Rockdrigo: Rock Urbano y Marginación Social de la Juventud en México
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Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ
A PUNTO DE CAMBIAR
Periodismo de Base Comunitaria
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Phoenix, Arizona – La aparente paradoja que pudiera representar el
hecho de que un provinciano como Rodrigo González haya llegado a
capturar la esencia de la experiencia urbana en el Distrito Federal a
través de sus canciones, en realidad tiene mucho sentido y lógica.

Cuando Rodrigo emigra a la Ciudad de México en 1977 ya es un
hombre de 27 años de edad. No experimenta la vida como hijo de
provincianos nacido en el Distrito Federal, ni crece bajo las mismas
circunstancias de millones de estos jóvenes que eventualmente
llegan a ser atraídos por la letra y la música de sus canciones.

Aún así, Rodrigo sí experimenta el choque cultural que le plantea la
ciudad de México, pero sus vivencias ocurren desde otra perspectiva.
Muchas de las letras de sus canciones constatan esas impresiones y
vivencias acerca de la vida en la capital.

Como músico y compositor talentoso, y precisamente por ser
provinciano él mismo, Rodrigo capta y expresa la experiencia defeña
como un observador a quien le impresionan las características de la
ciudad que son naturales y normales para quien nace, crece y está
habituado a ella.

Teniendo en cuenta lo anterior, se deduce que la inspiración nata de
Rodrigo González, su evidente cualidad de observador social, su
habilidad de saberse entremezclar con la gente del pueblo, así como
su análisis desde una perspectiva de provincia, lo ayudan a
desarrollar su visión musical y después a llegar a ser un legítimo
exponente del rock urbano en México.



Migración y marginación en el Distrito Federal
La migración de provincia hacia la Ciudad de México está
estrechamente ligada a la vida cotidiana y a los problemas sociales
de la misma. Los millones de migrantes de los estados de la
república contribuyeron en mucho a la explosión demográfica que la
Ciudad de México experimenta durante varias décadas.

El fenómeno demográfico de los migrantes que provienen de
regiones empobrecidas de la provincia y directamente de áreas
rurales al Distrito Federal, crea toda una problemática social que se
fusiona con los problemas propios de la vida citadina.

La migración desenfrenada a la ciudad crea enormes cinturones de
pobreza, da lugar a las llamadas “ciudades perdidas” (como el
Campamento 2 de Octubre, al oriente de la ciudad), las cuales
carecen de la más mínima planeación urbana para viviendas y de los
servicios públicos más básicos. Esto da lugar al surgimiento
constante de una sub-economía informal y ambulante, y produce un
ambiente de contrastante desventaja para el provinciano,
posicionándolo en una terrible disparidad económica y social.

A partir de este fenómeno demográfico y social, los individuos
migrantes forman miles de familias, por lo general numerosas, las
cuales se ven precisadas a vivir en áreas de marginación extrema en
donde las precarias condiciones apenas les alcanzan para sobrevivir.

Miles de jóvenes con las aspiraciones naturales de su edad
comienzan paulatinamente a despertar a esta problemática, a darse
cuenta de su entorno, a percatarse de sus condiciones en
comparación con otras prevalentes en la gran ciudad, y a
experimentar factores sicológicos producto de las disparidades que
los separan de las mejores oportunidades en términos de educación,
empleo y movilidad social, entre otras.

A parte de los problemas característicos de la adolescencia y la
juventud, estos jóvenes se ven forzados además a remar contra una
corriente socioeconómica, a verse precisados a trabajar desde
temprana edad, y a descuidar la escuela o a desertar
definitivamente de ella. Asimismo, se enfrentan a las presiones que
les impone una sociedad de consumo que crea expectaciones
imposibles de lograr.

A su vez, estas circunstancias los llevan a ser objeto de estereotipos
negativos y contraproducentes que terminan empeorándoles el
paisaje social, a encasillarlos en funciones laborales desfavorables, y
a ponerlos en un círculo vicioso que los atrapa, muchas veces para el
resto de sus vidas, en callejones sin salida.

Imposibilitados de incorporarse a la corriente principal de la
sociedad, estos jóvenes comienzan a expresarse a través de la
rebeldía en contra de las estructuras sociales que en lugar de
habilitarlos los restringen y los limitan. Al sentirse enajenada y
excluida, esta juventud relegada y discriminada comienza a crear sus
propios mecanismos de supervivencia, su propia expresión y
dialecto, y a luchar por cualquier medio para demandar los derechos
y privilegios de los que son privados por su condición marginada.

Las propuestas que estos jóvenes llevan a cabo para enfrentarse
esa situación con regularidad los llevan a la violencia, al consumo de
enervantes y a la delincuencia. Con el tiempo emergen de entre ellos
mismos grupos comunes de lucha como las pandillas, y a crear
subculturas que les permiten expresarse a través de su propia
vestimenta, su propia música, y su propio lenguaje, entre otras
expresiones que ellos mismos sustentan y propagan.



De esta manera, estos jóvenes inventan y descubren sus propias
identidades, mismas que los habilitan dentro de su propio
organigrama de lucha social a destacar y a abrirse paso en campos
como las artes o algunas otras expresiones culturales.  

En lugar de conformarse a querer encajar en moldes que les son
ajenos, los jóvenes crean sus propios parámetros y afirman su
condición de marginados como punto de orgullo e identidad. En vez
de negar su condición, la afirman como ventaja para desarrollarse en
una sociedad hostil y enajenante.

De esta manera se vengan de la sociedad que establece
expectativas de triunfo solamente para quienes son guapos,
adinerados, poderosos, educados, reafirmando exactamente
características opuestas.

Esta expresión crea un acueducto social de desahogo y afirma esa
identidad construida que les lleva a encontrar valor en quienes son.
En vez de aceptar el rechazo encuentran una respuesta y una salida
a su propia problemática y a los obstáculos que les presenta la
sociedad.

A mediados de los años 70s, muchos de esos jóvenes comienzan a
descubrir y a escuchar en sus tocadiscos canciones como
Abuso de
autoridad
, Nuestros impuestos están trabajando, y Perro negro y
callejero,
interpretadas por Alejandro Lora y su grupo Three Souls in
my Mind
(ahora conocido como El Tri).

Fue a través de canciones como esas bajo el género del rock que los
sentimientos reprimidos de los jóvenes comenzaron a tener una
salida, a través de letras en las que se reconocían y con las que se
identificaban, y a las que respondían y reaccionaban en contra del
sistema y problemas como la desigualdad social.

Hacia finales de esa década y dentro de ese contexto, Rodrigo
González arribaría a la Ciudad de México, y dentro de algunos años
vendría a desarrollar ese lenguaje musical que llegaría a dar una
expresión original y única al rock urbano mexicano, y que serviría
como grito de batalla para miles de jóvenes y con el cual hoy todavía
se identifican.

Continuará                      Lea la primera parte
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Eduardo Barraza periodista y escritor
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Rodrigo González capta y expresa la
experiencia defeña como un observador
a quien le impresionan las características
de la ciudad que son naturales y
normales para quien nace, crece y está
habituado a ella.
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