Tlatelolco 1968: Cómo matar un movimiento social
Por Eduardo Barraza
Ciudad de México - La historia es conocida ampliamente: lo que llegó a constituirse en un movimiento
social de grandes y trágicas proporciones en México, se gestó a raíz de un irrelevante pleito callejero
entre estudiantes de escuelas rivales. El Movimiento Estudiantil de 1968 en la Ciudad de México comenzó
de esa manera: violencia a una escala menor, y degeneró en una masacre de proporciones atroces. Hoy,
a casi cuatro décadas del sanguinario 2 de octubre de 1968, los hechos que tiñeron de sangre la Plaza
de las Tres Culturas permanecen aún en la consciencia social de los mexicanos como un hecho irredimible.

En su intento por mantener el orden social y la estabilidad política, la presidencia del mandatario Gustavo
Díaz Ordaz (1964-1970) tomó una decisión drástica que cumplió con su nefasto propósito: matar el
movimiento estudiantil. Su respuesta letal en contra de una multitud de jóvenes marcaría para siempre a
la sociedad mexicana con una de las más brutales acciones de represión gubernamental en contra de
civiles desarmados.

El uso de fuerza excesiva por parte de los “granaderos” —cuerpo especial de policías para suprimir
protestas o disturbios— tornó aquella pelea de estudiantes contra estudiantes, en un conflicto de
granaderos contra estudiantes, y más tarde en una espiral de conflicto, en gobierno contra pueblo. La
brutalidad empleada por esta fuerza de choque desencadenó así las primeras protestas estudiantiles,
las cuales nadie imaginó, al principio de estas, que darían lugar a un movimiento estudiantil de grandes
dimensiones. De ahí en adelante, los choques entre estudiantes y fuerzas del orden vendrían a ser la
característica principal en la interacción entre un movimiento social de jóvenes y un gobierno represivo
resuelto a desarticularlo.

El constante y creciente uso de fuerza desmedida agudizó la indignación y el enojo de los estudiantes, y
les forzó a responder en la medida de sus limitados recursos. En su intento de reprimir, el gobierno se
precipitó a tratar de detener los crecientes brotes de protesta estudiantil, pero su fuerza bruta causó un
efecto a la inversa, aumentando con ella la intensidad de la lucha, así como la participación de más y más
estudiantes que se fueron uniendo al naciente movimiento. Los encontronazos entre granaderos y
soldados contra los estudiantes comenzaron así a dar como resultado los primeros jóvenes arrestados,
heridos y muertos.

Como fuerza social, los estudiantes carecían del nivel de experiencia y preparación en la organización de
movilizaciones de ese tipo, necesaria para encauzar y calibrar la magnitud de un movimiento que crecía
con fuerza y día a día delante de ellos. Sin embargo, el espiral ascendente de su lucha, atizada por la
represión, comenzó a proporcionarles un fuerte sentido de identidad como grupo homogéneo, y
contribuyó a que concibieran —en el mismo núcleo de sus protestas— una causa más sólida, más
profunda y de mayores consecuencias. Pero su activismo temerario, irreverente y subversivo, en ojos del
gobierno, los convertiría en un blanco inevitable de la ira gubernamental.

Si bien es cierto que el grado de represión y la agitación causadas por la violencia en su contra les ayudó
a crear un frente común para responder a las tácticas del gobierno, las estrategias iniciales de
resistencia de los estudiantes —secuestro y quema de autobuses, toma de instalaciones de centros de
estudio, y pintas en paredes y camiones— demostraron al mismo tiempo su propia vulnerabilidad. Los
jóvenes se encaminaban a un callejón sin salida en donde les esperaba la aplastante opresión de un
gobierno dispuesto a todo, incluso a matarlos. Los métodos primitivos y limitados del gremio estudiantil
formaron débiles compuertas que el gobierno avasallaría eventualmente. La decisión de los estudiantes
de conducir el movimiento por cauces democráticos —lo cual quedó demostrado cuando formularon un
pliego petitorio— les proporcionaría impulso y fuerza, pero el gobierno sólo interpretaría su proceder
como una amenaza directa.

El antagonismo entre centros educativos rivales —vocacionales y preparatorias, semilleros del Instituto
Politécnico Nacional (IPN) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) respectivamente—
que había causado las peleas entre estudiantes que dieron existencia al movimiento, paradójicamente
se desvanecería por la necesidad común de unirse a un frente único. Su disparidad se canalizó de esta
manera en una cooperación inter-estudiantil para enfrentar la represión de la que ambos bandos eran
víctimas. Los intentos unificados de sistematizar el movimiento formalmente dieron lugar a la formación
del Comité Nacional de Huelga (CNH). Mediante esta estructura organizacional, los mítines, las protestas,
y las huelgas estudiantiles, se convirtieron en el principal método de acción para confrontar las
acometidas del gobierno de Díaz Ordaz y del regente de la Ciudad de México, Alfonso Coronal del Rosal,
aliado del presidente. Mediante la dirección del CNH, el fuego del movimiento se propagaría a incorporar
a un total de 128 escuelas y 250 representantes.



El Comité dio forma y rumbo al movimiento. Lo transformó de una serie de protestas desunidas en una
verdadera fuerza social. Escuelas públicas y privadas formaban parte de esta comisión que estableció
comités de lucha y brigadas de acción. Miembros de la Izquierda y de la oposición se adhirieron por igual.
Mediante las acciones organizadas de la junta estudiantil, el mensaje de su causa comenzó a llevarse a
la opinión pública a través de la creación clandestina de pósteres, panfletos, y de discursos callejeros. La
organización estudiantil seguía principios democráticos en la forma de libre asamblea, libre expresión, y
democracia participativa.

El gobierno autoritario, sin embargo, no reconoció estos elementos democráticos, ni mucho menos los
respetó. El progreso y las tácticas del movimiento, representaron un desafío serio y directo para el
gobierno, que a pesar de su actitud represiva no podía detener el auge que los estudiantes estaban
tomando. Díaz Ordaz, en su informe de gobierno ese septiembre de 1968, dejó en claro que no toleraría
ni permitiría que los estudiantes siguieran retando su gobierno, su orgullo y su exigua paciencia.
Tajantemente, no habría negociación.

A través de un método de liderazgo plural, rotativo y cambiante, el Comité de huelga impidió a las
autoridades identificar a un sólo dirigente a quien dirigir sus represalias. Lamentablemente, este criterio
de liderazgo múltiple utilizado para comandar el movimiento, se convertiría después en su propia
penitencia. A pesar del éxito temporal de este estilo de dirigencia, los arrestos y las torturas continuaron
en prejuicio de todo sospechoso que caía en manos de la policía; ser estudiante equivalía a ser
subversivo y agitador. El gobierno, aunado a unos medios de comunicación amordazados o vendidos,
trató de pintar el movimiento como el de un grupo estudiantes inconformes que eran usados por fuerzas
extranjeras subversivas y comunistas.

No obstante los intentos de las autoridades para extinguir la flama de la lucha estudiantil, ésta se
avivaba y ganaba más adeptos a las filas de su atrevida militancia. Muchos ciudadanos de la población
en general comenzaron a sentirse atraídos debido al descontento popular predominante, y a simpatizar
con el arrojo de los estudiantes. Otros muchos coincidieron en señalar que el movimiento estudiantil era
la oportunidad para generar un profundo cambio social en México. Así, lo que significó una pesadilla local
para el gobierno de Díaz Ordaz, se convirtió en un anhelo nacional de cambio.

La cercana e inminente celebración de los XIX Juegos Olímpicos en México, vino a representar un
poderoso símbolo tanto como para el gobierno como para los estudiantes, pero con significado diferente.
Para el estudiantado, celebrar un evento deportivo y cultural de gran resonancia mundial y millonaria
infraestructura en México, era una escandalosa paradoja. Ellos comprendían que mientras el gobierno
trataba de dar una impresión de progreso al resto del mundo, éste había fallado al pueblo en cumplir con
las necesidades más elementales de vivienda, servicios del cuidado de la salud y educación básica. Por
su lado, el gobierno deseaba aprovechar la oportunidad de ser el anfitrión de los juegos de verano para
poner a México en el mapa del avance económico y la prosperidad. Por tanto, Díaz Ordaz percibió el
movimiento estudiantil no sólo como una amenaza a su poder absoluto, una afrenta a su autoridad, y
como un problema serio, sino también como una pésima imagen en los precisos momentos en que los
ojos del mundo se posaban sobre México.  

Los estudiantes, persuadidos, se concentraban en obtener una solución al conflicto, por tanto y en
medio de golpes y opresión, las peticiones del Comité Nacional de Huelga se centraban en los agentes y
el mecanismo de esa represión: la liberación de los presos políticos, reformas al código penal, abolición
del cuerpo de granaderos, renuncia de los jefes policíacos, investigación de los abusos y los actos de
brutalidad, y la liberación de las instalaciones educativas tomadas por el Ejército. Al exigir esto en su
pliego petitorio, los estudiantes demostraban que aún reconocían la autoridad del gobierno y que
precisaban de su intervención para satisfacerlas. De hecho, el movimiento pedía esencialmente el
reconocimiento de los derechos constitucionales y garantías civiles, no respetadas por el gobierno.



Las fuerzas evolutivas del movimiento estudiantil dieron lugar a un ente de lucha más fundamental y
definido, la cual vino a centrarse en el malestar social generalizado por cómo se habían ordenado las
prioridades económicas del pueblo y de forma distorsionada por la elite gubernamental. Los millones
gastados en una fiesta olímpica en medio de millones de hambrientos y desempleados era una terrible
discrepancia entre las verdaderas y urgentes reformas sociales de los mexicanos. Y eran, para colmo del
gobierno despótico de Díaz Ordaz, quien quería dar una impresión de país progresista y una falsa nación
moderna y democrática, los jóvenes estudiantes quienes encabezaban la protesta.

Ante tal divergencia, el movimiento se avocó a tratar de quitar la careta de hipocresía y falsedad de
democracia simulada del gobierno, y creó una cultura juvenil de protesta y descontento ante la falta de
oportunidades de superación. Los estudiantes se dieron cuenta de sus limitaciones sociales para abrirse
paso en una sociedad, a menos que pasaran a formar parte de la maquinaría oficial y corrupta del
Partido Revolucionario Institucional (PRI), que los tenía en esa situación en primer lugar. Finalmente,
estos jóvenes comprobarían en su propia carne, que cuando no hay alianza con el monstruo represivo
del poder, el monstruo aplasta sin clemencia.

El fracaso momentáneo de los métodos represivos del gobierno, y el inminente comienzo de los Juegos
Olímpicos, le llevaron a tomar la decisión terminante: utilizar la violencia a gran escala. Su ultimátum fue
perpetrar una masacre brutal en contra de la multitud indefensa y desarmada que se había reunido para
un mitin pacifico en la Plaza de las Tres Culturas, en la unidad habitacional de Tlatelolco. Ese evento bien
planeado sucedió el fatídico 2 de octubre de 1968, sólo diez antes del comienzo de la olimpiada. Todas
las tácticas de disuasión que no le habían funcionado al gobierno en contra de los estudiantes, la obtuvo
mediante la fuerza bruta y terminante. Esa acción masiva ejecutada por la operación conjunta del
ejército y las fuerzas paramilitares, no sólo causaron la muerte de lo que se estima fueron cientos de
personas y miles de heridos; también provocó que cundiera el terror entre los estudiantes y la población
en general, y principalmente que el movimiento estudiantil se desarticulara mortalmente. Así, el
estruendo de las armas de alto calibre acalló las voces de disensión y mató de golpe la organización de
los estudiantes.

Mes y medio después de la matanza, el CNH pidió a los estudiantes que regresaran a clases. Muchos
dirigentes se encontraban presos o desaparecidos. Los nuevos líderes carecerían de la cohesión
ideológica para volver a revivir el movimiento. Su pensamiento de acción giraría solamente alrededor de
realizar en marchas multitudinarias y manifestaciones, mismas que los sangrientos acontecimientos del 2
de octubre de 1968 habían demostrado su impotencia y su ineficacia.

Las olimpiadas se celebrarían en el marco de miles de palomas blancas revoloteando, símbolo de paz
aparente y yuxtapuesto a una lucha muerta y a un luto sofocado.     
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Las fuerzas evolutivas del movimiento estudiantil dieron lugar a un ente de lucha más fundamental y
definido, la cual vino a centrarse en el malestar social generalizado por cómo se habían ordenado las
prioridades económicas del pueblo y de forma distorsionada por la elite gubernamental.
Eduardo Barraza periodista y escritor
mexicano, editor de la revista Barriozona, y
director del Insituto Hispano de Asuntos
Sociales. E-mail:
editor@barriozona.com
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