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Surge una maravilla en el Templo Mayor
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Por Eduardo Barraza  Octubre 14, 2006 | Ver galería de fotos
Ciudad de México: El vuelo del águila
La magnitud del altar recién
descubierto frente al Templo Mayor
ha traído una emoción no vista en
casi tres décadas.  
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Foto por Mauricio Marat | INAH
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Fotos de las ruinas del Templo Mayor
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Ciudad de México: El vuelo del águila
Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ
A PUNTO DE CAMBIAR
Periodismo de Base Comunitaria
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Eduardo Barraza periodista y escritor
mexicano, editor de la revista Barriozona, y
director del Insituto Hispano de Asuntos
Sociales. E-mail:
editor@barriozona.com
Eduardo Barraza
Fotos de las ruinas del Templo Mayor
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El monolito prehispánico, cuyas dimensiones actualmente visibles son de 4 por 3.5 metros, y 12 mil 350 kilos de peso, aproximadamente. Foto Mauricio Murath | INAH
En 1978 fue la Piedra Coyolxauhqui. En el año 2006, el área del
Templo Mayor en el centro de la Ciudad de México ha sido
conmocionada de nuevo con el maravilloso descubrimiento de un
enorme y gran bloque de piedra. El que se considera ser un altar
dedicado a una temida deidad del panteón azteca, y personaje
reconocible en la cultura mexicana contemporánea, fue parcialmente
desenterrado, seis años después de haber comenzado el trabajo
arqueológico en un predio contiguo al templo. Un nuevo monolito de
aspecto asombroso ha salido a la luz en esta sección arqueológica
histórica y famosa.

Sobre el concreto de muchas calles del Centro Histórico de México,
los transeúntes caminan rodeados por viejos edificios que
representan, no la capital azteca, sino la colonia española.
Implícitamente, los peatones se dan cuenta de que algunos metros
debajo, y bajo los símbolos de la conquista, las ruinas de una ciudad
antigua y devastada permanecen cubiertas por siglos de oscuridad,
anonimato, y enigma. En el más profundo secreto, los vestigios de
un imperio que alguna vez dominara la mayor parte de Mesoamérica
representan una ciudad subterránea, pero no olvidada. Para los
mexicanos o cualquiera que camina por las estrechas calles del
centro de esta poblada metrópolis, estar consciente de esta
dualidad – una ciudad sobre la superficie, y una ciudad debajo – es
una experiencia increíble.

En la búsqueda de un imperio enterrado, el incesante trabajo de los
arqueólogos en el epicentro de lo que fue el núcleo ceremonial
azteca, continua desenterrando admiración  y asombro. Debajo del
centro de la Ciudad de México, las ruinas de la majestuosa
Tenochtitlan, respiran en un anonimato oscuro, demandando la luz
del día y el reconocimiento. La historia nunca muere; sólo aguarda el
momento propicio en el tiempo. Y el tiempo para un nuevo
descubrimiento ha llegado.   

El preámbulo para este nuevo y trascendental descubrimiento
ocurrió en el año 2000, cuando un conjunto único de ofrendas para
Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad en la creencia azteca, fueron
encontrados al pie de una escalinata del templo, en un lote en
donde una importante propiedad alguna vez estuvo de pie. Conocida
como “La Casa de las Ajaracas,” el inmueble estaba situado justo
enfrente del templo, y había sido construido durante el periodo de la
Colonia española en el mismo lugar donde dos importantes calzadas
llevaban a los aztecas a las ciudades de Tlacopan (más tarde
llamada Tacuba) e Iztapalapa.   

El predio de las Ajaracas fue originalmente un solar, el cual fue divido
después. La casa tuvo varios dueños, y a comienzos del Siglo XX,
esta estuvo habitada por Guillermo de Heredia, un reconocido
arquitecto. La propiedad fue declarada monumento histórico y
remodelada entre 1931 y 1932, pero en 1985, un fuerte terremoto
en la Ciudad de México la dañó tanto, que las autoridades la
declararon inhabitable y fue demolida en 1993.*  

Antes del excepcional descubrimiento del 2000, el gobierno de la
ciudad tenía ambiciosos planes de construir un complejo de oficinas
para el Jefe de Gobierno de la Ciudad en ese lote, localizado en el
número 38 de la Calle República de Guatemala en el centro de la
Ciudad de México. El proyecto se canceló cuando se encontraron ahí
siete ofrendas. Una de estas ofrendas, un grupo de objetos
clasificado por arqueólogos como “Ofrenda 2,” resultó ser una
colección única de bolsas hechas de papel amate, un tocado hecho
de papel y madera, figuras de copal, una prenda en forma de
chaleco, una manta (quizás sacerdotal) y otra telas, entre otros.   

Seis años después, en la primavera de 2006, mientras se llevaban a
cabo trabajos de remodelación en la propiedad de “La Casa de las
Ajaracas,” se hicieron más descubrimientos. Esta vez, arqueólogos
revelaron, entre lo más sobresaliente, dos cabezas de serpientes
labradas sobre una pared. El descubrimiento fue determinado ser
parte del frente de la plataforma número seis de la sección
norponiente del Templo Mayor.

Después, en la primera semana de octubre, el Instituto Nacional de
Antropología e Historia (INAH,) anunció que en el área aledaña a Las
Ajaracas, los arqueólogos habían hecho el descubrimiento más
importante en los últimos 28 años. Un impresionante altar mexica,
único en su tipo, representando a Tláloc y a otra deidad**
relacionada tal vez al rito de la agricultura, había sido encontrado
después de haber removido una plataforma. En comparación con
otros altares encontrados, el recién descubierto fue descrito como
excepcional, en virtud de sus características: dos frisos adosados
(esto es, dos elementos decorativos adyacentes el uno del otro)   

El monolito prehispánico, cuyas dimensiones actualmente visibles
son de 4 por 3.5 metros, y 12 mil 350 kilos de peso,
aproximadamente, está mayormente enterrado. En octubre 12, diez
días después de su descubrimiento, los especialistas del Programa
de Arqueología Urbana (PAU) anunciaron que el bloque de piedra
tiene por lo menos cuatro fracturas, y también que ellos notaron que
está completamente labrado en sus lados. De acuerdo a la
información divulgada por el PAU, la gran piedra corresponde al
periodo de Moctezuma I (también conocido como Moctezuma
Ilhuicamina,) sexto tlatoani azteca (el tlatoani regía el gobierno, el
ejército, y era el gran sacerdote) cuyo periodo se extendió de 1440 a
1469. Por tanto, el monolito pudo haber sido creado hace
aproximadamente 450 a 500 años, y fue hecho de piedra, y muestra
un relleno con piedras y arcilla.



El descubrimiento del altar no viene como una sorpresa, ya que las
sorpresas han sido la regla en vez de la excepción dentro del marco
del Proyecto del Templo Mayor. Los aztecas eran un pueblo
profundamente religioso, una religiosidad reflejada en sus obras
monumentales, particularmente la del Templo Mayor, el cual era el
punto medular de su vida espiritual, y también la edificación más
grande de su capital, Tenochtitlan. Terriblemente perturbados con
los sangrientos sacrificios humanos que ahí tenían lugar, los
conquistadores españoles encabezados por Hernán Cortés,  
destruyó la mayor parte del templo, derribó los ídolos, y procedió a
arrasar la ciudad en 1521.  

Descubrimientos arqueológicos contemporáneos han evidenciado
que la destrucción perpetrada no fue sistemática, sino más
concerniente con borrar creencias y costumbres nativas, y con
reemplazar o esconder símbolos y estructuras como una forma de
imponer los sistemas españoles políticos, religiosos, y sociales.
Nuevos edificios fueron erigidos sobre estructuras aztecas
semidestruidas. Mucho se perdió, pero Cortés, su ejército, y los
aztecas esclavizados, dentro de un nuevo y total contexto de
dominio y conquista, y en un dramático cambio en el estatus quo,
dejaron muchos remanentes enterrados bajo los nuevos edificios de
lo que llegó a ser la Nueva España. Muchos vestigios de la grandeza
azteca permanecerían escondidos bajo la calles de una nueva
sociedad. La Ciudad de México de hoy está construida sobre las
ruinas de Tenochtitlan.     

Álvaro Barrera Rivera, supervisor del Programa de Arqueología
Urbana del Proyecto del Templo Mayor, citó un hecho importante el
14 de octubre, apuntando que “se hizo alguna excavación en la
época prehispánica, precisamente a finales de la Etapa VII (1502-
1521) en la que se encuentra la escultura, de ahí que ésta se colocó
a manera de tapa del socavón. Lo más probable es que se depositó
algo y ya sobre la pieza se colocó el piso; es decir que antes del
contacto con los españoles, ni los mismos mexicas veían la escultura
debido a que nunca estuvo expuesta. Después de la Conquista
tampoco se logró ver, por eso llegó hasta nuestros días,” – concluyó
Barrera.  

Relevantes hallazgos arqueológicos de Tenochtitlan se hicieron
durante la construcción masiva del tren subterráneo, conocido como
Metro, cuya primera fase se completó entre junio de 1967 y
noviembre de 1970. La excavación del sitio exacto del Templo Mayor
se organizó ocho años más tarde, en 1978, después de que un
trabajador de la Compañía de Luz y Fuerza del Centro, llamado Mario
Alberto Espejel Pérez, que cavaba una zanja y pegó accidentalmente
con su pala en lo que notó era una piedra labrada. Él sabía que
durante la primera fase de la construcción del tren subterráneo,
muchos descubrimientos de la era de los aztecas habían salido a la
luz, pero al mismo tiempo ignoraba el significado de lo que él ayudó
a desatar cuando encontró la piedra tallada. Este monolito decorado
en relieve resultó ser la
Piedra Coyolxauhqui. El descubrimiento de
este extraordinario monumento llevó a la excavación a gran escala
del Templo Mayor.   

Desde la recuperación de Coyolxauhqui, el trabajo arqueológico
continuo en y alrededor del área del templo llegó a ser una escena
cotidiana en el centro de la Ciudad de México. La magnitud del altar
recién descubierto enfrente del Templo Mayor ha traído una emoción
no vista en casi tres décadas, paralelo al entusiasmo que el
surgimiento de la piedra de la diosa de la luna – Coyolxauhqui –
levantó 28 años atrás. Los detalles completos del nuevo monolito
descubierto aún están por venir, pero en base en lo que ellos ya
pueden ver y saben, los especialistas auguran otro gran avance
para aprender y confirmar aspectos ceremoniales de la vida azteca,
costumbres sociales y creencias espirituales.

Si lo que Álvaro Barrera supone es confirmado, es muy probable que
los conquistadores españoles no hayan visto el monolito, lo cual
hipotéticamente pudo haber prevenido su destrucción. ¿Existe una
ligera posibilidad de que los aztecas mismos deliberadamente lo
hubieran escondido de los extranjeros? El tiempo y el trabajo
arqueológico seguramente revelarán la verdad. De cualquier modo,
es una verdad que Cortés y sus soldados pensaron que al enterrar y
esconder debajo del emergente reino de la Nueva España, los
vestigios de los aztecas se perderían para siempre. En su disposición
destructiva-constructiva, ellos anunciaron el ocaso de una tribu
salvaje y temida, y el amanecer de su propio dominio.

Escondiendo los símbolos del esplendor azteca debajo de una serie
de solares y de otros sitios en donde ellos y sus descendientes
construirían sus lujosos castillos y casas, probablemente
consideraron esa una casi perfecta conquista, en donde no mucha
evidencia de su aniquilación sería dejada. Como si fuera algo
destinado, y precisamente en uno de esos solares, un terremoto
ocurrido hace 21 años, causó la demolición de la casa ahí situada.
Este evento fortuito cedió el espacio y el tiempo para el surgimiento
de un inesperado monolito. Hoy, rescatada de su insospechada
existencia y con su fría inercia, esta monumental piedra habla de la
grandeza y derrota de un pueblo admirable y temido.
_______________________________________________________
NOTA: Este artículo fue preparado usando información proveída por Sam. L
Bravo del INAH/Medios, así como también otras fuentes tales como revistas y
libros de la biblioteca personal del autor. HISI y BARRIOZONA agradecen al
INAH y su personal por la valiosa asistencia recibida. Algunas de las
fotografías en la galería de imágenes son del fotógrafo del INAH, Mauricio
Marat.   

* Información disponible acerca de la historia la “Casa de las Ajaracas,” es de
Manuel Velázquez.

** El reconocido arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma,
coordinador del PAU, declaró que después de una conversación que él tuvo
con el también arqueólogo Leonardo López Luján, en referencia a la posible
identidad de la deidad, supone que “que podría ser una imagen de
Tlaltecuhtli, señor de la tierra en el panteón mexica”.

Los trabajos de rescate del monolito, a cargo del PAU, se llevan a cabo por
los arqueólogos Alicia Islas Domínguez, Gabino López Arenas, Alberto Diez
Barroso y Ulises Lina Hernández, e incluyen a un equipo interdisciplinario
conformado por biólogos, geólogos, restauradores, topógrafos, dibujantes,
antropólogos físicos y, por supuesto, arqueólogos. También se cuenta con la
colaboración de los doctores Alfredo López Austin y Leonardo López Luján.

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Fotos del monolito encontrado frente a las ruinas del Templo Mayor. Barriozona Magazine
Ver fotos del monolito
La ofrenda es parte de una serie de depósitos en el interior de la Pirámide del Sol. La ofrenda habría sido colocada para consagrar el comienzo de la construcción de esta obra prehispánica, la más grande de la antigua ciudad de Teotihuacan. Foto Mauricio Marat | INAH
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