Rockdrigo: Historias de Concreto - Rock Urbano de México

Phoenix, Arizona – Una muerte prematura y trágica ocurrida el
momento ascendente de su carrera convirtió a un músico y
compositor mexicano en una leyenda del rock urbano en México.
Gracias a esa leyenda, la obra musical de Rodrigo González, también
conocido en el ambiente como Rockdrigo, ha llegado a alcanzar una
fama que supera en mucho la relativa popularidad que tuvo en vida.
Y aunque su vida terminó súbitamente bajo los escombros de un
edificio derrumbado por el terremoto que sacudió la Ciudad de
México en 1985, su obra sobrevivió para instituir un legado no
solamente musical sino de relevancia sociocultural, y para dar
surgimiento a esa leyenda que sustenta hoy su música y su manera
de ver la vida.
Rodrigo González (1950-1985) siguió el mismo patrón migratorio de
miles de individuos que buscan mejores oportunidades en la gran
ciudad, al emigrar desde su natal Tamaulipas al Distrito Federal.
Confiado quizás en su propio talento y en el potencial de su visión
musical, se aventuró a probar suerte en un contexto cultural más
amplio, adverso y competitivo que el de su ciudad, Tampico.
Antes de dejar el terruño del puerto y viajar a la ciudad, Rodrigo ya
había intuido en los acordes rudimentarios de su guitarra y el lirismo
de sus incipientes letras la fuerza latente de su genio musical. Pero a
su enfoque provincial aún le esperaba el choque cultural del Distrito
Federal que cual vasto mar ahoga los anhelos de miles de
provincianos.
Sorprendentemente, Rodrigo González no sólo aprendería casi
innatamente a navegar sobre los retos que le presentaría la ciudad,
sino que valiéndose de su intuición de músico nato llegaría a
absorber y asimilar la idiosincrasia de la capital, a interpretarla en su
propio idioma poético y, mediante su cosmovisión, saber reconocer y
evaluar la época y la cultura en que se desarrolló como compositor y
músico.
A partir de esa cosmovisión instintiva, Rodrigo no sólo evoluciona en
Rockdrigo, sino que comienza a perfilarse como vocero de un
lenguaje urbano hasta entonces no escrito, de un dialecto social que
surge en la colisión de dos décadas, los setentas y ochentas.
Rodrigo se abre paso con su guitarra a través de la espesa “selva
cotidiana”, y al hacerlo abre también un conducto para miles de
jóvenes, ya sean provincianos o citadinos, que alienados por una
ciudad apabullante que les restringe y rechaza, comienzan a
despertar, a reaccionar contra pesadillas sociales como la de la
matanza de estudiantes en Tlatelolco 1968.
Con sus canciones, Rodrigo le pone voz, música y expresión a la
condición marginada y reprimida de una nueva generación que aún
está por definirse y manifestarse. Al hacerlo, da forma a una
temática que viene a comunicar las nociones comunes de la vida de
esa cohorte inconforme que busca no solamente desenvolver su
identidad, sino darle cauce a su causa.
Rodrigo González se desenvuelve movido por su propia necesidad a
través de una inspiración poética, pero nunca teórica. Tampoco se
afana en buscar una rima exacta y vacía. Saliendo de su caparazón
provinciano y mediante una metamorfosis sociocultural y citadina,
originada a partir de sus vivencias, se gesta en él una mezcla de
sentimiento de melancolía, de paradoja de sentirse solo en medio de
una ciudad ambigua y sobrepoblada, y del deseo de pelear contra la
automatización y la imposición de estereotipos. La vida en el Distrito
Federal lo lleva a blandir su talento como protesta contra “la
máquina” que lo ha vuelto en “una sombra borrosa”.
Su monólogo se convierte así en dialogo, después en conversación, y
luego en mensaje popular. Sus canciones encienden naturalmente el
fuego latente de un conglomerado “insatisfecho” que busca
análogamente resolver cuestionamientos semejantes, paralelos a
los que, el ahora Rockdrigo, comienza a proponer respuestas que
resuenan con un tono familiar en los oídos de esa multitud que se
identifica con esa temática, porque deletrea para ellos su propia
posición social. Sin proponérselo, Rockdrigo toca así fibras sensibles
con sus canciones que irremediablemente se convierten en himnos y
lemas de batalla para una juventud en pie de lucha.
Rockdrigo ataca frontalmente el anonimato en la ciudad-monstruo
dando rienda suelta a su inspiración, que fluye natural y genuina
porque él mismo experimenta la sensación de “hoja seca que vaga
en el viento”. Su letra y música convocan así, involuntaria pero
comprensiblemente, a miles de jóvenes que se reconocen a sí
mismos y se ven, como en un espejo, en las canciones de Rodrigo
González, quien los representa auténticamente y con quien
comparten la misma lucha para lograr un espacio contra las fuerzas
sociales de la ciudad que los discrimina y los excluye.
De esta manera, la vida en la “vieja ciudad de hierro” impresionó y
determinó la carrera del tampiqueño, quien paulatinamente llegaría a
ser un certero exponente de la experiencia urbana en el Distrito
Federal. Esto no deja de tener un sentido un tanto paradójico por
tratarse de un joven provinciano que llegaría a ser reconocido como
un genuino precursor del rock urbano.
Por Eduardo Barraza Octubre 6, 2010 | Primera Parte | Segunda Parte
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Rodrigo González no sólo evoluciona
en Rockdrigo, sino que comienza a
perfilarse como vocero de un
lenguaje urbano hasta entonces no
escrito, de un dialecto social que
surge en la colisión de dos décadas.
Ilustración: Barriozona
No tengo tiempo por Rockdrigo
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Publicado por el Instituto Hispano de Asuntos Sociales en Phoenix, Arizona
LA HISTORIA ESTÁ A PUNTO DE CAMBIAR Periodismo de Base Comunitaria
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