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María Sabina: La Sacerdotisa de los Hongos
Por Reynaldo Zúñiga
BARRIOZONA
Febrero 13, 2007
En su mundo enigmático al que trataron de penetrar los ojos curiosos del mundo que se dice civilización, Maria Sabina,
"La Sacerdotisa de los Hongos", como se le conocía, abrió una brecha hacia un porvenir que no por iluso y fantástico,
dejó de ser un oasis en la vida violenta, egoísta y destructora del hombre moderno.
Hasta su choza humilde, templo de una esperanza perdida en nuestros días, llegaron la curiosidad científica, la
morbosidad viciosa, y el interés artístico de seres de todas partes del mundo. Sus elementos curativos, divinos, fueron
sacrílegamente utilizados con fines distintos a los de su "hechicería" ingenua y bondadosa.
"Los hongos alucinógenos", de Huautla de Jiménez, en Oaxaca, co¬mo se les conoce en la civilización, traspasaron
fronteras en su prestigio, sobre todo en aquellos que en busca de una evasión malsana, abusaron de sus cualidades
"espirituales" para vivir un mundo ficticio de imágenes incongruentes y pensamientos absurdos.
Sólo un grupo de cineastas pudo convencer a Maria Sabina, la ancia¬na misteriosa de Oaxaca, de divulgar sus ritos
ancestrales para dignificar la imagen que de sus "niños santos" – los hongos alucinógenos – se había regado por todo
el mundo. Sus ritos quedaron plasmados en el documental fílmico "Maria Sabina, Mujer Espíritu", que fue exhibido en
premier benéfica en la Ciudad de México, hace ya casi 28 años. La anciana accedió a la filmación y a estar presente en
la premier, con la condición solidaria de que las recaudaciones se donaran íntegramente a los suyos, a los habitantes
de Huautla, Oaxaca, en cuyas montanas habitan los espíritus invocados por Sabina.
Así el miércoles 27 de junio de 1979, Maria Sabina se confundió con la civilización. Su primer encuentro fue el lunes 25,
cuando descendió del avión que la condujo a la capital de los ejes viales, del smog, de la contaminación sonora y de
tantas calamidades.
La anciana "Chaman" vio en la pantalla pasajes de su propia vida, en donde invocaba a Cristo y a Juárez a la vez;
manejando el cabalístico número 13, para llamar en su auxilio a los tlacuaches y a los gavilanes y así curar a los
enfermos, mientras fumaba un puro con la atmósfera llena de vapores de copal y de exóticos aromas de hongos
semicachinados.
Toda la vida de Sabina transcurrió en su montaña de Huautla, donde ayudó a los suyos, a la gente sencilla de la región
de la aldea y de otras pequeñas comunidades circunvecinas, alejada de toda la morbosidad de extraños que sabían de
su existencia y de sus ritos.
Ella intuía que su misión estaba reñida con la publicidad y con el escándalo, que se engendra entre los que se dicen
civilizados, pero los afrontó con el misticismo de su mundo como respuesta a su necedad.
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Los hongos alucinógenos - los niños santos de Sabina- brincaron con su fama las fronteras y recorrieron
millas con sus sorprendentes cualidades.