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La Cabeza de Pancho Villa: Una Visión Sociológica
Por Eduardo Barraza
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Agosto 28, 2006                                                 Regresar al Artículo

En los ideales revolucionarios del proyecto democrático que se
esbozaba para el México de principios del Siglo XX, Pancho Villa
encontró una amplia arteria para expresar su intensa
inconformidad social. La teoría de la revolución, enunciada por
Francisco I. Madero, se convirtió en la causa para su rebeldía, y
en la plataforma para su expresión violenta, la cual ahora
percibía como justificada y como una actitud legítima de protesta
en contra de las injusticias sociales que le habían empujado al
bandolerismo. Villa era un hombre académicamente inculto,
pero poseía una increíble intuición de lucha social, la cual, en su
estado más brutal, lo convirtió en un criminal de carrera, y en un
elemento antisocial de un sistema desigual y opresor. illa, el
bandolero, comprendió que la naciente revolución era el
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“...el epitafio de Villa fue un suspiro universal de lamento y alivio.”

Anita Brenner / Idols Behind Altars
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lenguaje con el que podía expresarse, y así se incorporó con toda la fuerza de su carácter indomable a pelear,
transformándose en un agente revolucionario acreditado por su propia condición de marginado.

Villa destacó por su astucia, su sagacidad y por su agresividad sorpresiva, pero este implacable guerrillero mexicano
sobresalió más, substancialmente, porque él mismo era un producto nato de la discriminación, del abuso y de la pobreza
de su contexto social. Villa evolucionó de ser víctima a vengador de su propia identidad de segregado, razón que explica
por qué la clase pobre y explotada se identificaba con él; el caudillo era el pueblo mismo a caballo, voz y expresión colectiva
de los desposeídos, quienes anhelaban una emancipación social. A través de Villa, ya como elemento de la catártica
revolución, el clamor por justicia encontraba un portavoz para promover el cambio social. Villa fue una temible descarga
emotiva para el grito reprimido del desheredado social, del ciudadano doblegado por la vara desmedida del abuso.

Como fenómeno social, Pancho Villa fue la hoz que recogió la cosecha de las semillas de injusticia sembradas por la elite
de ricos. Como manifestación sociológica y antropológica, Villa fue un monstruo social, concebido en el vientre de una
sociedad ultrajada. De esa monstruosidad, de ese ente espantoso que era Villa, esa misma minoría selecta se
escandalizaba, como el progenitor que se perturba con el producto de su propio incesto, y que tiene que vivir con la
pesadilla que él mismo engendró. En su irracionalidad bandolera, Pancho Villa fue el vómito de una nación hartada en su
gula de despotismo, atropello, y dictadura; en su raciocinio revolucionario, en contraste, este ser, mitad hombre y mitad
caballo, mitad realidad y mitad leyenda, fue un grito de parto para el nacimiento de un México con facciones de justicia
social.

La dualidad de la naturaleza rebelde y revolucionaria del llamado Centauro del Norte, lo mismo le habilitó que le
deshabilitó. Cuando cabalgó por la avenida de la causa sociopolítica, bajo la inspiración democrática de Madero, la
agenda de Villa fue la reforma social, y su actitud, la de un líder igualitario. Pero cuando los avatares de la revolución lo
despojaron de esa expresión justiciera, Villa volvió a transitar por sus conocidos atajos de bandolerismo, y a reagruparse
en las montañas que atestiguaron su endurecimiento como bandido sanguinario. Villa volvía a comunicarse en el dialecto
de la venganza y el odio violento. A causa de esa ambigüedad que caracterizó su vida y su muerte, no es posible
encasillarle solamente como bandolero o revolucionario, o como héroe o villano, porque su carácter traspasó no sólo las
estructuras sociales, pero también las dimensiones de su propio pensamiento guerrillero y militar, el cual le mitificó y le
convirtió en un personaje de leyenda. Villa fue lo uno y lo otro a través de su vida.

Villa fue un hombre recio y de gran arrojo, pero también mostró ser vulnerable a sentimientos de marginalidad, derrota y
traición. Tanto en su juventud como en su edad adulta, Villa reaccionó con un instinto que lo transformaba en una fiera
social de ira destructora, cuya raíz era su condición de segregado. En los años posteriores a la muerte de Madero y a la
dimisión de Victoriano Huerta, y luego de que Venustiano Carranza fuera reconocido oficialmente por el gobierno de
Estados Unidos como presidente, Villa quedó al margen del gobierno mexicano y sin el apoyo armamentista que
inicialmente había recibido de Estados Unidos. En su intento de derrocar a Carranza, Villa sufrió humillantes derrotas por
el genio militar que fue Álvaro Obregón. Su otrora poderosa División del Norte acabó diezmada y dispersada, y su prestigio
como general, desvanecido. Su expresión ya no volvería a ser de justicia social, sino de resentimiento y venganza,
actitudes que evocan a Doroteo Arango, el muchacho que se dice vengó el ultraje cometido a su hermana.  

A pesar de su eminencia guerrera, la visión revolucionaria de Villa nunca llegó a ser desarrollada plenamente. Su
naturaleza indómita y combativa al servicio de la causa lo encumbró como un soldado nato e ideal para la batalla, pero su
interés por la reforma social fue esporádico, y su movimiento careció de una clara ideología política. Villa no tuvo la
capacidad de establecer un aparato legal para implementar un programa de progreso social a gran escala, debido a que
la suya era una conciencia de lucha armada, no de discernimiento político. Su protesta violenta fue un símbolo de
redención, pero fue por igual un estigma de penitencia.  

En la idiosincrasia del mexicano, sin embargo, Villa constituye no sólo el héroe institucionalizado de la revolución, sino un
ídolo popular que personifica las causas marginadas, un mito cohesivo que proporciona la oportunidad de desagravio
simbólico para el alma del mexicano, especialmente en relación con el rencor por las incursiones norteamericanas en
suelo mexicano, y en la percepción imperialista que se tiene de Estados Unidos hasta estos días. En el folklore nacional
de México, Villa es un adalid que se vengó impunemente de Estados Unidos, hecho que perpetúo su popularidad y su
fama, y dio, asimismo, lugar a una ideología revanchista con la que el mexicano cree restituirse y reivindicarse de la injuria
recibida. La astucia, sagacidad, y capacidad de Villa para eludir al poderoso enemigo, actúan así como una válvula
sociocultural que canaliza el fluido de rencor y resentimiento de un pueblo despojado y subyugado.

El epílogo de la vida de Villa –el campesino convertido en bandolero, el bandolero transformado en revolucionario, y el
revolucionario vuelto en héroe – fue tan violenta y sanguinaria como su misma vocación guerrillera. Su muerte cerró el ciclo
de venganza que se abrió cuando Doroteo Arango– epítome del campesino oprimido – comprendió su desfavorable
condición social. Pancho Villa había nacido de esa inconformidad, de ese sentimiento de rechazo, y de la imposibilidad de
obtener justicia por medios legales; fue el engendro de un gobierno déspota y dictatorial, un ser anómalo concebido en el
sufrimiento y el dolor de una sociedad oprimida. En la postrimería de su convulsionada existencia, el monstruo sería
aniquilado por la misma elite que le había parido. En su sepulcro, desprovisto de toda paz, el cadáver de Villa sería
decapitado por alguien que quiso asegurarse, quizás, de que el monstruo no volviera a rebelarse.   

Bibliografía:

  Anita Brenner. Idols Behind Altars, The Story of the Mexican Spirit. 1970 (1929)
  Herbert Molloy Mason, Jr. The Great Pursuit, Pershing’s Expedition to Destroy Pancho Villa. 1995.
  Jim Tuck. Pancho Villa and John Reed, Two Faces of Romantic Revolution. First Edition, 1984.
  Judith Adler Hellman. Mexico in Crisis. Second Edition 1988.
  Steven O’Brien. Pancho Villa. Primera Edición, 1995.


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