La Cabeza de Pancho Villa, una visión sociológica
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“...el epitafio de Villa fue un suspiro universal de lamento y alivio”,

Anita Brenner / Idols Behind Altars
Por Eduardo Barraza  Octubre 16, 2013
El centauro del Norte, este ser,
mitad hombre y mitad caballo,
mitad realidad y mitad leyenda,
fue un grito de parto para el
nacimiento de un México con
facciones de justicia social.
Ilustración: Barriozona
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Pancho Villa
En los ideales revolucionarios del proyecto democrático que se
esbozaba para el México de principios del Siglo XX, Pancho Villa
encontró una amplia arteria para expresar su intensa inconformidad
social. La teoría de la revolución, enunciada por Francisco I. Madero,
se convirtió en la causa para su rebeldía, y en la plataforma para su
expresión violenta, la cual ahora percibía como justificada y como
una actitud legítima de protesta en contra de las injusticias sociales
que le habían empujado al bandolerismo. Villa era un hombre
académicamente inculto, pero poseía una increíble intuición de lucha
social, la cual, en su estado más brutal, lo convirtió en un criminal de
carrera, y en un elemento antisocial de un sistema desigual y
opresor. Villa, el bandolero, comprendió que la naciente revolución
era el lenguaje con el que podía expresarse, y así se incorporó con
toda la fuerza de su carácter indomable a pelear, transformándose
en un agente revolucionario acreditado por su propia condición de
marginado.

Villa destacó por su astucia, su sagacidad y por su agresividad
sorpresiva, pero este implacable guerrillero mexicano sobresalió
más, substancialmente, porque él mismo era un producto nato de la
discriminación, del abuso y de la pobreza de su contexto social. Villa
evolucionó de ser víctima a vengador de su propia identidad de
segregado, razón que explica por qué la clase pobre y explotada se
identificaba con él; el caudillo era el pueblo mismo a caballo, voz y
expresión colectiva de los desposeídos, quienes anhelaban una
emancipación social. A través de Villa, ya como elemento de la
catártica revolución, el clamor por justicia encontraba un portavoz
para promover el cambio social. Villa fue una temible descarga
emotiva para el grito reprimido del desheredado social, del
ciudadano doblegado por la vara desmedida del abuso.

Como fenómeno social, Pancho Villa fue la hoz que recogió la
cosecha de las semillas de injusticia sembradas por la elite de ricos.
Como manifestación sociológica y antropológica, Villa fue un
monstruo social, concebido en el vientre de una sociedad ultrajada.
De esa monstruosidad, de ese ente espantoso que era Villa, esa
misma minoría selecta se escandalizaba, como el progenitor que se
perturba con el producto de su propio incesto, y que tiene que vivir
con la pesadilla que él mismo engendró. En su irracionalidad
bandolera, Pancho Villa fue el vómito de una nación hartada en su
gula de despotismo, atropello, y dictadura; en su raciocinio
revolucionario, en contraste, este ser, mitad hombre y mitad caballo,
mitad realidad y mitad leyenda, fue un grito de parto para el
nacimiento de un México con facciones de justicia social.

La dualidad de la naturaleza rebelde y revolucionaria del llamado
Centauro del Norte, lo mismo le habilitó que le deshabilitó. Cuando
cabalgó por la avenida de la causa sociopolítica, bajo la inspiración
democrática de Madero, la agenda de Villa fue la reforma social, y su
actitud, la de un líder igualitario. Pero cuando los avatares de la
revolución lo despojaron de esa expresión justiciera, Villa volvió a
transitar por sus conocidos atajos de bandolerismo, y a reagruparse
en las montañas que atestiguaron su endurecimiento como bandido
sanguinario. Villa volvía a comunicarse en el dialecto de la venganza
y el odio violento. A causa de esa ambigüedad que caracterizó su
vida y su muerte, no es posible encasillarle solamente como
bandolero o revolucionario, o como héroe o villano, porque su
carácter traspasó no sólo las estructuras sociales, pero también las
dimensiones de su propio pensamiento guerrillero y militar, el cual le
mitificó y le convirtió en un personaje de leyenda. Villa fue lo uno y lo
otro a través de su vida.

Villa fue un hombre recio y de gran arrojo, pero también mostró ser
vulnerable a sentimientos de marginalidad, derrota y traición. Tanto
en su juventud como en su edad adulta, Villa reaccionó con un
instinto que lo transformaba en una fiera social de ira destructora,
cuya raíz era su condición de segregado. En los años posteriores a la
muerte de Madero y a la dimisión de Victoriano Huerta, y luego de
que Venustiano Carranza fuera reconocido oficialmente por el
gobierno de Estados Unidos como presidente, Villa quedó al margen
del gobierno mexicano y sin el apoyo armamentista que inicialmente
había recibido de Estados Unidos. En su intento de derrocar a
Carranza, Villa sufrió humillantes derrotas por el genio militar que fue
Álvaro Obregón. Su otrora poderosa División del Norte acabó
diezmada y dispersada, y su prestigio como general, desvanecido.
Su expresión ya no volvería a ser de justicia social, sino de
resentimiento y venganza, actitudes que evocan a Doroteo Arango,
el muchacho que se dice vengó el ultraje cometido a su hermana.  

A pesar de su eminencia guerrera, la visión revolucionaria de Villa
nunca llegó a ser desarrollada plenamente. Su naturaleza indómita y
combativa al servicio de la causa lo encumbró como un soldado nato
e ideal para la batalla, pero su interés por la reforma social fue
esporádico, y su movimiento careció de una clara ideología política.
Villa no tuvo la capacidad de establecer un aparato legal para
implementar un programa de progreso social a gran escala, debido a
que la suya era una conciencia de lucha armada, no de
discernimiento político. Su protesta violenta fue un símbolo de
redención, pero fue por igual un estigma de penitencia.  

En la idiosincrasia del mexicano, sin embargo, Villa constituye no sólo
el héroe institucionalizado de la revolución, sino un ídolo popular que
personifica las causas marginadas, un mito cohesivo que proporciona
la oportunidad de desagravio simbólico para el alma del mexicano,
especialmente en relación con el rencor por las incursiones
norteamericanas en suelo mexicano, y en la percepción imperialista
que se tiene de Estados Unidos hasta estos días. En el folklore
nacional de México, Villa es un adalid que se vengó impunemente de
Estados Unidos, hecho que perpetúo su popularidad y su fama, y
dio, asimismo, lugar a una ideología revanchista con la que el
mexicano cree restituirse y reivindicarse de la injuria recibida. La
astucia, sagacidad, y capacidad de Villa para eludir al poderoso
enemigo, actúan así como una válvula sociocultural que canaliza el
fluido de rencor y resentimiento de un pueblo despojado y
subyugado.

El epílogo de la vida de Villa –el campesino convertido en bandolero,
el bandolero transformado en revolucionario, y el revolucionario
vuelto en héroe– fue tan violenta y sanguinaria como su misma
vocación guerrillera. Su muerte cerró el ciclo de venganza que se
abrió cuando Doroteo Arango – epítome del campesino oprimido –
comprendió su desfavorable condición social. Pancho Villa había
nacido de esa inconformidad, de ese sentimiento de rechazo, y de la
imposibilidad de obtener justicia por medios legales; fue el engendro
de un gobierno déspota y dictatorial, un ser anómalo concebido en el
sufrimiento y el dolor de una sociedad oprimida. En la postrimería de
su convulsionada existencia, el monstruo sería aniquilado por la
misma elite que le había parido. En su sepulcro, desprovisto de toda
paz, el cadáver de Villa sería decapitado por alguien que quiso
asegurarse, quizás, de que el monstruo no volviera a rebelarse.  


Bibliografía
  Anita Brenner. Idols Behind Altars, The Story of the Mexican Spirit. 1970
(1929)
  Herbert Molloy Mason, Jr. The Great Pursuit, Pershing’s Expedition to
Destroy Pancho Villa. 1995.
  Jim Tuck. Pancho Villa and John Reed, Two Faces of Romantic Revolution.
First Edition, 1984.
  Judith Adler Hellman. Mexico in Crisis. Second Edition 1988.
  Steven O’Brien. Pancho Villa. Primera Edición, 1995.