Los vendedores ambulantes están
ahí como estuvieron ayer; sus
voces rebotando en los viejos
muros atraen a posibles
compradores.
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Ciudad de México: El vuelo del águila
Por Eduardo Barraza Agosto 4, 2006
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Ciudad de México.- El pasado y el presente chocan enfrente de los
admirados ojos del espectador parado entre las ruinas del Templo
Mayor y la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México. Dos
culturas, dos creencias espirituales, y dos símbolos contiguos uno del
otro, no sólo físicamente, pero en idiosincrásica coexistencia que
mezcla dos lenguas, dos luchas, y dos pueblos en una sola
identidad. Una identidad ambigua engendrada por un continente y
concebido por otro, una dramática y fiera fusión que dio luz a una
gran nación.
Esta es la tierra de lo Mexicas o Aztecas: Tenotchitlan, el territorio al
que su dios Huitzilipochtli lo llevó, la mítica región donde esperaban
ver un águila sobre un nopal devorando a una serpiente, la señal
indubitable para poseer la tierra. Hoy, aún en ruinas, los Mexicas o
Aztecas son majestuosos, imponentes, espantosos. Lo que queda
de su grandeza alude a la sensación de estremecimiento que sus
prisioneros de guerra experimentaban en sus últimos momentos de
vidas, antes que el cuchillo de obsidiana llegara a sus corazones
latientes para cumplir su fin expiatorio.
La historia está viva. La historia respira. La historia es una herida
abierta. El centro de la Ciudad de México se rehusa a dejar atrás su
pasado. Al hacerlo, nos recuerda a través de la fría roca de las
antiguas estructuras el triunfo y la tragedia que construyó un
imperio. “No te atrevas a perdonar,” grita la fiera serpiente de
piedra; “no te atrevas a olvidar,” suspira el temible y colorido
Chacmool, reclinado en su postura sempiterna. Los remanentes de
un reino esplendoroso tienen una voz, una consciencia, un destino
eterno que jura no dejarte perdonar ni olvidar.
Nuevas generaciones caminan por las ruinas conscientes y
reverentes, inconscientes e irreverentes, admiradas o indiferentes.
Pero el pueblo, el pueblo Mexicano, los hijos e hijas de los Aztecas,
son todavía un pueblo orgulloso que desprecia a los conquistadores
españoles, y admira su gloria pasada. Para conocer su historia, sólo
tienen que caminar sobre ella. Las ruinas son su libro de texto de
historia, abierto de par en par para que todos lo lean y lo respiren.
Sin miedo de pararse sobre las largas espinas del nopal, esta
cohorte de nuevos mexicanos es el águila contemporánea que
siempre devorará a la serpiente. Buscando encontrar nuevas alturas,
los mexicanos del nuevo Milenio, vuelan con alas extendidas.
Ayer es hoy en la Ciudad de México. El eco de tiempos prehispánicos
reverbera en los danzantes Aztecas del tiempo presente. Con sus
esplendorosos penachos, hacen a los tiempos antiguos frescos como
el rocío. Sus rítmicos movimientos, el sonido de sus cascabeles y sus
tambores, y su apariencia física te trasladan al pasado en un abrir y
cerrar de ojos. Los vendedores ambulantes están ahí como
estuvieron ayer; sus voces rebotando en los viejos muros atraen a
posibles compradores. El curandero, en medio del humo del incienso
ardiendo, invoca a dioses antiguos, a pesar de siglos de catolicismo.
Mucho a cambiado; mucho permanece igual. Hoy es ayer en la
Ciudad de México.
La ciudad de los Aztecas ya no es una isla ni esta rodeada de un
lago. Hoy, la Ciudad de México es una megalópolis de 18 millones de
habitantes, una de las más grandes del mundo. Aún así, esta ciudad
está apasionada de su maravillosa historia, una pasión reflejada en
el cuidado meticuloso que la gente ha dedicado a rescatar su
pasado. Caminando por las calles del centro, no es necesario un
túnel del tiempo para viajar al pasado; el pasado está ahí, ante tus
propios ojos, tan real que es parte del presente, y será parte del
futuro. Así, la Ciudad de México ha llegado a ser una metrópolis
tridimensional en donde el pasado, el presente y el futuro son uno, y
en donde las capas de historia son tan visibles como el periódico de
hoy.

Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ A PUNTO DE CAMBIAR Periodismo de Base Comunitaria
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