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El dolor de mi gente - La historia del Dr. John Molina
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA
Marzo 15, 2006
Guadalupe, Arizona – Un límite de velocidad de 25 millas por hora y muchos letreros de alto hacen de Avenida del Yaqui
una calle de tráfico lento. Avenida del Yaqui es la calle principal del Pueblo de Guadalupe, una de las comunidades más
pequeñas de Arizona, y más ricas en tradiciones y costumbres. Los letreros de la calle parecen marcar más que el
paso del tráfico; también marcan el palpitar del corazón antiguo de Guadalupe, un corazón que palpita con cadencia
contemporánea.
Sobre este pueblo de menos de seis mil habitantes, y aproximadamente una milla cuadrada de extensión, un siglo de
orgullo y lucha descansa. Fundada alrededor del comienzo del Siglo XX por Indios Yaqui de Sonora, Guadalupe retiene
mucho de sus actitudes, ceremonias y modos. Su nombre, empero, simboliza la devoción enraizada de la gente al
catolicismo, al cual muchos Yaquis se convirtieron siglos atrás. Hoy, la mezcla cultural y demográfica deletrea su
carácter definido y único, y da forma a su modesto pero fuerte sentido de dignidad y valor. Rodeada de ciudades
urbanas y suburbanas, el pueblo ha preservado bien su humilde identidad. Guadalupe es decididamente ella misma.
Avenida del Yaqui es el centro social y económico deGuadalupe, y en donde los negocios y centros comunitarios abren
sus puertas a residentes y visitantes. Los nombres en español de las calles son una afirmación lingüística, en un
estado de partidarios del inglés como idioma oficial. Calle Iglesia; Calle Maravilla; Calle San Angelo. Aun así, la mayoría
de los residentes son bilingües en español y en inglés, y algunos hablan Yaqui también. La mayoría de los habitantes
de Guadalupe están emparentados entre sí, así que los visitantes son detectados casi inmediatamente. Se les ve con
una mirada de desconfianza, pero también con una combinación de amistad y timidez. Al oeste de la Avenida del Yaqui,
sobre la Calle Iglesia, dos templos blancos se sitúan uno junto del otroSu posición enfrente de una plaza de tierra, hace
que los edificios parezcan dos palomas blancas, reposando serenamente en medio de un desierto. Son el Templo
Yaqui y el Templo Católico. Su contigüidad simboliza las creencias religiosas de Guadalupe, coexistiendo en
proximidad fraternal.
Justo al norte de la Calle San Angelo, un hombre vende naranjas y mandarinas en la parte trasera de su camioneta. Los
colores cítricos contrastan con el algo sombrío paisaje de las calles de Guadalupe, en donde personas de todas las
edades caminan tranquilamente en esta mañana de sábado. Otros se reúnen enfrente de sus casas; formando
semi¬círculos, parados juntos bromean y ríen. Un padre y su hijo sentados en sillas disfrutan de un refresco, y de la
cálida luz solar de la mañana. Una persona que maneja un carro blanco, se detiene en el carril central de Avenida del
Yaqui, y pregunta al vendedor de fruta en dónde está la Clínica de Salud “Las Fuentes”. Cortésmente, el vendedor
apunta a un pequeño edificio al sur de la Calle San Angelo, pero advierte amablemente al conductor: “¡La clínica está
cerrada los sábados!”
Es en este pueblo, y sobre esta avenida, donde surge una admirable historia de compasión y servicio para ayudar a
gente sufriendo. En el mismo núcleo de esta comunidad en lucha, un hombre responde al llamado de su propio
corazón, determinado a sanar el dolor y la enfermedad de su propia gente. Su nombre: John Molina, Doctor John Molina,
un nativo de Guadalupe y fundador de “Las Fuentes.” Hijo de un hombre Yaqui puro, y una mujer Mexicana-Apache, el
Dr. Molina es sin discusión un individuo predestinado. Su trabajo y contribución, dirigidos a mejorar la salud de los
habitantes de Guadalupe no sólo ha cumplido su propósito, sino ha creado un modelo de dedicación, trabajo esforzado,
e inspiración. Hoy, la Clínica de Salud “Las Fuentes” de Guadalupe resalta no sólo por su invaluable servicio a la
comunidad, pero por la fuerza sanadora e interna encontrada en tan pequeño edificio. La clínica es más que un
inmueble para el cuidado de salud; es una fuente de fuerza compasiva.
El punto de partida del Dr. Molina puede ser trazado a 1974, cuando él ingresó a la Marina Naval. “Esa fue una buena
experiencia –dice el doctor– por que me sacó fuera de Guadalupe para ver otro mundo. Viviendo en Guadalupe es todo
lo que conoces, todo lo que vives, todo lo que experimentas, bueno y malo. La Marina ensanchó mis horizontes, y me
permitió ver otros mundos y culturas; me ayudó a ver mi propia cultura de afuera hacia dentro. Durante este tiempo, vine
a interesarme mucho en las profesiones de ayuda. Cuando miré en retrospectiva, vi que Guadalupe estaba sufriendo,
no sólo económicamente, pero con muchos problemas: abuso de drogas, alcoholismo, y pobreza. En la Marina tuve
oportunidad de respirar y aprender por mí mismo, pero también vi las necesidades en Guadalupe. Me decidí a regresar
y ayudar de cualquier modo posible.”
Después de esa experiencia reveladora, el Dr. Molina se involucró en trabajo social y prosiguió a estudiar una carrera en
la Universidad Estatal de Arizona. “Cuando estaba estudiando para obtener mi título universitario, también era
trabajador social en Guadalupe” –recuerda el Dr. Molina. “A finales de los años 70 y a principios de los 80, yo visitaba a
gente para ayudarles a obtener sus servicios de utilidades, comida y otras necesidades. Fue durante este tiempo que vi
mucha gente literalmente muriéndose en sus casas. No iban a ver a un doctor por que no tenían dinero, por que les
daba vergüenza y pena ir a ver al doctor. Las diferencias culturales eran muy obvias. La gente se sentía incómoda de ir
fuera de Guadalupe a ver a un doctor Anglo; no podían entender; se sentían incómodos. Miré a personas curándose a sí
mismas en sus casas; se tomaban sus yerbas, iban a ver al curandero, pero seguían enfermos.”
El acontecimiento que realmente impactó al Dr. Molina fue la vez en que visitó a un enfermo. “Miré a un hombre de
nuestra gente, un Mexicano que estaba curándose el dedo grande del pie con yerbas, y aloe vera. Cuando me lo mostró,
su dedo estaba podrido y decadente. Me impactó de verdad lo que la gente estaba sufriendo, sólo porque se sentían
incómodos, o no tenían dinero para ir a ver al doctor. Y aquellos que veían al doctor, tenían los frascos de medicinas en
su casa, pero no se las tomaban por que no sabían cómo o porqué. Algunos de ellos veían al doctor, y se les explicaba
todo. Pero siendo la gente orgullosa que son, y para no avergonzar al doctor, sólo movían la cabeza, decían ‘está bien,’ y
se iban. Pero no tenían ni idea qué estaba pasando con ellos, o por qué necesitaban tomarse las píldoras. Esto me
conmovió de verdad.”
Esta conmovedora experiencia y un amigo, llevaron al Dr. Molina a dedicarse él mismo a una latitud más profunda de
servicio. El amigo era el doctor Lincoln Westman, un siquiatra Anglo que estaba tratando a algunos residentes de
Guadalupe. “Cuando le dije cómo me sentía acerca de la gente, él me retó diciéndome: ‘¿porqué tú no te haces un
doctor?’ Yo dije: ‘¿Cómo, yo?’ Ya estaba ayudando como trabajador social en un programa del gobierno. Tenía más de
treinta años de edad, estaba casado y con cuatro hijos pequeños. No sabía cómo iba a hacerle; estaba terminando mi
título universitario. Aún así, el Dr. Westman me dijo: ‘tal vez tú deberías ser el doctor.’ Así que lo pensé. Con lo que me
dijo el doctor, y animado por otros amigos, me decidí a entrar al campo de la medicina. Terminé mi título universitario, y
tomé algunos requisitos previos. Estudié para el examen, me inscribí, y fui aceptado en el Colegio de Medicina de la
Universidad de Arizona en Tucson en 1986.
Haber sido aceptado en la Escuela de Medicina representó el primer paso para que el Dr. Molina comenzara su plan de
abrir una clínica en Guadalupe. “Pensé que lo que este pueblo necesitaba era solamente una clínica pequeña, en
donde la gente se sintiera cómoda, hablara su idioma, y en donde no se preocupara de tener que pagar. Una clínica que
pudiera entender su cultura y su familia, y que los hiciera sentirse bien recibidos; donde pudieran simplemente entrar a
ella.” Después de cuatro años en la Escuela de Medicina, el Dr. Molina se graduó en 1990, y tomó cuatro años más de
entrenamiento especializado en obstetricia, el cual terminó en 1994. Después regresó a Phoenix para trabajar en un
hospital.
“Esa fue la oportunidad perfecta –explica– porque al tener un empleo, decidí que era el tiempo, así que comencé a
buscar un sitio para la clínica. Mi familia siempre ha sido parte de Guadalupe. De hecho, mi familia asiste a la Iglesia
Presbiteriana de Guadalupe, y yo he ido a esa iglesia desde que era un niño pequeño. Así que cuando hablé con los de
la iglesia, ellos me dejaron usar un pequeño inmueble para comenzar una clínica de voluntarios.” En Agosto de 1995, el
Dr. Molina y su madre, María Elena García, comenzaron a ir en las tardes y los sábados a limpiar el pequeño inmueble, y
alistarlo para la clínica. “Al principio nunca pedimos dinero o concesiones –revela el doctor. “Decidimos que
vendríamos los fines de semana y en nuestro tiempo libre, y proveeríamos cuidado de salud a la gente. Mi primer
paciente vino a verme en septiembre de 1995. Era una joven adolescente Yaqui con una infección en la piel.”
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La historia de una comunidad sufriendo, y un hombre dispuesto a sanarla.