BARRIOZONA
Expresión Bilingüe de la Comunidad
Publicada por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales  
Phoenix, Arizona.- El dinosaurio antediluviano del racismo —aparte
de sobrevivir siglo tras siglo y generación tras generación— no cesa
de carcomer las relaciones humanas, convirtiendo a individuos
mortales en enemigos acérrimos en base a diferencias de todo tipo,
pero en último caso, irrelevantes frente a la realidad de vida y lo
inevitable de la muerte.

Todos nacemos mediante el mismo proceso, y tan pronto como
vemos la luz del sol y respiramos el aire, comenzamos nuestra
cuenta regresiva a nuestra cita —tarde o temprana— con la muerte.
Que los filósofos y eruditos más brillantes sobre la faz de nuestra
contaminada y calentada aldea global se encarguen de dilucidar
acerca de esos grandes dilemas de la vida y de su fin. A nosotros,
en la calle, en el trabajo y en cualquier otra avenida de la vida, la
filosofía poco nos ayuda, poco nos defiende en el difícil navegar de
las relaciones humanas. Poco, porque el racismo es un vetusto,
destructivo —e indestructible— y contemporáneamente paleolítico
dinosaurio.
Racismo en Arizona:
Incubadora del Odio
Effect added
En Arizona —como en muchas otras partes del planeta— ese dinosaurio es alimentado lo mismo por comunes
ciudadanos como por ambiciosos políticos. Lo alimentan con el desprecio y el odio que sienten por personas que son
diferentes a ellos. Lo nutren con su temor a ser la minoría y su miedo a aceptar que el color de piel es sólo un
aspecto exterior que no tiene que ver nada con el talento ni con la inteligencia.

Pero lo mismo que lo alimentan y lo nutren, al racismo lo disfrazan con excusas de legalidad e ilegalidad. Lo camuflan
con su disimulo y su tendencia a llamarle a las cosas malas buenas, es la prueba más fehaciente de su desprecio por
otra razas. Los verdaderos dinosaurios se extinguieron de la superficie de la Tierra; el racismo no. Vive, se mueve,
destruye y carcome con libertinaje en sociedades como las de Arizona, en donde la política en contra de seres
humanos desposeídos y desterrados —sea por la miseria, por un desastre natural o por la persecución política— es
la manera oficial de encubrir la abominable cara del racismo.

En Arizona, los supremacistas blancos, neo-nazis y cabezas rapadas —con el respaldo descarado de senadores y
otros funcionarios públicos de este estado— quieren a las malas, usando leyes injustas y supurando odio en
tribunas públicas, diezmar la presencia de inmigrantes a quienes ven como una amenaza étnica en las tierras que
sus ancestros arrebataron de México con la excusa de una guerra y por su ambición llamada destino manifiesto.
Hoy, en Arizona, los políticos y grupos racistas han institucionalizado su odio en forma de leyes y ordenanzas que
van en contra del indocumentado con la excusa de que no tiene papeles.

Por décadas, y más marcadamente en los años 50’s y 60’s, los racistas podridos en su odio negaban la entrada a
las escuelas a los estudiantes de raza negra, después de que el gobierno federal había ordenado la de-segregación
de las escuela
s públicas. Lo hacían no por que no fueran ciudadanos, sino por su piel negra. Hoy, la supuración
racista perpetra la misma mentira y el mismo odio —si bien más sofisticado y más enmascarado— para prevenir que
estudiantes que no nacieron pero que han estado la mayor parte de su vida en los Estados Unidos, continúen
cursando estudios superiores con asistencia del gobierno para sus colegiaturas. Hoy, Arizona está infectada de odio,
racismo y discriminación. La misma gata nomás que revolcada.

El racismo no está demarcado por ninguna frontera política; su veneno infecta en cada uno y todos los rincones de
la tierra. No es exclusivo ni reservado a ciertas áreas del planeta. El racismo es humano. Se expresa en las
emociones de hombres y mujeres que fueron educados culturalmente para odiar, pero también corre en la genética
ancestral, transmitida como una enfermedad por quienes odiaron en tiempos pasados, y expresada hoy por sus
retoños. Así ha sobrevivido el racismo. Ha sido de esa manera engendrado e
incubado. Así continua su estela
destructora hoy, en sociedades racistas como las de Arizona.
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Texto y fotografía por Eduardo Barraza