BARRIOZONA
Permission to reprint or copy this article or photo, other than personal use, must be obtained from BARRIOZONA,
Call 480-983-1445 or e-mail admin@barriozona.com with your request
Surge una maravilla en el Templo Mayor
Un impresionante monolito sale a la superficie en el corazón de la ciudad de México, trayendo nueva luz
a la gloria del imperio azteca enterrado.
By Eduardo Barraza
BARRIOZONA

Octubre 14, 2006
En 1978 fue la Piedra Coyolxauhqui. En el año 2006, el área del Templo Mayor en el centro de la Ciudad de México ha
sido conmocionada de nuevo con el maravilloso descubrimiento de un enorme y gran bloque de piedra. El que se
considera ser un altar dedicado a una temida deidad del panteón azteca, y personaje reconocible en la cultura mexicana
contemporánea, fue parcialmente desenterrado, seis años después de haber comenzado el trabajo arqueológico en un
predio contiguo al templo. Un nuevo monolito de aspecto asombroso ha salido a la luz en esta sección arqueológica
histórica y famosa.

Sobre el concreto de muchas calles del Centro Histórico de México, los transeúntes caminan rodeados por viejos
edificios que representan, no la capital azteca, sino la colonia española. Implícitamente, los peatones se dan cuenta de
que algunos metros debajo, y bajo los símbolos de la conquista, las ruinas de una ciudad antigua y devastada
permanecen cubiertas por siglos de oscuridad, anonimato, y enigma. En el más profundo secreto, los vestigios de un
imperio que alguna vez dominara la mayor parte de Mesoamérica representan una ciudad subterránea, pero no olvidada.
Para los mexicanos o cualquiera que camina por las estrechas calles del centro de esta poblada metrópolis, estar
consciente de esta dualidad – una ciudad sobre la superficie, y una ciudad debajo – es una experiencia increíble.

En la búsqueda de un imperio enterrado, el incesante trabajo de los arqueólogos en el epicentro de lo que fue el núcleo
ceremonial azteca, continua desenterrando admiración  y asombro. Debajo del centro de la Ciudad de México, las ruinas
de la majestuosa Tenochtitlan, respiran en un anonimato oscuro, demandando la luz del día y el reconocimiento. La
historia nunca muere; sólo aguarda el momento propicio en el tiempo. Y el tiempo para un nuevo descubrimiento ha
llegado.   

El preámbulo para este nuevo y trascendental descubrimiento ocurrió en el año 2000, cuando un conjunto único de
ofrendas para Tláloc, dios de la lluvia y la fertilidad en la creencia azteca, fueron encontrados al pie de una escalinata del
templo, en un lote en donde una importante propiedad alguna vez estuvo de pie. Conocida como “La Casa de las
Ajaracas,” el inmueble estaba situado justo enfrente del templo, y había sido construido durante el periodo de la Colonia
española en el mismo lugar donde dos importantes calzadas llevaban a los aztecas a las ciudades de Tlacopan (más
tarde llamada Tacuba) e Iztapalapa.   

El predio de las Ajaracas fue originalmente un solar, el cual fue divido después. La casa tuvo varios dueños, y a
comienzos del Siglo XX, esta estuvo habitada por Guillermo de Heredia, un reconocido arquitecto. La propiedad fue
declarada monumento histórico y remodelada entre 1931 y 1932, pero en 1985, un fuerte terremoto en la Ciudad de
México la dañó tanto, que las autoridades la declararon inhabitable y fue demolida en 1993.*  

Antes del excepcional descubrimiento del 2000, el gobierno de la ciudad tenía ambiciosos planes de construir un
complejo de oficinas para el Jefe de Gobierno de la Ciudad en ese lote, localizado en el número 38 de la Calle República
de Guatemala en el centro de la Ciudad de México. El proyecto se canceló cuando se encontraron ahí siete ofrendas. Una
de estas ofrendas, un grupo de objetos clasificado por arqueólogos como “Ofrenda 2,” resultó ser una colección única de
bolsas hechas de papel amate, un tocado hecho de papel y madera, figuras de copal, una prenda en forma de chaleco,
una manta (quizás sacerdotal) y otra telas, entre otros.   

Seis años después, en la primavera de 2006, mientras se llevaban a cabo trabajos de remodelación en la propiedad de
“La Casa de las Ajaracas,” se hicieron más descubrimientos. Esta vez, arqueólogos revelaron, entre lo más
sobresaliente, dos cabezas de serpientes labradas sobre una pared. El descubrimiento fue determinado ser parte del
frente de la plataforma número seis de la sección norponiente del Templo Mayor.

Después, en la primera semana de octubre, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH,) anunció que en el
área aledaña a Las Ajaracas, los arqueólogos habían hecho el descubrimiento más importante en los últimos 28 años.
Un impresionante altar mexica, único en su tipo, representando a Tláloc y a otra deidad** relacionada tal vez al rito de la
agricultura, había sido encontrado después de haber removido una plataforma. En comparación con otros altares
encontrados, el recién descubierto fue descrito como excepcional, en virtud de sus características: dos frisos adosados
(esto es, dos elementos decorativos adyacentes el uno del otro)   

El monolito prehispánico, cuyas dimensiones actualmente visibles son de 4 por 3.5 metros, y 12 mil 350 kilos de peso,
aproximadamente, está mayormente enterrado. En octubre 12, diez días después de su descubrimiento, los
especialistas del Programa de Arqueología Urbana (PAU) anunciaron que el bloque de piedra tiene por lo menos cuatro
fracturas, y también que ellos notaron que está completamente labrado en sus lados. De acuerdo a la información
divulgada por el PAU, la gran piedra corresponde al periodo de Moctezuma I (también conocido como Moctezuma
Ilhuicamina,) sexto tlatoani azteca (el tlatoani regía el gobierno, el ejército, y era el gran sacerdote) cuyo periodo se
extendió de 1440 a 1469. Por tanto, el monolito pudo haber sido creado hace aproximadamente 450 a 500 años, y fue
hecho de piedra, y muestra un relleno con piedras y arcilla.

El descubrimiento del altar no viene como una sorpresa, ya que las sorpresas han sido la regla en vez de la excepción
dentro del marco del Proyecto del Templo Mayor. Los aztecas eran un pueblo profundamente religioso, una religiosidad
reflejada en sus obras monumentales, particularmente la del Templo Mayor, el cual era el punto medular de su vida
espiritual, y también la edificación más grande de su capital, Tenochtitlan. Terriblemente perturbados con los sangrientos
sacrificios humanos que ahí tenían lugar, los conquistadores españoles encabezados por Hernán Cortés,  destruyó la
mayor parte del templo, derribó los ídolos, y procedió a arrasar la ciudad en 1521.  
Descubrimientos arqueológicos contemporáneos han evidenciado que la destrucción perpetrada no fue sistemática,
sino más concerniente con borrar creencias y costumbres nativas, y con reemplazar o esconder símbolos y estructuras
como una forma de imponer los sistemas españoles políticos, religiosos, y sociales. Nuevos edificios fueron erigidos
sobre estructuras aztecas semidestruidas. Mucho se perdió, pero Cortés, su ejército, y los aztecas esclavizados, dentro
de un nuevo y total contexto de dominio y conquista, y en un dramático cambio en el estatus quo, dejaron muchos
remanentes enterrados bajo los nuevos edificios de lo que llegó a ser la Nueva España. Muchos vestigios de la grandeza
azteca permanecerían escondidos bajo la calles de una nueva sociedad. La Ciudad de México de hoy está construida
sobre las ruinas de Tenochtitlan.     

Álvaro Barrera Rivera, supervisor del Programa de Arqueología Urbana del Proyecto del Templo Mayor, citó un hecho
importante el 14 de octubre, apuntando que “se hizo alguna excavación en la época prehispánica, precisamente a finales
de la Etapa VII (1502-1521) en la que se encuentra la escultura, de ahí que ésta se colocó a manera de tapa del socavón.
Lo más probable es que se depositó algo y ya sobre la pieza se colocó el piso; es decir que antes del contacto con los
españoles, ni los mismos mexicas veían la escultura debido a que nunca estuvo expuesta. Después de la Conquista
tampoco se logró ver, por eso llegó hasta nuestros días,” – concluyó Barrera.  

Relevantes hallazgos arqueológicos de Tenochtitlan se hicieron durante la construcción masiva del tren subterráneo,
conocido como Metro, cuya primera fase se completó entre junio de 1967 y noviembre de 1970. La excavación del sitio
exacto del Templo Mayor se organizó ocho años más tarde, en 1978, después de que un trabajador de la Compañía de
Luz y Fuerza del Centro, llamado Mario Alberto Espejel Pérez, que cavaba una zanja y pegó accidentalmente con su pala
en lo que notó era una piedra labrada. Él sabía que durante la primera fase de la construcción del tren subterráneo,
muchos descubrimientos de la era de los aztecas habían salido a la luz, pero al mismo tiempo ignoraba el significado de
lo que él ayudó a desatar cuando encontró la piedra tallada. Este monolito decorado en relieve resultó ser la Piedra
Coyolxauhqui. El descubrimiento de este extraordinario monumento llevó a la excavación a gran escala del Templo
Mayor.   

Desde la recuperación de Coyolxauhqui, el trabajo arqueológico continuo en y alrededor del área del templo llegó a ser
una escena cotidiana en el centro de la Ciudad de México. La magnitud del altar recién descubierto enfrente del Templo
Mayor ha traído una emoción no vista en casi tres décadas, paralelo al entusiasmo que el surgimiento de la piedra de la
diosa de la luna – Coyolxauhqui – levantó 28 años atrás. Los detalles completos del nuevo monolito descubierto aún
están por venir, pero en base en lo que ellos ya pueden ver y saben, los especialistas auguran otro gran avance para
aprender y confirmar aspectos ceremoniales de la vida azteca, costumbres sociales y creencias espirituales.

Si lo que Álvaro Barrera supone es confirmado, es muy probable que los conquistadores españoles no hayan visto el
monolito, lo cual hipotéticamente pudo haber prevenido su destrucción. ¿Existe una ligera posibilidad de que los aztecas
mismos deliberadamente lo hubieran escondido de los extranjeros? El tiempo y el trabajo arqueológico seguramente
revelarán la verdad. De cualquier modo, es una verdad que Cortés y sus soldados pensaron que al enterrar y esconder
debajo del emergente reino de la Nueva España, los vestigios de los aztecas se perderían para siempre. En su
disposición destructiva-constructiva, ellos anunciaron el ocaso de una tribu salvaje y temida, y el amanecer de su propio
dominio.

Escondiendo los símbolos del esplendor azteca debajo de una serie de solares y de otros sitios en donde ellos y sus
descendientes construirían sus lujosos castillos y casas, probablemente consideraron esa una casi perfecta conquista,
en donde no mucha evidencia de su aniquilación sería dejada. Como si fuera algo destinado, y precisamente en uno de
esos solares, un terremoto ocurrido hace 21 años, causó la demolición de la casa ahí situada. Este evento fortuito cedió
el espacio y el tiempo para el surgimiento de un inesperado monolito. Hoy, rescatada de su insospechada existencia y
con su fría inercia, esta monumental piedra habla de la grandeza y derrota de un pueblo admirable y temido.

_____________________________________________________________________________________________
NOTA: Este artículo fue preparado usando información proveída por Sam. L Bravo del INAH/Medios, así como también otras fuentes tales
como revistas y libros de la biblioteca personal del autor. HISI y BARRIOZONA agradecen al INAH y su personal por la valiosa asistencia
recibida. Algunas de las imágenes en la galería de imágenes son del fotógrafo del INAH, Mauricio Marat.   

* Información disponible acerca de la historia la “Casa de las Ajaracas,” es de Manuel Velázquez.

** El reconocido arqueólogo mexicano Eduardo Matos Moctezuma, coordinador del PAU, declaró que después de una conversación que él
tuvo con el también arqueólogo Leonardo López Luján, en referencia a la posible identidad de la deidad, “apuntaba a que podría ser una
imagen de Tlaltecuhtli, señor de la tierra en el panteón mexica”.

Los trabajos de rescate del monolito, a cargo del PAU, se llevan a cabo por los arqueólogos Alicia Islas Domínguez, Gabino López Arenas,
Alberto Diez Barroso y Ulises Lina Hernández, e incluyen a un equipo interdisciplinario conformado por biólogos, geólogos, restauradores,
topógrafos, dibujantes, antropólogos físicos y, por supuesto, arqueólogos. También se cuenta con la colaboración de los doctores
Alfredo López Austin y Leonardo López Luján.


Copyright © 2006 Hispanic Institute of Social Issues
Grassroots Journalism
www.barriozona.com
Regresar al Artículo
PAGINA PRINCIPAL