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Tlatelolco 1968: Cómo matar un movimiento social
Por Eduardo Barraza
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Ciudad de México (Octubre 1, 2007).  La historia es conocida ampliamente: lo que llegó a constituirse en un movimiento
social de grandes y trágicas proporciones en México, se gestó a raíz de un irrelevante pleito callejero entre estudiantes
de escuelas rivales. El Movimiento Estudiantil de 1968 en la Ciudad de México comenzó de esa manera: violencia a una
escala menor, y degeneró en una masacre de proporciones atroces. Hoy, a casi cuatro décadas del sanguinario 2 de
octubre de 1968, los hechos que tiñeron de sangre la Plaza de las Tres Culturas permanecen aún en la consciencia
social de los mexicanos como un hecho irredimible.

En su intento por mantener el orden social y la estabilidad política, la presidencia del mandatario Gustavo Díaz Ordaz
(1964-1970) tomó una decisión drástica que cumplió con su nefasto propósito: matar el movimiento estudiantil. Su
respuesta letal en contra de una multitud de jóvenes marcaría para siempre a la sociedad mexicana con una de las
más brutales acciones de represión gubernamental en contra de civiles desarmados.

El uso de fuerza excesiva por parte de los “granaderos” —cuerpo especial de policías para suprimir protestas o
disturbios— tornó aquella pelea de estudiantes contra estudiantes, en un conflicto de granaderos contra estudiantes, y
más tarde en una espiral de conflicto, en gobierno contra pueblo. La brutalidad empleada por esta fuerza de choque
desencadenó así las primeras protestas estudiantiles, las cuales nadie imaginó, al principio de estas, que darían lugar
a un movimiento estudiantil de grandes dimensiones. De ahí en adelante, los choques entre estudiantes y fuerzas del
orden vendrían a ser la característica principal en la interacción entre un movimiento social de jóvenes y un gobierno
represivo resuelto a desarticularlo.

El constante y creciente uso de fuerza desmedida agudizó la indignación y el enojo de los estudiantes, y les forzó a
responder en la medida de sus limitados recursos. En su intento de reprimir, el gobierno se precipitó a tratar de detener
los crecientes brotes de protesta estudiantil, pero su fuerza bruta causó un efecto a la inversa, aumentando con ella la
intensidad de la lucha, así como la participación de más y más estudiantes que se fueron uniendo al naciente
movimiento. Los encontronazos entre granaderos y soldados contra los estudiantes comenzaron así a dar como
resultado los primeros jóvenes arrestados, heridos y muertos.

Como fuerza social, los estudiantes carecían del nivel de experiencia y preparación en la organización de movilizaciones
de ese tipo, necesaria para encauzar y calibrar la magnitud de un movimiento que crecía con fuerza y día a día delante
de ellos. Sin embargo, el espiral ascendente de su lucha, atizada por la represión, comenzó a proporcionarles un fuerte
sentido de identidad como grupo homogéneo, y contribuyó a que concibieran —en el mismo núcleo de sus protestas—
una causa más sólida, más profunda y de mayores consecuencias. Pero su activismo temerario, irreverente y
subversivo, en ojos del gobierno, los convertiría en un blanco inevitable de la ira gubernamental.

Si bien es cierto que el grado de represión y la agitación causadas por la violencia en su contra les ayudó a crear un
frente común para responder a las tácticas del gobierno, las estrategias iniciales de resistencia de los estudiantes —
secuestro y quema de autobuses, toma de instalaciones de centros de estudio, y pintas en paredes y camiones—
demostraron al mismo tiempo su propia vulnerabilidad. Los jóvenes se encaminaban a un callejón sin salida en donde
les esperaba la aplastante opresión de un gobierno dispuesto a todo, incluso a matarlos. Los métodos primitivos y
limitados del gremio estudiantil formaron débiles compuertas que el gobierno avasallaría eventualmente. La decisión
de los estudiantes de conducir el movimiento por cauces democráticos —lo cual quedó demostrado cuando formularon
un pliego petitorio— les proporcionaría impulso y fuerza, pero el gobierno sólo interpretaría su proceder como una
amenaza directa.

El antagonismo entre centros educativos rivales —vocacionales y preparatorias, semilleros del Instituto Politécnico
Nacional (IPN) y de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) respectivamente— que había causado las
peleas entre estudiantes que dieron existencia al movimiento, paradójicamente se desvanecería por la necesidad
común de unirse a un frente único. Su disparidad se canalizó de esta manera en una cooperación inter-estudiantil para
enfrentar la represión de la que ambos bandos eran víctimas. Los intentos unificados de sistematizar el movimiento
formalmente dieron lugar a la formación del Comité Nacional de Huelga (CNH). Mediante esta estructura
organizacional, los mítines, las protestas, y las huelgas estudiantiles, se convirtieron en el principal método de acción
para confrontar las acometidas del gobierno de Díaz Ordaz y del regente de la Ciudad de México, Alfonso Coronal del
Rosal, aliado del presidente. Mediante la dirección del CNH, el fuego del movimiento se propagaría a incorporar a un
total de 128 escuelas y 250 representantes.

El Comité dio forma y rumbo al movimiento. Lo transformó de una serie de protestas desunidas en una verdadera
fuerza social. Escuelas públicas y privadas formaban parte de esta comisión que estableció comités de lucha y
brigadas de acción. Miembros de la Izquierda y de la oposición se adhirieron por igual. Mediante las acciones
organizadas de la junta estudiantil, el mensaje de su causa comenzó a llevarse a la opinión pública a través de la
creación clandestina de pósteres, panfletos, y de discursos callejeros. La organización estudiantil seguía principios
democráticos en la forma de libre asamblea, libre expresión, y democracia participativa.

El gobierno autoritario, sin embargo, no reconoció estos elementos democráticos, ni mucho menos los respetó. El
progreso y las tácticas del movimiento, representaron un desafío serio y directo para el gobierno, que a pesar de su
actitud represiva no podía detener el auge que los estudiantes estaban tomando. Díaz Ordaz, en su informe de gobierno
ese septiembre de 1968, dejó en claro que no toleraría ni permitiría que los estudiantes siguieran retando su gobierno,
su orgullo y su exigua paciencia. Tajantemente, no habría negociación.

A través de un método de liderazgo plural, rotativo y cambiante, el Comité de huelga impidió a las autoridades identificar
a un sólo dirigente a quien dirigir sus represalias. Lamentablemente, este criterio de liderazgo múltiple utilizado para
comandar el movimiento, se convertiría después en su propia penitencia. A pesar del éxito temporal de este estilo de
dirigencia, los arrestos y las torturas continuaron en prejuicio de todo sospechoso que caía en manos de la policía; ser
estudiante equivalía a ser subversivo y agitador. El gobierno, aunado a unos medios de comunicación amordazados o
vendidos, trató de pintar el movimiento como el de un grupo estudiantes inconformes que eran usados por fuerzas
extranjeras subversivas y comunistas.

No obstante los intentos de las autoridades para extinguir la flama de la lucha estudiantil, ésta se avivaba y ganaba más
adeptos a las filas de su atrevida militancia. Muchos ciudadanos de la población en general comenzaron a sentirse
atraídos debido al descontento popular predominante, y a simpatizar con el arrojo de los estudiantes. Otros muchos
coincidieron en señalar que el movimiento estudiantil era la oportunidad para generar un profundo cambio social en
México. Así, lo que significó una pesadilla local para el gobierno de Díaz Ordaz, se convirtió en un anhelo nacional de
cambio.

La cercana e inminente celebración de los XIX Juegos Olímpicos en México, vino a representar un poderoso símbolo
tanto como para el gobierno como para los estudiantes, pero con significado diferente. Para el estudiantado, celebrar
un evento deportivo y cultural de gran resonancia mundial y millonaria infraestructura en México, era una escandalosa
paradoja. Ellos comprendían que mientras el gobierno trataba de dar una impresión de progreso al resto del mundo,
éste había fallado al pueblo en cumplir con las necesidades más elementales de vivienda, servicios del cuidado de la
salud y educación básica. Por su lado, el gobierno deseaba aprovechar la oportunidad de ser el anfitrión de los juegos
de verano para poner a México en el mapa del avance económico y la prosperidad. Por tanto, Díaz Ordaz percibió el
movimiento estudiantil no sólo como una amenaza a su poder absoluto, una afrenta a su autoridad, y como un
problema serio, sino también como una pésima imagen en los precisos momentos en que los ojos del mundo se
posaban sobre México.  

Los estudiantes, persuadidos, se concentraban en obtener una solución al conflicto, por tanto y en medio de golpes y
opresión, las peticiones del Comité Nacional de Huelga se centraban en los agentes y el mecanismo de esa represión:
la liberación de los presos políticos, reformas al código penal, abolición del cuerpo de granaderos, renuncia de los
jefes policíacos, investigación de los abusos y los actos de brutalidad, y la liberación de las instalaciones educativas
tomadas por el Ejército. Al exigir esto en su pliego petitorio, los estudiantes demostraban que aún reconocían la
autoridad del gobierno y que precisaban de su intervención para satisfacerlas. De hecho, el movimiento pedía
esencialmente el reconocimiento de los derechos constitucionales y garantías civiles, no respetadas por el gobierno.

Las fuerzas evolutivas del movimiento estudiantil dieron lugar a un ente de lucha más fundamental y definido, la cual
vino a centrarse en el malestar social generalizado por cómo se habían ordenado las prioridades económicas del
pueblo y de forma distorsionada por la elite gubernamental. Los millones gastados en una fiesta olímpica en medio de
millones de hambrientos y desempleados era una terrible discrepancia entre las verdaderas y urgentes reformas
sociales de los mexicanos. Y eran, para colmo del gobierno despótico de Díaz Ordaz, quien quería dar una impresión
de país progresista y una falsa nación moderna y democrática, los jóvenes estudiantes quienes encabezaban la
protesta.

Ante tal divergencia, el movimiento se avocó a tratar de quitar la careta de hipocresía y falsedad de democracia
simulada del gobierno, y creó una cultura juvenil de protesta y descontento ante la falta de oportunidades de superación.
Los estudiantes se dieron cuenta de sus limitaciones sociales para abrirse paso en una sociedad, a menos que
pasaran a formar parte de la maquinaría oficial y corrupta del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que los tenía en
esa situación en primer lugar. Finalmente, estos jóvenes comprobarían en su propia carne, que cuando no hay alianza
con el monstruo represivo del poder, el monstruo aplasta sin clemencia.

El fracaso momentáneo de los métodos represivos del gobierno, y el inminente comienzo de los Juegos Olímpicos, le
llevaron a tomar la decisión terminante: utilizar la violencia a gran escala. Su ultimátum fue perpetrar una masacre brutal
en contra de la multitud indefensa y desarmada que se había reunido para un mitin pacifico en la Plaza de las Tres
Culturas, en la unidad habitacional de Tlatelolco. Ese evento bien planeado sucedió el fatídico 2 de octubre de 1968,
sólo diez antes del comienzo de la olimpiada. Todas las tácticas de disuasión que no le habían funcionado al gobierno
en contra de los estudiantes, la obtuvo mediante la fuerza bruta y terminante. Esa acción masiva ejecutada por la
operación conjunta del ejército y la fuerzas paramilitares, no sólo causaron la muerte de lo que se estima fueron cientos
de personas y miles de heridos; también provocó que cundiera el terror entre los estudiantes y la población en general,
y principalmente que el movimiento estudiantil se desarticulara mortalmente. Así, el estruendo de las armas de alto
calibre acalló las voces de disensión y mató de golpe la organización de los estudiantes.

Mes y medio después de la matanza, el CNH pidió a los estudiantes que regresaran a clases. Muchos dirigentes se
encontraban presos o desaparecidos. Los nuevos líderes carecerían de la cohesión ideológica para volver a revivir el
movimiento. Su pensamiento de acción giraría solamente alrededor de realizar marchas multitudinarias y
manifestaciones, mismas que los sangrientos acontecimientos del 2 de octubre de 1968 habían demostrado su
impotencia y su ineficacia.

Las olimpiadas se celebrarían en el marco de miles de palomas blancas revoloteando, símbolo de paz aparente y
yuxtapuesto a una lucha muerta y a un luto sofocado.     


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