Chinotahueca es una pequeña aldea indígena en el
estado mexicano de Sonora, cerca de Navojoa. Desde ahí
salió, rumbo a Estados Unidos, Marco Antonio Galavíz,
miembro de esa comunidad conocida también como Valle
del Mayo. Sus pasos recorrieron su estado natal, y
después Arizona, a cuya capital llegó en el verano de
1991. Sin amigos ni refugio, las calles se convirtieron en el
hogar de este inmigrante mexicano, quien por los
siguientes años pasó a ser otro miembro más de la
población indigente de Phoenix, Arizona.
A diferencia de la gran mayoría de inmigrantes ilegales
que llegan a la Unión Americana, Marco no emigró con el
propósito de encontrar trabajo. En aquel tiempo, su vida
se encontraba sin dirección alguna y hundida en el
alcoholismo. Dormía lo mismo en las calles que en los
albergues de indigentes. Asistía a comedores públicos en
donde la comida y otros servicios eran gratuitos. Su único
deseo era aprender inglés para poder comunicarse, y con
ese propósito asistió a diferentes centros sociales para
tomar clases.
Quienes conocieron a Marco en sus tiempos de indigencia,
no sospecharon que dentro del alma de ese vagabundo
ardía la flama del arte. Su apariencia desaliñada no
contrastaba con la de los demás indigentes que
deambulaban por las calles del centro de la ciudad, ni con
la de los otros hombres con quienes se reunía a beber en

edificios abandonados. En los albergues, o dentro de la biblioteca de Phoenix donde Marco pasaba largas horas,
nadie pudiera haber previsto que años más tarde este joven de larga cabellera se convertiría en un pintor
extraordinario.
Después de más de dos años de indigencia, ocio y alcoholismo, Marco concluyó que su vida no podía caer a un
nivel más bajo, porque ya había llegado hasta el fondo. Fue en ese punto determinante de su existencia que su
camino cambiaría de rumbo, y su latente capacidad artística comenzaría a manifestarse. En 1994 conoció a la mujer
que llegaría a ser su esposa, Sheryl; ella lo ayudaría a reincorporarse como un miembro útil de la sociedad. El
alcohol y la indigencia quedarían en el pasado.
Al principio, el futuro pintor trabajó como rotulista, después en una tienda Safeway empacando comestibles en
bolsas, de jardinero en el hotel Princess, y como mesero en un restaurante de comida italiana. Durante ese
tiempo, Marco tomó clases de pintura y se desenvolvía enseñándose a sí mismo. Más tarde, trabajó para una
compañía de arte, donde las circunstancias lo llevaron a la acertada conclusión de que su potencial había
alcanzado la plenitud necesaria para independizarse como un pintor y, literalmente, vivir de su talento.
Las obras de arte que Marco produciría en los siguientes años fueron de una impresionante calidad y gran
contenido social. En las exhibiciones y festivales de arte en los que participó como el ‘Spanish Market’ en el Heard
Museum, su obra llamaba poderosamente la atención. Sus pinturas no sólo mostraban su genio artístico y su
habilidad estética, sino también su excepcional calidad humana. Los ricos colores, su temática social, y su estilo le
valieron que su arte fuera comparado al de Diego Rivera. La peculiaridad de su obra se basó principalmente en
una serie de pinturas titulada ‘Titanes.’ En esa colección se aprecian figuras de hombres y mujeres de grande
estatura, desempeñando trabajos humildes, como acarreando agua de un pozo, cargando leña, o haciendo
tortillas.
Marco Antonio Galaviz (1964-2004) Foto cortesía Sheryl Spohn
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La mayoría de quienes compraban y admiraban su arte desconocían
que sus pinturas eran un homenaje a su familia y a otros miembros de
la tribu Mayo de la aldea indígena de Chinotahueca, donde él nació. Así,
al mismo tiempo que creó un arte de singular belleza, Marco tomó el
tiempo de inmortalizar a su gente, a quienes veía como titanes y
guerreros yendo a la batalla diaria de sobrevivir y alimentar a sus hijos.
A través de su arte, el pintor sonorense trajo a estas humildes y
admirables personas desde ese rincón casi olvidado de Sonora, a
galerías y exhibiciones en donde cientos de visitantes, al contemplar
sus obras, les homenajeaban sin saberlo.
Marco Antonio Galavíz no solamente era dueño de un gran don
creativo, sino también poseedor de un carácter humilde y sencillo,
escaso en el mundo de las artes. Su personalidad era mansa y callada;
su mirada analítica y penetrante. Su silencio y su percepción reflejaban
que de un momento a otro pasaba de una simple plática o una
observación, a una concepción creativa que le apartaba del medio
ambiente, y le sumergía en el torbellino de su pasión artística. Hombre
y artista eran uno sólo. Fue esa amalgama de sencillez y talento que le
otorgó a Marco el respeto y admiración de sus allegados.
La mañana del lunes 31 de Mayo del 2004, dos semanas después de
su cumpleaños número 40, Marco llegó al “Falcon Field Airport” en la
ciudad de Mesa, Arizona. Ahí lo esperaba su entenado, el piloto aviador
John David Matlock, quien lo había invitado a volar con él en un avión
de su propiedad. Poco antes de las nueve de la mañana, el pequeño
avión amarillo de la era de la Segunda Guerra Mundial, despegó en un
cielo claro y despejado. El experto piloto recorrió aproximadamente
ocho millas al norte del aeropuerto, y sobrevolaba el área de la reserva
indígena “Fort McDowell.” Después de completar una vuelta, la nave se
desplomó en un área desértica. Al caer, el avión quedó destruido por el
impacto, y consumido por el fuego que se suscitó después del
accidente.

Galaviz creó esta impresionante obra para la exhibición titulada, “The Mending Wall Project”, en abril del 2004, dos meses antes de su muerte. La pieza fue parte de un trabajo colectivo instalado en la ASU West, y fue plasamada sobre una lámina metálica de 8’ x 2’ pies proveída por el comité Borders, Migrants and Justice.
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El trágico y sorpresivo deceso de Marco Antonio Galavíz cortó de golpe su creciente y exitosa carrera artística. A
pesar de la brevedad de su existencia, este orgulloso inmigrante de Sonora deja con su ejemplo de superación y
su magnífico arte una memoria grata e inolvidable a todos los que le conocieron. Quizás su obra pictórica llegue
algún día a ser parte de un museo, donde generaciones futuras puedan admirarlo. Los restos de este
extraordinario ser humano y pintor fueron regresados a Chinotahueca por su esposa Sheryl. Hoy, Marco descansa
en la calma nativa de su aldea, en el suave regazo de su tierra de titanes. Mientras que en Phoenix su leyenda
también se agiganta.



La fuerza en los colores usados y la forma de representar las tareas humildes de la gente de su aldea
Chinotahueca, caracterizaron el trabajo de Marco Antonio Galaviz. La serie “Titanes” era un homenaje a
esas personas humildes, a quien el pintor captaba como gigantes yendo a la batalla diaria de sostener a
sus familias.
Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ A PUNTO DE CAMBIAR Periodismo de Base Comunitaria
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