leyes de las que se
escandalizan cuando ven que otros las vulneran, que no vengan con el cuento de que este es un país de
leyes establecido por la gracia divina y expandido por el “destino” de su propia ambición. Mientras la ley
de la hipocresía subsista, existirán los indocumentados, y mientras apliquen la ley a su conveniencia,
quienes les usan y abusan serán tan ilegales como los trabajadores a quienes ellos acusan y de cuya
sangre, sudor y lagrimas lucran y se benefician. Hoy la “ilegalidad” es la mejor excusa para restringir al
trabajador indocumentado —elemento y nato de esta nación de inmigrantes— de tomar el lugar que la
historia ineludiblemente le depara.
La ley de la hipocresía es una ley esencialmente económica que mantiene un status quo de riqueza y de
servidumbre. Y nuestra raza de manos curtidas y trabajo duro ha sido vilmente usada para esos fines.
Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ A PUNTO DE CAMBIAR Periodismo de Base Comunitaria
|
Pulse imagen para acceder GRÁFICO
|
INMIGRANTES Esta multitud ha
dado a luz una nueva generación
de ciudadanos nacidos en este país,
y los miembros de este grupo han
emergido y penetrado la educación,
la economía, y la política. Foto
Eduardo Barraza/BARRIOZONA