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Las Vegas: Luces y Sombras
Por Eduardo Barraza
BARRIOZONA
Enero 17, 2007
Las Vegas, Nevada.– Sobre el concreto frío de la banqueta este del Boulder Highway, la figura delgada de una mujer que
camina es alumbrada por el reflejo multicolor de las luces de la marquesina de un casino. Fría como el concreto sobre
el que apurada camina la mujer, la noche invernal enciende una espectacular nebulosa y un destello fascinante sobre el
extraordinario horizonte nocturno de Las Vegas, una ciudad de agitado entretenimiento y juego. Caminando rumbo al sur
pero sin dirección fija, la mujer – ahora sólo una silueta – desaparece rápidamente del paisaje como estrella fugaz,
quizás añorando mejores tiempos cuando los clientes abundaban y su pretérita belleza todavía vendía.
La prostitución es ilegal en el Condado Clark, en donde Vegas – como Las Vegas es informalmente abreviada –
prospera. Un micro-universo en sí misma, “La Ciudad del Pecado” excluye de su menú de tentadores servicios aquellos
ofrecidos por las sexo-servidoras, como la mujer que se disipó en la noche fría y de mucho viento en el Boulder Highway.
Pero así como esta metrópoli única florece, también afloran las actividades de “mala fama o reputación” – como las
deletrea el Estatuto Revisado número 244.345.8 de Nevada. El juego, en cambio, es el centro de éste cosmos, en donde
miles de millones sustentan la poderosa industria del entretenimiento, en la misma ciudad que la Coalición Nacional
para las Indigentes y el Centro Nacional de Leyes para la Indigencia y la Pobreza nombró como la que más trata mal a
los indigentes.
Tanto indigentes como prostitutas venidas a menos deambulan por las calles de Las Vegas. Ellos son una dura
yuxtaposición en un imperio en donde el lujo y la glotonería reinan. Las incontables luces de Las Vegas son tan
innumerables como las sombras, en donde personas sin un techo y prostitutas de escasa clientela buscan y se
esconden. Su estatus social los coloca bajo la mesa de un abundante buffet, en donde estos seres humanos
desposeídos apenas recogen las moronas y las sobras de cualquier cosa que les cae a ellos. Pero, en medio de los
pisos brillantes, los letreros luminosos, y los majestuosos edificios, ¿hay alguien a quién realmente le importan los
indigentes y las prostitutas degradadas? La gente camina como si ellos no estuvieran ahí, ignorándolos, como si no
existieran. Ellos son solamente siluetas y sombras.
A unas cuantas millas al oeste del Boulder Highway, el punto neurálgico de la vida de Las Vegas, Las Vegas Boulevard,
− conocido como “the strip” o “la franja” − es la arteria en donde el incesante flujo turístico se concentra. Ahí, un casi
agobiante mundo de atractivo bombardera el cerebro con múltiples opciones para entretener la mente. En este ambiente
orientado a los adultos, las atracciones de Vegas presentan el mundo en miniatura: la Torre Eiffel, la Estatua de la
Libertad, la Esfinge de Giza, o los rascacielos de Nueva York − entre otras − le dan a los turistas el sentido de estar en
todos estos lugares al mismo tiempo. Las réplicas de estos famosos atractivos mundiales hacen de Vegas una ciudad
de ciudades, que condensa virtualmente muchos lugares del mundo en una sola calle. Vegas en un arte genuino de
imitación; su apariencia artificial es llamativa e impresionante.
Caminando dentro de los casinos, los pies reciben un descanso del duro concreto de las banquetas, en donde la gente
navega admirada, hipnotizada por la infinidad de cosas para ver. Las bonitas y acojinadas alfombras cubren las áreas
en donde las máquinas de juegos de dinero dominan la escena, y el humo de los cigarros nubla el panorama. Los
jugadores, seducidos por la probabilidad de intercambiar unas cuantas monedas por una fortuna, miran fijamente las
máquinas de juegos de dinero o las mesas en donde las personas que reparten las cartas de baraja despachan tanto
buena como mala suerte. La mayoría de la gente perderá, no solamente su dinero, sino también la esperanza de
hacerse rica instantáneamente. Su optimismo se renovará al día siguiente, al forzarlos su mente a tratar de obtener, por
lo menos, lo que ya han perdido. Algunos continuarán cavando desesperadamente, enterrándose finalmente a sí
mismos en un abismo de miseria.
Aquellos que evaden el juego, pueden todavía gastarse una pequeña fortuna en espectáculos como el de la cantante
Celine Dion, en el Caesar’s Palace, en donde un paquete que incluye habitación, cena, y un viaje en limosina, puede
costar más de $1,500 dólares. O que tal obtener una pelota de béisbol con valor de $100 dólares, autografiada por el
ídolo caído Pete Rose? Vetado de estar del Salón de la Fama de las Grandes Ligas de Béisbol, el ingreso principal de
Rose es generado por la firma de autógrafos en la tienda deportiva “Field of Dreams” (Campo de Sueños), en los Forum
Shops, dentro del Caesar’s Palace. Sin embargo, en el océano de dinero que es Las Vegas, el estatus social de la
mayoría de las personas permanecerá intacto; muy pocos podrán subir unos cuantos escalones, pero muchos bajarán
peldaños drásticamente, quedando en la desgracia y hundidos en la pobreza. Así es como Las Vegas se mantiene a sí
misma; la riqueza viene de la misma gente que atrae, monedad por moneda, expectativa por expectativa, y deseo por
deseo.
Dirigiéndose hacia el Centro y a la Calle Fremont − el sitio original de donde la industria del juego se propagó en la
llamada “Capital del Hedonismo” − un espectáculo más nuevo, inaugurado hace diez años, atrae a turistas y visitantes a
“sentir” la “Experiencia Fremont.” La “experiencia” fue inversión de $70 millones de dólares con la intención de revitalizar
casinos viejos como el Golden Gate (originalmente llamado Hotel Nevada, en 1906) el casino más antiguo en Las
Vegas. La calle Fremont es un admirable show de luz y sonido creado por un dosel gigante − 1,500 pies de largo y casi
100 pies de alto. La cantidad de luces − más de dos millones, y el sonido de las bocinas que alcanza los 40,000 vatios −
crean un espectáculo que literalmente magnetiza a los espectadores. La “Experiencia Fremont” es una verdadera vista.
Ocurre que Las Vegas, sin embargo, es más que simplemente una ciudad reluciente. El lujo contrasta marcadamente
con el deterioro y el abandono de las calles y edificios circundantes a “la franja”. El otro lado del rostro de esta ciudad es
nada atractivo y apagado. La dilapidación de algunas áreas parece ser la cuota de la incesante construcción y
destrucción de nuevos y viejos casinos, respectivamente. En cierto modo, Las Vegas es una verdadera Ave Fénix −
cuando el ciclo de vida de un casino-hotel termina, el viejo edificio es reducido a polvo, del cual un nuevo, moderno, e
impresionante hotel-casino se levanta. Pero alrededor de “la franja”, no hay aparente renovación, sólo un deterioro
constante, similar al de aquellos individuos que vagan por las calles.
La vida en Las Vegas reúne a ambos extremos de la experiencia humana – riqueza y pobreza – en el mismo escenario,
en donde las luces y las sombras se mezclan en una sola realidad. Ahí, una persona desaliñada y empobrecida puede
literalmente caminar al lado de billones de dólares y ropas caras, con un precipicio de por medio. Las dos puntas de la
comedia y el drama humano casi se tocan una a la otra a través de un fino y brilloso vidrio, cada una en su lado, cada
una en su sendero, en una proximidad lejana la una de la otra. Finalmente, Las Vegas es una ventana a dos realidades
en donde seres humanos navegan yuxtapuestos en un mar de contradicciones, y en donde el estómago vacío de un
indigente o una prostituta queda hambriento en medio de una combinación de desayuno y almuerzo con champaña
ilimitada y valor de $31.99 dólares.
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La vida en Las Vegas reúnea ambos extremos de la experiencia humana - riqueza y pobreza - en el
mismo escenario.